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La vuelta al mundo
El capitalismo, los capitalistas y las crisis
Rogelio Alaniz Las grandes crisis económicas del capitalismo suelen marcar el fin de una época y el inicio de otra. Al axioma no hay que tomarlo al pie de la letra pero hay que tenerlo en cuenta. Es muy probable que el mundo globalizado no sea el mismo luego de la actual crisis de Wall Street. Que no sea el mismo no quiere decir que necesariamente sea mejor o peor, pero lo seguro es que determinada modalidad del capitalismo global ya no se podrá practicar. O, por lo menos, no se lo podrá practicar con la liberalidad e impunidad con que se ha actuado hasta la fecha. Después de la crisis del treinta, el capitalismo se desarrolló en clave keynesiana. En la Argentina, esta modalidad se expresó a través de la sustitución de importaciones. En todos los casos, los cambios fueron importantes. Lo curioso es que los dirigentes de entonces no sólo no vieron la llegada de la crisis, sino que, además, subestimaron sus efectos, creyeron que eran transitorios. La realidad se encargó de darles un curso acelerado de Economía. Algunos aprendieron, otros sucumbieron en el intento. Se dice que la actual crisis financiera pone en tela de juicio al neoliberalismo. Es posible. En principio, determinada modalidad del liberalismo consistente en apostar al mercado máximo y al Estado mínimo. Es probable que este concepto entre en crisis, lo cual no quiere decir que sea el fin del capitalismo, ni siquiera del capitalismo competitivo en clave anglosajona. Desde la izquierda, pero no sólo desde la izquierda, se suelen extender elegantes certificados de defunción contra el capitalismo. La historia del siglo veinte demuestra que, como el personaje de la novela, cada certificado de defunción es en realidad un certificado de buena salud. La naturaleza del capitalismo se define por sus crisis cíclicas. Esas crisis cíclicas suelen ser síntomas de buena salud, por más que las apariencias señalen lo contrario. Lo que está fuera de discusión es que estas crisis cuestan mucha plata y suelen dejar un tendal en el camino, pero está visto que el capitalismo puede darse estos lujos. Por el contrario, el comunismo, la primera vez que le tocó vivir una crisis más o menos importante, se cayó a pedazos. Le guste o no a más de un izquierdista, el siglo veinte es el siglo de la victoria del capitalismo sobre el socialismo y no al revés, como pronosticaban los amigos de la inminente revolución social. Habrá que discutir si la noticia es buena o mala, pero lo que no se podrá negar es la realidad de la noticia. La decisión del gobierno norteamericano de intervenir en los mercados para rescatar a las empresas quebradas o a punto de quebrar puede contradecir determinada filosofía liberal. Pero a ningún liberal serio esa contradicción le hace perder el sueño. Mucho menos a un economista o a un político. En una oportunidad, le preguntaron a Ludwig Erhard si no creía que sus políticas de protección a la agricultura alemana eran contradictorias con su ideario liberal. El fundador de la economía social de mercado, el maestro preferido de Alvaro Alsogaray, respondió sin inmutarse que la contradicción existía, y que, como él no podía hacer nada para impedirla, no le quedaba otra alternativa que convivir con ella. El actual secretario del Tesoro de EE.UU., Henry Paulson, dice más o menos lo mismo: "Odio el hecho de que tengamos que hacerlo". Lo odia, por supuesto, pero igual lo hace, porque el capitalismo puede ser una teoría, una ideología, un régimen económico; pero, por sobre todas las cosas, es una relación de intereses y los intereses siempre son más importantes que la teoría. A esta verdad la aprendieron muy bien los economistas que debieron hacerse cargo de la crisis de 1929 y de la Gran Depresión que le sucedió. La crisis de entonces los sorprendió a todos o a casi todos. Todos, hasta la fecha, creían en las virtudes absolutas de la economía de mercado y, cuando estalló la crisis, todos estuvieron de acuerdo en que la intervención estatal para salir de la crisis era necesaria e indispensable. A ver si nos entendemos. Los liberales son liberales, no anarquistas. El Estado liberal existe, puede que sea mínimo, pero no por ello es menos fuerte. Los liberales ortodoxos no están en desacuerdo con un Estado que disponga de recursos y los haga valer. En lo que discrepan es en que el Estado compre empresas o destine recursos para asistencia social que, a su criterio, es desmedida y alienta el clientelismo, a políticos tramposos y a vagos incorregibles. Hoy el debate en el mundo Äpor lo menos en OccidenteÄ no es el Estado contra el mercado, sino cuánto Estado o cuánto mercado son necesarios para asegurar el funcionamiento del sistema económico. En los Estados Unidos este axioma es compartido por demócratas y republicanos. Lean las opiniones de McCain y Obama respecto de la actual crisis y verificarán que en estos temas los acuerdos son más importantes que las diferencias. En la Argentina de los años treinta, los grandes gurúes del liberalismo no tuvieron ningún problema en promover las primeras iniciativas intervencionistas del Estado para salvar los negocios de la clase económica dominante. Las Juntas Reguladoras, el Banco Central, fueron algunas de las iniciativas que se tomaron a contrapelo de la ortodoxia liberal. Como para escandalizar al smithiano más ortodoxo, el gobierno conservador implantó el impuesto a los réditos, una medida que, si la hubieran aplicado Yrigoyen o Alvear, les habría valido en el acto el mote de comunistas o algo peor, con lo que se demuestra que en economía la misma iniciativa tomada por uno o por otro produce juicios de valor diferentes Según John Kenneth Galbraith, la timba financiera fue la responsable del estallido del treinta. En el 2008, los economistas coinciden en el mismo diagnóstico. Es claro que las circunstancias son distintas. Las relaciones entre economía real y virtual no son las mismas, pero en lo fundamental lo que parece reiterarse de manera cíclica son estas estampidas especulativas que conducen inevitablemente a la catástrofe. En 1930 las consecuencias de la crisis fueron devastadoras porque el mundo no estaba preparado para afrontarla. En el 2008 se supone que existen instrumentos de control y salvataje mucho más sofisticados y eficientes que permitirán atenuar un tanto sus efectos. No obstante ello, sería un error suponer que nada ha ocurrido. El capitalismo no está pasando por su mejor momento y de esta crisis se va a salir, pero aún no se sabe a ciencia cierta cuál va a ser el costo a pagar por los contribuyentes y por las economías más débiles. Todo parece indicar que en el nivel más alto la crisis está empezando a ser controlada. Si es así, la noticia merece celebrarse, pero sólo a medias, porque cuando la crisis se controla en las alturas es porque sus efectos se han precipitado hacia abajo, es decir, hacia los más débiles, hacia aquellos cuya quiebra o cuya pobreza no afectan al funcionamiento del sistema. La historia de la humanidad enseña que los períodos de economía especulativa coinciden con la decadencia moral y política de una civilización. La timba financiera no difiere moralmente de la timba en un casino. Las pulsiones hacia la ganancia fácil y las tendencias autodestructivas son más o menos las mismas. El mundo financiero, tal como ha estado funcionando desde mediados de la década del setenta, es el responsable de este gran casino mundial. El sentido común hace pensar que esta crisis pondrá punto final a esta modalidad del capitalismo virtual. Sería lo deseable. Aunque nunca está de más advertir que en el proceloso universo de las finanzas el sentido común suele ser la virtud moral que más insiste en estar ausente. |


