Al kirchnerismo se le suele recriminar el hecho de no haber elaborado jamás un plan económico de mediano y largo plazo. Desde que asumiera Néstor Kirchner, éste fue un perfil claramente definido dentro de un sector más acostumbrado a la practicidad y la inmediatez, que a la planificación sustentada en marcos teóricos y el respeto por las ideas, aunque éstas no estén alineadas con el discurso oficial.
Durante los primeros años de este proceso iniciado en 2003, dicha característica resultó de alguna manera acorde a un país que intentaba recuperarse del incendio que devastaba sus cimientos económicos, políticos y sociales. No había demasiado tiempo. Por aquellos días se requería de un piloto de tormenta capaz de ejecutar medidas casi sin dudar, aunque lo hiciera con una dosis importante de temeridad.
Néstor Kirchner, incluso, supo explotar mediáticamente este rasgo de su personalidad. Hasta resultaba un personaje simpático para algún sector que mostraba cierto deslumbramiento, luego del anodino gobierno de la Alianza.
Pero los años y el devenir de los acontecimientos fueron desnudando poco a poco las consecuencias que pueden traer aparejadas estas prácticas.
El conflicto entre el kirchnerismo y el campo fue, sin duda alguna, un momento de inflexión. Por entonces, Néstor insistía ante los suyos que se trataba de "la madre de todas las batallas". Y al parecer estaba en lo cierto; no porque se intentara desestabilizar a un gobierno, sino porque aquel enfrentamiento terminó convirtiéndose en una prueba irrefutable de que el diálogo, la planificación y el respeto por las instituciones, son fundamentales para cualquier país organizado.
La historia de las últimas semanas continuó demostrando los perjuicios de un estilo personalista, improvisado y hasta autoritario de gobierno.
Y es que ya casi nadie recuerda aquel anuncio que, ampulosamente, realizara Cristina Fernández al develar la intención de saldar la deuda con el Club de París.
Pero aquello no fue todo. El 22 de setiembre Äparece haber pasado una eternidadÄ, la presidenta anunció en Nueva York el inicio de conversaciones con bonistas Äconocidos como holdouts , quienes quedaron fuera del canje llevado adelante por el ex ministro Lavagna en 2005Ä para saldar 31 mil millones de dólares de deuda.
En la Asamblea General de las Naciones Unidas, Cristina Fernández sonrió al hablar del "efecto jazz" y se ufanó de que la Argentina se encontraba lo suficientemente sólida como para sortear la crisis financiera internacional.
Pero esta irrefrenable carrera de anuncios no había terminado. El martes 21 de este mes, con la participación de invitados especiales, bajo una carpa especialmente acondicionada para la ocasión y con toda la pompa kirchnerista, se planteó el fin del sistema jubilatorio de capitalización y el retorno a un sistema administrado por el Estado.
Ahora, con los capitales saliendo del país, las industrias sin crédito y la producción en baja, el gobierno intenta afrontar el tembladeral, como quien trata de apagar el fuego que poco antes se encargó de alimentar.