Cada año, la celebración del Día de la Madre nos convoca a una jornada de reconocimiento, de afecto y de oración. Estas actitudes, tan necesarias en la vida del hombre, tienen en este día por destinatarias a nuestras madres. Es importante detenernos un momento para fijar nuestra mirada y aprecio en esa persona única, por quien hemos llegado a participar del misterio de la vida. El don de la vida, que tiene su fuente primera en Dios, ha encontrado en ellas una decisión y generosidad, más allá de toda circunstancia que pudo ser adversa. Esta decisión por el cuidado de la vida concebida, las hizo partícipes de esta obra maravillosa que es el nacimiento de un hijo. Con ellas ha comenzado una vida de la cual hoy somos testigos agradecidos.
Es ante todo, un día de reconocimiento. Reconocer, en este caso, es valorar desde el presente una historia que nos sostiene e identifica. El reconocimiento tiene mucho de verdad, de justicia y de agradecimiento; nos habla de comienzos, de raíces y de presencias. En este marco de recuerdos, la figura de nuestra madre adquiere toda su grandeza, que sólo cada uno de nosotros puede conocer en toda su profundidad. Esto nos hace testigos privilegiados de un camino que tiene mucho de intimidad y que conservamos vivo en nuestro corazón. Frente a ella siempre mantenemos la pequeñez y fragilidad del hijo. Hoy, ocupan el centro de nuestra mirada y reconocimiento, pero recordemos que en este mismo acto nosotros adquirimos la madurez de hijos. La gratitud, el sabernos deudores de otros, es un signo de verdad y de nobleza de espíritu.
Este reconocimiento necesita expresarse en actitudes de afecto. Un saludo, un homenaje que se quede en el plano valorativo de la inteligencia y no motive gestos de afecto, no expresa al hombre en su totalidad. La expresión de un reconocimiento que no baje al nivel del corazón se queda a mitad de camino, casi diría a nivel de documento de identidad, es decir, no expresa la verdad plena de una relación que nos involucra y compromete. La vida afectiva forma parte de nuestra madurez, qué triste cuando esta dimensión no ha sido desarrollada o se mantiene oculta. La ausencia de una expresión de afecto en este día tal vez no ofenda a nuestras madres, ellas todo lo comprenden, pero sí nos empobrece a nosotros como personas e hijos.
Finalmente considero que debe ser un día de oración, porque es la mejor manera de festejar y de tener presente a alguien. La oración nos introduce en un diálogo con Dios que nos permite ver, en toda su profundidad el valor y la dimensión de cada persona, que se convierte en el sólido fundamento de todas nuestras relaciones. Desde Dios, las relaciones de paternidad y maternidad, como las de filiación y fraternidad, adquieren todo su significado y nos orientan hacia una actitud de respuesta agradecida en el amor. Dios no ocupa el lugar de nadie, pero sí ilumina y acompaña el camino de todos. Rezar por alguien es el primer gesto de reconocimiento y de afecto hacia una persona, hoy, como hijos agradecidos, elevemos nuestra oración por ellas.
Pidiendo a Dios que en este día nos encontremos en familia para renovarles nuestro amor, se encuentren aún con nosotros o ya junto a Dios, les hago llegar junto con mi afecto y oración, mi bendición de padre y obispo.
Mons. José María ArancedoArzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz