Opinión: OPIN-03 Aparatos que hacen poco

Si la empresa Apple ha tenido una genialidad en los últimos años (allá lejos y hace tiempo revolucionó la informática con las computadoras McIntosh) es la de haber sabido desarrollar y vender unos productos portátiles de gran fama: se trata del reproductor musical iPod y, más recientemente, el celular iPhone.

Muchos hablan de una "cultura Apple", de un fanatismo por esos productos, o un status que vendría de su uso. Sin embargo, sus detractores destacan que los chiches generados por la empresa de Steven Jobs realizan muchas menos funciones que sus competidores.

Es el caso del iPod: sus tres versiones, Classic, Nano y Shuffle, reproducen menos formatos de audio y video que sus "clones" (que copian el formato de carcasa) y no ofrecen como éstos grabador de voz y radio FM con grabación de la misma. En el caso del Shuffle, el original ni siquiera trae un visor, cosa que las réplicas sí incluyen (hay clones idénticos, que sólo reproducen música y vienen sin display, pero cuestan mucho menos que el original).

Por su parte, el iPhone se convirtió en un objeto de deseo en parte a su pantalla sensible al tacto y su manejo casi físico de muchas funciones. No obstante, los usuarios se quejan de que carece de muchas funciones esperables en un celular de la más alta gama.

Naomi Klein relata en su mítico libro "No Logo" cómo a partir del "Viernes de Marlboro" el 2 de abril de 1993 las marcas se constituyeron en generadoras de identidades, colocando allí su valor agregado, por encima de la calidad del producto. Steven Jobs tiene esto muy en claro: buena parte de sus ostensibles ganancias provienen del tráfico de identidades, de que llevar un aparato con el logo de la manzanita estampado "no es lo mismo" que lucir un producto de otra marca: de eso también se trata la economía contemporánea.