Es normal ver a un pibe o una piba, y gente de más años también, caminando con o sin perro o persona (a veces son intercambiables o supletorios) y con los auriculares puestos escuchando vaya a saber qué recóndita (que te recóndita, por las dudas) melodía. Y llevan para ello, además de los pequeños auriculares y el cable, un mínimo aparato que quizás tiene centenas de canciones que le aseguran al caminante el disfrute. Hoy con los mp3 y mp4, con las pequeñas radios, con los equipos en miniatura, con la posibilidad de bajar de internet música malaya del siglo VIII (tienen que ver qué cosa más bonita) o cualquiera otra en cuestión de segundos, la música literalmente está al alcance de la mano.
Yo me acuerdo que en mi juventud (y cuando uno inicia frases de este calibre, bien pueden asegurar que el viejo, uf, ya chochea y vuelve siempre sobre el mismo tema) nos juntábamos los pibes del barrio con el único grabador disponible (tamaño Estanciera: un rectángulo pesado y grande) y enfocábamos con dificultad la antena para escuchar el programa que pasaba "música moderna" desde la capital. Y apretábamos con una fe increíble la tecla REC para grabar lo que el locutor quería y que para nosotros era un lujo que luego escucharíamos hasta el cansancio.
A veces el locutor o el comercial te cortaban antes y entonces nuestras grabaciones caseras tenían música, mal enganchada y con cortes abruptos y también con voces súbitas que nos instaban a tomar tal gaseosa o ir a la zapatería de fulano...
Esa paciente tarea de todas las siestas igualmente rendía sus frutos cuando en la reunión del fin de semana, en el cumple o en el simple paseo grabador en mano (siempre hay un tipo con fuerza en todos los grupos) vos mostrabas triunfal tu casete con lentos enganchados, aunque en el medio se filtre un cuarteto o una cumbia o un jingle sobre aceite para motores. Un ganador, el vago.
Después están los contenidos. Ahora los pibes apenas caminan y tienen su propio equipo y sus propias bandas de rock. Nosotros dale con Manuelita (sin alusiones ulteriores, por favor, es un prístino, simple, llano y unívoco mensaje el que estoy dando) y con el puente de Avignon, un bajón, pero es lo que había. Hoy tienen Camp Rock, High Schull Music y bandas propias, además de tomar las nuestras. Guachos malcriados.
Y tienen por si fuera poco, su propia banda porque en todo grupo hay un guitarrista (también en los nuestros, pero no pasábamos de Merceditas o Desde el alma; la Bamba ya era un avance increíble...), un baterista, un bajista, uno que manya cuestiones de grabación y tus pibes queridos te sacan su propio CD antes de los diez años. Y el xilofón con los correspondientes palitos que te regalaron tus viejos y que vos conservaste con unción para dárselo un día a tus propios párvulos, pues bien podés metértelos en el fondo del ropero y nuevamente deben saber que no hay aquí tampoco alusiones posteriores, que es un prístino, simple, llano y et caetera...
Ahora todo el mundo puede escuchar música con alta definición en cualquier parte: en el auto, en el trabajo, por la compu o el equipo, con el home theater o el mp3 (nosotros erámos también mp: muy pavotes), por la tele. Antes, los long play de la casa estaban más cuidados que tu hermana, envueltos en celofán y en su caja o sobre y guardados en el modular. Para llegar hasta él, debías pasar sobre el cadáver de tu viejo. Así que te quedaba arreglártelas con la radio y luego, una gloria, con el grabador, que es cuando comenzó a desregularse y fragmentarse el monosonido...
Y acá estamos ahora. En un aparatito ínfimo de dos gigas (yo no sé qué es eso, pero no hay por qué sonar tan desactualizado, carajo), tengo la música que se me cante y que se le cante al que quiera, en cualquier momento y lugar. Y puedo escribir y escuchar música al mismo tiempo. Estoy sonado.