Rogelio Alaniz
Cuando esta nota llegue a la calle es probable que ya estén definidas las tendencias electorales en Estados Unidos y se sepa quién va a ser el presidente de la nación más poderosa del planeta. En principio, las encuestas coinciden en que el ganador será Barack Obama. Lo que se discute, en todo caso, es la diferencia, ya que para algunos será mínima, de tres o cuatro puntos, en tanto que para otros superará los diez puntos y será una de las más concluyentes derrotas de los republicanos.
A las encuestas hay que respetarlas, sobre todo cuando se ponen de acuerdo en un resultado, pero admitamos que más de una vez se han equivocado y que, en todo caso, la duda se disipará cuando se cuenten los votos de las urnas. Conviene recordar al respecto que en Estados Unidos la elección a presidente no es directa, sino indirecta, y esa mediación está a cargo de un colegio electoral.
La victoria de Obama es creíble no sólo porque lo dicen las encuestas, sino porque el clima político de Estados Unidos parece inclinarse hacia los demócratas. La gestión de Bush concluye con niveles de aceptación bajísimos, alrededor del 25 por ciento (no muy diferente de los que tiene la señora Cristina Kirchner, pero con la diferencia de que ella recién llega) y, por más que McCain se ha esforzado por diferenciarse del presidente, el propio Obama se ha encargado de recordarle que no sólo milita en el mismo partido, sino que en los últimos ocho años cono legislador ha apoyado las principales políticas internas y externas de George W. Bush.
Como Estados Unidos no es la Argentina, la estrategia de McCain de desentenderse de la gestión de su compañero de partido no prosperó, fundamentalmente porque el líder de la oposición se preocupó por impedirla. Lo que ocurre en Estados Unidos pasa en la mayoría de los países civilizados del mundo: la distinción entre oficialismo y oposición está muy clara y no se permite, como ocurre en nuestra nación, que el oficialismo se transforme en oposición de sí mismo.
No es verdad lo que dice el señor Noam Chomsky desde el apoltronado sitial que ocupa en Estados Unidos acerca de que Obama es un blanco que tomó un poco de sol y que entre él y McCain no hay ninguna diferencia. Si la diferencia entre los candidatos es la alternativa entre el socialismo o el capitalismo, está claro que el señor Chomsky tiene razón: ninguno de los candidatos propone salir del capitalismo. Pero, si así fuera, el primero en respirar aliviado debería ser el célebre lingüista que, con sus conocidos arrebatos de mal humor y sus caprichos neuróticos de intelectual consentido, no sobreviviría ni una temporada de verano bajo una dictadura socialista.
Mal que le pese a Chomsky, Estados Unidos no va a salir del capitalismo, por lo que podrá seguir dictando su cátedra, presidiendo congresos antiimperialistas donde lo inviten y firmando manifiestos en contra de su país sin que nadie lo moleste, mientras disfruta de una excelente calidad de vida. Sin embargo, sólo un rapto reduccionista impulsado por la pereza intelectual o la alienación ideológica puede suponer que Obama y McCain son lo mismo o que únicamente tienen diferencias de forma.
En la historia de los Estados Unidos el color de la piel no es una formalidad y eso lo sabe cualquier norteamericano medio y lo padece Äy lo ha padecidoÄ hasta el negro más rico, elegante y distinguido. Pero no sólo la piel los diferencia; también los diferencian la percepción y la sensibilidad para afrontar determinados problemas. Temas tales como la orientación de los impuestos, los roles del Estado, las responsabilidades internacionales que le corresponden a Estados Unidos colocan a los candidatos en veredas opuestas.
Es más, yo diría que desde hace décadas que en Estados Unidos no se da una elección con candidatos que expresen diferencias, modos de vida, conceptos del poder y de la política tan claros. McCain es el Estados Unidos que fue, el Estados Unidos que se resiste a admitir que el mundo ha cambiado y su propia nación ha cambiado; Obama es lo nuevo, el Estados Unidos que existe realmente con su diversidad racial, su pluralismo político y cultural y sus responsabilidades ante un mundo que se resiste a ser gobernado por un gendarme o un sheriff.
Un buen ejercicio para seguir pensando estas candidaturas consiste en reflexionar sobre sus apoyos marginales. A Obama, en las orillas de su electorado lo respalda una franja cultural de la izquierda Ämenos Chomsky, claro estáÄ , la militancia negra, los sectores postergados o perseguidos por el sistema. McCain cuenta con el aporte de la ultraderecha religiosa y, seguramente, a la hora de emitir el voto, un dirigente del Ku Klux Klan no tendrá dudas sobre su preferencia.
También en los soportes de poder económico hay diferencias notables. En principio, McCain como Bush cuentan con el apoyo del poderoso complejo militar industrial y financiero integrado por las fábricas de armamentos y el petróleo. No son éstos los sectores que están más entusiasmados por la probable presidencia de Obama. Por el contrario, es probable que sean sus principales saboteadores y desestabilizadores. En este sentido, la tragedia de los Kennedy debe ser aleccionadora.
Se dice que la crisis financiera de Wall Street terminó por definir al electorado a favor de Obama. Es probable. La crisis está vinculada políticamente con la gestión republicana y los usos y abusos de los "neocons" en materia financiera. Es previsible, entonces, que el electorado crea que las señales de confianza, indispensables para salir de la crisis, provengan de un postulante demócrata y no de un republicano comprometido con un pasado del que ahora ÄnaturalmenteÄ quiere desentenderse.
Desde el punto de vista institucional, Obama impresiona como un candidato que va más allá del dirigente que cumple con el tradicional ciclo de alternancia entre demócratas y republicanos. Su encanto personal, su condición de negro Äpor lo menos de no blancoÄ, su capacidad para movilizar a amplios sectores sociales detrás de grandes ideales de cambio lo colocan en un plano social e histórico diferente del de Carter y Clinton, los dos ex presidentes demócratas de los últimos treinta años.
Obama, en ese nivel, recuerda más el carisma de John Kennedy, dispone de ese mismo encanto, de esa misma sutileza discursiva, de idéntico nivel de excelencia y moviliza pasiones progresistas semejantes. Por lo tanto, esta elección no es una elección más, un cambio rutinario del poder en un país que, dicho sea de paso, nunca padeció dictaduras, sino que en este caso se está en la antesala de un cambio histórico, un cambio capaz de sincerar la realidad de los Estados Unidos y, a la vez, colocar en el museo de antigüedades el tradicional prejuicio que sostiene que para ocupar la Casa Blanca es necesario ser blanco, anglosajón y protestante.
Da la impresión de que Obama llega al escenario norteamericano en el momento preciso, a la hora señalada. El deterioro político y cultural de la gestión de Bush es alto, como también es alto el desprestigio de Estados Unidos en el mundo. Hoy a Estados Unidos le hace falta un presidente creíble, un presidente que le hable a la la sociedad con el lenguaje de los ideales y del buen sentido común.
Al nombre, el rostro, el tono de voz de ese candidato todos lo conocemos, incluso los que sin ser norteamericanos sabemos que nuestro destino nacional está conectado con lo que suceda en el centro del imperio.