Opinión: OPIN-05
ANOTACIONES AL MARGEN
Conversación junto al fuego

Estanislao Giménez Corte[email protected]

I

¿Un ensayo, qué es? En principio, nada. Un acopio; algo en proceso; una informe masa de caracteres. Eso. Nada que pueda ser encorsetado en una estructura o que, por pretensión de los elucubradores de teorías, sea susceptible de definir. Si algo es un ensayo, ello deviene de un proceso de pensamiento que se genera por oposición: un ensayo es, y cito una noción originada en la lingüística, algo que otras cosas no son... Pero allí, en esa imposibilidad de definición, se encuentra parte de su maravilla: la esencia del ensayo es la libertad; el no pertenecer; el poder ser cualquier cosa (o de muchas formas).

Así, un ensayo puede señalarse como un escrito de varia especie que no es novela, ni cuento, ni nota periodística, y que pretende divulgar unas ideas atravesadas por una fortísima impronta de autor. No es, tampoco, un tratado académico, ni una tesis, ni una monografía, donde la lógica discursiva está supeditada a la lógica de ciencia (que tiene que "demostrar"). El ensayo es, entonces, un texto libre y de opiniones, más vinculado al propio estilo del autor que a una forma. La exposición y la argumentación, sus recursos más utilizados, no alcanzan a establecer una "teoría" al respecto, ni siquiera como aproximación.

Ortega y Gasset sostenía que el ensayo es un "género en prosa y de divulgación, pero sin prueba explícita". Por supuesto; pero algún malicioso podría preguntarse: ¿hay en las ciencias sociales, alguna vez, prueba explícita?. Observo que los manuales, amén de insufribles clasificaciones inútiles, insisten en dos términos adecuados para tratar el ensayo, pero que, de todas maneras no satisfacen o apenas subrayan lo antedicho: un híbrido, una miscelánea, eso es un ensayo, se dice. Tampoco hay en la etimología información de contraste: se suceden en los diccionarios las nociones de "esbozo", "apunte" o "boceto".

II

En su excelente "estudio preliminar" al volumen "Ensayistas Ingleses" (Océano; 2000), Adolfo Bioy Casares establece el comienzo del ensayo moderno, lógicamente, con Montaigne, en 1571. Como "meditaciones dispersas", "composiciones irregulares, no trabajadas", "nota personal" y "prosa de modo subjetivo" se lo califica allí, a través de un recorrido abrumador en el que se suman las voces de Bacon, Johnson, Wilde, que el autor de "La invención de Morel" comenta con escandalosa familiaridad y suficiencia.

Sobre el final, el propio Bioy deja caer, como al pasar, tímidamente, dos ideas muy interesantes: "(en el ensayo hay) un tono de conversación junto al fuego (...) (y éste) se parece al fluir normal del pensamiento", dice. Un género abierto, que desarrolla múltiples temas a partir de uno, que es atravesado por juicios de valor, que no es ficción pero que trata a menudo a las obras de ficción, a la usanza de una crítica, caracterizan la composición de los ensayos. Pero ¿qué es un ensayo?: un escrito, de maravilloso poder y deleite en ciertas manos, que viene a recordarnos, cada vez que los leemos, amén de los temas específicos que tratare, la pueril manía de dar nombres y categorías a los escritos; y que profundiza la noción, vaga pero firme, de que, en algún punto, de una misma indefinición adolece toda escritura de opinión.