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Opinión
Edición del Jueves 30 de octubre de 2008
Opinión: OPIN-05 Tras 25 años

Esteban Aignasse (*)

Cuando en el imaginario de la sociedad argentina se empiece a vislumbrar al 10 de diciembre de 1983 como un episodio histórico, que pierda definitivamente sus referencias de actualidad aún existentes 25 años después, se agigantará la relevancia que tuvo ese momento crucial hasta ubicarse en el sitial de los hechos más trascendentes que han construido a la República Argentina como nación soberana.

Un país sin democracia no puede considerarse una Nación. La república necesita de ella para poder funcionar como tal. Esto que hoy se nos aparece como lo más natural del mundo, era antes de 1983 un sueño trunco de millones de ciudadanos que veían reiteradamente cercenadas sus libertades, por los sucesivos golpes de estado que sufrió el país durante gran parte del siglo XX.

No hay dudas de que este logro esencial se alcanzó por el compromiso de la mayor parte de la sociedad argentina incluidos partidos políticos, medios de comunicación, grupos económicos, empresarios y hasta instituciones religiosas y gremiales (no todas)- que apostaron, sin vueltas, a esta forma de gobierno.

Pero es indispensable destacar en todo este proceso de consolidación democrática, la figura del Dr. Raúl Ricardo Alfonsín, presidente electo en esa fecha histórica, y quien se encargaría de timonear a la novel democracia argentina en esos primeros años de turbulencia institucional hasta lograr su definitiva consolidación.

Alfonsín nos ha dejado dos grandes legados que ponen en un segundo plano al resto de sus acciones de gobierno, dado que ellos fueron esenciales para el posterior desarrollo de nuestra sociedad. El primero fue haber llevado adelante con enorme convicción, uno de los episodios más importantes en la historia de los derechos humanos del mundo moderno, como lo fue el juicio a las Juntas Militares, que habían conducido el país hasta la asunción misma del líder radical. El segundo fue haber construido a lo largo de seis difíciles años, fiel a su ideario demócrata, los sólidos cimientos sobre los que empezó a crecer nuestra actual democracia, sepultando para siempre las elucubraciones mezquinas de pequeños sectores de la comunidad que aún pensaban que en la Argentina era posible otra forma de gobierno.

Hoy, un sinfín de políticos y personajes, con la presidenta a la cabeza, se pelean por demostrar quién es el más elocuente defensor de los derechos humanos, siendo que hace más de dos décadas atrás no mostraban la misma valentía en acompañar ese tipo de políticas, que impulsó con enorme coraje el gobierno de Alfonsín. Y en cuanto a la estabilidad de la democracia que inició el ex presidente, vemos cómo suceden fuertes hechos político-sociales, como la renuncia de un mandatario o el reciente conflicto del gobierno con el campo, y no se perturba la institucionalidad, mientras que en otros tiempos, tales acontecimientos hubiesen derivado en la desestabilización del gobierno democrático.

Nada hay más importante para un ciudadano que saber que sus derechos y libertades están garantizados, que puede expresarse sin que nadie lo censure, que puede elegir a quien quiera que gobierne. Nada hay más importante para un ser humano que saber que, quienes han atentado contra las libertades de las personas cometiendo los crímenes más aberrantes, han sido juzgado y condenados.

Ésta es la gran herencia que nos ha dejado Alfonsín. Durante sus años de gobierno fuimos asimilando lo que realmente significa ser un Ciudadano de la democracia. Su profunda convicción democrática y republicana fue el basamento de su gestión. Estaba persuadido de que sin un estado democrático no era posible lograr desarrollar las condiciones que hacen a la plena dignidad del hombre. De allí su recordada frase -que muchos la tomaban como slogan de campaña pero que nacía desde lo más hondo de su convicción política: "con la democracia se vive, se come y se educa".

Quedaron cuestiones pendientes, sobre todo las económicas, pero en esos momentos complicados -con militares, gremios y grupos económicos inquietos y presionando-, Alfonsín depositó todos sus esfuerzos en concretar su gran anhelo: que la Argentina sea definitivamente una nación democrática, como todas las naciones civilizadas del mundo.

A esta figura emblemática se la reconoce hoy por su moralidad, su compromiso democrático, su austeridad. El ex presidente puede andar por la calle sin miedo a recibir insulto alguno. Por el contrario, despierta en la mayoría de la sociedad un sentimiento de simpatía y respeto. Pero voy mas allá, no tengo dudas que dentro de unos años, su imagen se acrecentará de forma tal que a estas valoraciones se le sumarán la admiración y el agradecimiento infinito por su enorme labor en construir, para siempre, la democracia en la Argentina.

(*) Secretario Bloque Radicales en el Frente Progresista Cívico y Social. Concejo Municipal de la ciudad de Santa Fe.





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Jueves 30 de octubre de 2008

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