El ritmo frenético de nuestras vidas nos arrasa, nos atraviesa. Las noticias cambian, los problemas se multiplican, la crisis se expande. Vamos de un lugar a otro repitiendo esquemas rutinarios. El aquí y ahora, parece ser lo único importante. Los pequeños inconvenientes cotidianos se transforman en verdaderas catástrofes cuando no somos capaces de verlos con perspectiva.
Hace apenas seis meses nos preocupaba la "guerra gaucha". Pero ni siquiera sospechábamos lo que estaba por venir: primero fue la escalada inflacionaria, luego la crisis financiera internacional. Ahora, la desocupación aumenta y hasta la mismísima CGT reconoce que es el momento de cuidar las fuentes de trabajo, en lugar de reclamar aumentos de sueldos. Nos miramos con temor. Nos preguntamos qué ocurrirá mañana. Las pulsaciones se aceleran. A la vida no la vivimos. La quemamos. Como si se tratara de una mecha encendida que indefectiblemente terminará en estallido.
Alto. Basta. Paremos. Frenemos esta locura. Levantemos la mirada por un instante y no perdamos de vista las cosas realmente trascendentes: hoy es 30 de octubre de 2008.
Hace exactamente 25 años ni siquiera sospechábamos que estábamos siendo protagonistas de un momento histórico, de una bisagra para un país en el que la democracia jamás había echado raíces y era apenas un sueño que trocaba en pesadilla con el chirrido de los tanques.
Pasó un cuarto de siglo y fuimos capaces de sostener las libertades. Con errores. Con dolor. Con miseria y corrupción. Con todo, pero en libertad.
No es poco, aunque no seamos capaces de valorarlo por esta maldita manía de ver sólo el corto plazo y dejarnos arrastrar por la locura.
Es cierto que la democracia no nos garantizó comida, educación, Justicia, ni seguridad para todos. Pero sin ella, ni siquiera sería posible soñar que todo esto es posible. Y sin sueños, no hay horizonte mejor.