Nunca había visto algo así, ni tan siquiera parecido. Un autódromo donde segundos antes había más de 70 mil personas gritando, saltando y contagiando de alegría a propios y extraños pasó a los pocos instantes al más absoluto silencio, a la desazón, a la tristeza.
El brasileño por naturaleza es alegre. Por venir un par de veces, tengo un dicho que quizás venga al caso: "Ellos ante cualquier problema bailan y ríen". Sin embargo, esta vez fue diferente. Ver a los más grandes con el rostro humedecido, contando quizás con la lluvia torrencial como compinche y echándole la culpa por si alguna lágrima se había escapado, y a los más chicos preguntando por qué primero estaban contentos porque "Felipinho" era el campeón y, después, de repente, se encontraban todos juntos, pero permanecían callados y tristes.
No obstante, esto es un deporte y Felipe Massa es un dignísimo subcampeón mundial de Fórmula Uno. Aquí en Interlagos hizo todo lo que estaba al alcance de su manos: marcó la pole, ganó la carrera y se quedó con el récord de vueltas. ¨Qué más pedirle?
Y lo de Hamilton era previsible, porque llegó a Brasil con 7 puntos de ventaja, sobre 10 en juego. Es cierto que transpiró hasta la espalda... y más, pero nadie le regaló nada.
Cuando veníamos hacia al aeropuerto de Guarulhos para volver a la Argentina, comentábamos con algunos colegas que alguien pensó seguramente que Timo Glock se dejó pasar o que no hizo nada para evitarlo y que le dio una "ayudita" al inglés. No pienso así; opino que el piloto de Toyota arriesgó en no ir a boxes a cambiar gomas porque quería llegar cuarto, lo que era un muy buen resultado para él y su equipo. Así de simple.