Señores directores: Adjunto mi poesía "Para un ramo blanco", escrita muy especialmente para el Día de la Madre.
Tiernamente guardo muy sobre mi pecho/ un ramo de flores que hoy cortó mi madre/ al rayar el alba./ Son tan delicadas, tan bellas,/ tan frágiles, tan inmaculadas/ que hasta me sonroja tener que tomarlas/ con mis manos torpes, con mis manos pálidas/ con mis manos sabias, sabias y mundanas.../ Ellas son pequeñas como hechas de nácar/ con pistilos glaucos y corolas blancas/ y un tallo muy verde, muy fino muy débil/ como el frágil tallo de una flor del campo...// Un aroma suave todo ellas exhalan/ olor a reseda a brisa temprana/ a prados de Armenia y noche estrellada/ y hasta me imagino que ellas suspiran/ y que me dijeran muy dulces palabras/ para mi bohemia, para mi esperanza, para mi desdicha y buenaventuranza.../ Tengo aquí en mis manos/ este ramo sacro que cortó mi madre/ muy de madrugada./ Quiso ella obsequiarme con flores muy blancas/ porque sabe cuánto me llegan al alma/ sabe que soy triste, que no tengo calma/ que amo a la belleza y que soy poeta por naturaleza./ Venero estas flores, bendigo a mi anciana/ y sueño y suspiro besando las calas, los nardos, los lirios/ y las rosas pálidas que mojan mi cara/ con las gotas frescas aún de rocío...// Hoy me siento puro, puro como un niño/ siento que mi sangre corre como un río./ Marcho hacia el ocaso: mi único camino/ y busco sediento el azul destino/ de mis ilusiones cual un peregrino...// Ya nada ambicioso, ya nada me inquieta/ ahora tengo todo cuanto satisface a mi alma de poeta:/ un ramo muy blanco de flores selectas/ una fantasía loca que me inquieta/ y esta anciana mía tan noble, tan santa, tan dulce, tan bella/ tan madre querida... tan madre dilecta.
Edmundo Rostand.
Señores directores: Dedicado a todas las madres:
Vengo, madre, de lejos,/ de la rosada aurora/ de mi despejada niñez/ en busca de tu perenne juventud.// Vengo desde el tiempo del olvido/ en que medía las horas por tus besos,/ a los días intactos/ de tu indeclinable memoria,/ porque aún te acuerdas/ de componerme el mechón caído/ y la traviesa corbata desceñida.// Vengo del cansancio rendido de mis juegos,/ los ojos amoratados,/ el rostro sucio/ y la ropa destrozada,/ a la prolijidad de tus disimulados años/ delicadamente perfumados/ como un ajuar de novia...// Vengo, madre, de la tibia ilusión/ del nido recién abandonado/ a refugiarme en tus sueños;/ los míos naufragaron/ entre los espinos/ y súbitos recodos del camino.../ Tú, con los tuyos,/ has tejido un manto fino/ para cubrir mis heridas y mis penas.
Enrique José Milani.