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Historias con aromas
Primavera, poesía y leyenda. El renacimiento que simboliza la primavera ha motivado innumerables historias que recogen el imaginario colectivo de los pueblos del mundo. Aquí, repasamos algunas para celebrar, una vez más, el ciclo vital que se cumple con la llegada de esta estación.

Desde tiempos remotos, la primavera ha producido emoción en la humanidad, pulsando las cuerdas más sensibles del alma humana y provocando el nacimiento de leyendas y poesías referidas a ellas. Las flores que la anuncian constituyen el elemento más utilizado en las creaciones poéticas y narrativas. Repasemos algunas de las historias que andan dando vueltas por el mundo.

El regreso de Proserpina (leyenda romana)

Ceres, la diosa bondadosa que enseñó a los hombres a sembrar el trigo, tenía una hija tan hermosa como una flor, llamada Proserpina. En una ocasión, estando Proserpina juntando flores -pues le complacía aspirar el perfume del dulce cáliz lleno de esencia de las mismas- se abrió la tierra junto a ella y salió un carro tirado por cuatro caballos negros y guiado por Plutón, el rey de Averno, quien la raptó y llevó a sus dominios.

Ceres, ante la desaparición de su hija, comenzó a buscarla viajando por toda la tierra y, mientras lo hacía, los campos dejaron de producir trigo y los hombres se vieron acosados por la miseria.

El espíritu del Sol le dijo finalmente a Ceres que Plutón era quien tenía a su hija prisionera. La diosa reclamó en el Olimpo por su hija y para que su ruego no fuese desoído, aniquiló aún más las simientes y el hambre amenazó con destruir la humanidad.

Júpiter, el dios supremo, prometió a Ceres que recuperaría a su hija, a condición de que la jovencita no hubiera comido nada en el Averno. Proserpina había sido tan infeliz al lado de Plutón que no había probado ningún bocado, salvo una vez que viendo una granada en un árbol la había tomado porque le recordaba el colorido de las flores en la tierra; que contrastaba con la oscuridad que inundaba el reino de su raptor.

Ante este hecho, Plutón creyó que -por derecho- la retendría para siempre, pero los dioses decidieron que volvería cada año a pasar un tiempo con su madre, para retornar posteriormente al reino de Plutón.

Es por ello que cada primavera, cuando el trigo brotaba de la tierra, Proserpina regresaba trayendo flores que se constituían en silentes heraldos de su retorno feliz.

La kantuta (leyenda boliviana)

El joven dios Arco Iris, echado sobre una piedra andina, se quejaba de su suerte mientras reflexionaba sobre la inutilidad de la belleza que albergaba en sí.

Se preguntaba si tenía alguna ventaja tener tantos colores para mostrarlos de vez en vez por breve tiempo.

La tristeza apenaba su mente como las enredaderas al árbol y lo hacía renegar del destino fugaz de su hermosura.

De tanto en tanto, como para poner una barrera de contención a sus pensamientos, lanzaba a los vientos una tela tricolor que, trazando una parábola gigantesca, iba a posarse en la cúspide opuesta. Se entretenía con este juego pero, cuando se cansaba de él, la aflicción abría pétalos de angustia en su alma.

Día tras día, pedía a Viracocha que permitiera saciar las apetencias de belleza de los mortales con los colores que únicamente él atesoraba.

Los lamentos de Arco Iris terminaron por conmover a Viracocha, quien lo mandó a llamar y le expresó que era indigno de los dioses el quejarse, que era hermoso y eterno y no debía preocuparse, mas como deseaba verlo feliz, le permitía que despose a Kantú, una hermosa flor blanca que vivía en los bajíos del Kollasuyo.

Le indicó que cuando la luna llegara al cenit fuera en busca de Kantú para consumar la unión.

Arco Iris esperó con impaciencia el momento indicado y cuando éste llegó fue hacia Kantú y, transido de amor, la atrajo hacia su pecho rodeándola con delicadeza con sus fuertes brazos. Aspiró con fruición su perfume y la flor alba se impregnó de los colores del dios.

El fruto de esta unión fue una hermosa flor que ostentaba suaves y delicados pétalos de colores rojo, amarillo y verde. Había heredado la fragilidad de la madre y tres de los colores de su bello padre.

Viracocha, regocijado, observó el nacimiento y ordenó al padre de los vientos que esparciera por todo el Kollasuyo las semillas, para que se hiciera realidad el deseo de eternizarse en la tierra manifestando por Arco Iris, su hijo bienamado.

Así nació la Kantuta, flor imperial de los incas. Desde aquel tiempo remoto, su delicada corola pincela el azul del aire en todo el territorio de Bolivia, la nación sudamericana que eligió sus colores para bandera y, entre todas las flores, a la kantuta como flor nacional.

textos de Zunilda Ceresole de Espinaco.