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María Beatriz Bolsi de Pino
"Donde no hay libros hace frío. Vale para las casas, las ciudades, los países. Un frío cataclismo, un páramo de amnesia", nos recuerda María Elena Walsh.
Y pienso: qué bellamente verdadero. Porque donde hay un libro se nos entibian las manos, los ojos, la voz, el alma. En la sangre nos crecen alas. Porque cada libro es un viaje de descubrimiento. Descubre el escritor la prístina expresión que hace ver, de manera develadoramente original, el mundo y sus criaturas. Se descubre a sí mismo en esa gestación única, en su manojo de metáforas impredecibles. Descubre el lector una encrucijada de caminos para iniciar la aventura de la que ya no saldrá indemne. Porque la palabra lo tocará, seguramente, y lo correrá de sus límites cotidianos. Por eso, bienvenidos sean los libros, bienvenida su aura y su fascinación.
Bienvenida esta "Antología de escritores corondinos". Veintiséis escritores para desplegar el arco iris, veintiséis tonos, veintiséis ritmos para formar la partitura en la que un poeta nos dice un "poema de invierno: esas cenizas de maltratos que pierdo triste en el olvido", y otro nos habla de esa "Noche" que "hace cosquillas en el alma"; aquel poeta que ha encontrado "otra mañana ebria de las horas de lujuria, plástica y dócil relajada en la palma de mi mano", quien le canta al amor de esta manera: "Habítame en las horas de lo que acaso es tuyo" o a "Aquellos que siempre esperan", o aquél que se pregunta "¿Dónde estarán los ríos anónimos que atravesaron las últimas palabras del poeta?", y quien "descalza de cielo y luna" nos dice: "Con mi palabra forjo lumbres para que aticen el fervor del canto" .
De la mano de los poetas, los narradores: "Una visita inesperada" en medio de la tragedia del agua, el fantasmal personaje de "La viuda", "El celular, el ADN y una pequeña mentira", las formas de establecer diferencias entre "Lo bello y lo feo" y las historias de familia inmigrante en "Generaciones".
Y Coronda, la bella Coronda, que como persistente retahíla aparece siempre:
"Maná con breñas y dalias, algo más que la idea del invierno sugiere el rodar de las hojas secas" (Alzugaray, Ma. Paula); "Porque Coronda es el sitial de las raíces de aquí y de allá, extendidas a través del océano, en una conjunción de raza y habla" (Gloria Haberland); "Hay un silencio demorado en la ribera este de Coronda" (Edda Ramírez); y el deseo de que "Ojalá que los días que me resten por verte, Coronda de mis sueños, sea siempre en tu suelo de glaucas armonías" (Lidia Lobaiza); "Que tu palabra se hienda en la boca ancha del río espeso. Salpícate con el oro de los peces" (Mirta Molver); "Coronda tiene el encanto de ser un pueblo costero" (R.Souroujón).
Quienes amamos la poesía, sabemos que es mucho más que una mera construcción a partir del lenguaje. Como la música, la pintura, la danza, es una manera de vivir, de sentir, de estar y ser en el mundo, una manera de trasponer los límites convencionales, de no pedir permiso para tomarnos todas las libertades necesarias para no convertirnos en ventrílocuos sociales.
Y entonces el lector, que mira y siente el mundo transformado por el lenguaje, también se transforma. Magia que no es azarosa, sino producida por el cuidadoso trabajo con la palabra que vuelve a crear las cosas y a devolverles su primigenia dimensión.
El vínculo con la poesía es carnal no sólo porque "es un modo del Eros", como dice Barthes, sino también porque se corresponde visceralmente con la forma de vislumbrar y sentir el mundo. Por eso, la palabra del poeta no puede ser Äno esÄ aséptica, higiénica e indiferente.
Aquí están los veintiséis poetas corondinos: reunidos en la mesa para sembrar el canto. Canto que se vuelve pan y de esta forma, distribuye su fragancia.
Cierro con esta estrofa de un poema de Alejandro Alvarez, que, entiendo, ilumina este comentario: "Y celebro que la mesa nos reúna/ Que el duro aprendizaje nos enseñe/ A andar con ese fuego en la mirada/ Partiendo un pan secreto y cotidiano".
Bienvenida esta hermosa antología, que nos habla del goce y la fiebre de la mano que escribe y de un racimo de corazones que reman para alcanzar la orilla de nuestros corazones.