Opinión: OPIN-02 Educación: ¿una visión fáustica?

No sin razón se ha insistido en el carácter misivo y en el desafío que la historia representa para los hombres. En el reto que implica para las sociedades.

George Steiner describía "nuestra época actual como la era de la irreverencia". Nuestros ídolos, decía, tienen cabeza de barro. Cuando se eleva el incienso, lo hace "ante atletas, estrellas de pop, los locos del dinero o los reyes del crimen. La celebridad, al saturar nuestra existencia mediática, es lo contrario de la fama. Que millones de personas lleven camisetas con el número del dios del fútbol o luzcan el peinado del cantante de moda es lo contrario del discipulazgo".

Con ese trasfondo apenas esbozado, uno puede preguntarse por el sentido y la consistencia de la autoridad en nuestra cultura. Me refiero a la autoridad como atributo del gobierno o de quienes lo ejercen. Pero también a la condición que tienen algunas personas, en función de su situación, su saber o sus dotes morales.

A Jesús, que no ejercitaba rol alguno, se le reconocía autoridad. Al final del Discurso del Monte se lee que "la gente quedaba asombrada de su doctrina, porque enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus escribas" (Mt. 7, 28-29). Y así también en otros lugares del texto evangélico. Hay una autoridad basada en la coherencia entre lo que se dice y se hace. Está presente en Jesús. Y en aquellos maestros que dejan una figura de valores perdurable en sus discípulos. La figura del doctor Luis Federico Leloir (1906-1987) es, desde el ámbito científico, ampliamente ilustrativa de la autoridad que da el saber. Y también de aquella que otorgan las cualidades morales. Esto es, la ejemplaridad. Se cuenta que cuando recibió, en 1970, el Premio Nobel de Química, su persona adquirió pública notoriedad, luego de muchos años de trabajo austero, silencioso y arduo. Y que, al recibir el premio, dijo que lo suyo representaba la centésima parte de las tareas de investigación. Y trasladó el mérito a sus colaboradores.

Es necesario pensar estos temas, porque entre los muchos problemas que afrontan los gobiernos y las sociedades, uno, y no el menor, es el de la educación. La cual ha sufrido transformaciones. De ser una tarea personal ha pasado a mostrarse como un influjo de fuerzas anónimas y descontroladas. De posibilitar un proyecto de vida con valores e ideales, se ha limitado a ser Äen el mejor de los casosÄ transmisora de saberes.

Fácilmente advertimos que los agentes educativos personalizados, como la familia, la escuela, las iglesias, e incluso el libro, son reemplazados por "educadores" anónimos e influyentes, como la calle, la noche, la televisión o la masa. No es novedoso comprobar que nos encontramos ante una configuración social que está en mutación. A la cual, en cierto sentido, poco le interesa la educación. Pero, al mismo tiempo, reclama lo que ella misma parece desestimar. O que no ofrece. E incluso contradice. Y en casos, quizás extremos, hasta maltrata a los educadores.

Nuestro siglo parece confirmar, al final de cuentas, la tesis fáustica sobre los efectos devastadores de un saber desencantado. Del desconcierto y el vacío espiritual. "Es verdad Ädecía el doctor FaustoÄ que me titulo maestro, doctor, y que aquí, allá y en todas partes cuento con innumerables discípulos que puedo dirigir a mi capricho; pero no lo es menos que nada logramos saber (...). Sé más que todos cuantos necios, doctores, maestros, clérigos y religiosos conocen; ningún escrúpulo ni duda me atormentan, nada temo de todo aquello que causa en los demás espanto. Pero, merced a esto mismo, no hay para mí esperanza ni placer alguno".

Habida cuenta de las marchas y contramarchas de los gobiernos en materia educativa, del progresivo deterioro de la educación, el principio sarmientino de educar al soberano muestra su acierto y urgencia. No es sólo una expresión de deseos con vistas a una mejor calidad institucional. Sino que la vertiente misma del sistema. Su eje para no devenir en una masa anónima y hasta violenta. E incluso fácil de dominar.

Para encontrar salidas superadoras no sólo se requieren soluciones técnicas y decisiones políticas. También es menester la lucidez y el coraje moral.

La educación se inscribe en una dimensión política. Se trata de formar personas para que sean ciudadanos. Y para el desempeño laboral y profesional. Pero ante todo hay que hacerlo formándolas en la verdad, la libertad y responsabilidad; la justicia y la solidaridad. En el respeto por los demás. Todo lo cual es prepolítico. O, si se quiere, metapolítico. Concierne a todos. A la sociedad civil, las iglesias y el Estado. Después, en segundo término, requiere la gestión de un gobierno.

Está en la sociedad no resignar la soberanía. No hacer pactos ni defeccionar ante ningún tipo de despotismo. Por lo tanto, se trata de asumir la responsabilidad de educar.

Dejo para la reflexión una pregunta de George Steiner. "Las lecciones de los Maestros, ¿pueden, deben sobrevivir el embate de la marea?".