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Rogelio Alaniz
Nació el 1§ de noviembre de 1786 y murió el 23 de octubre de 1868. Cuando nació, Buenos Aires tenía menos de veinte mil habitantes y estaba gobernada por un virrey; cuando murió, la ciudad estaba dejando de ser la gran aldea y asumía la presidencia su amigo, contrincante y admirador, Domingo Faustino Sarmiento.
No exagero si digo que la historia argentina desde la emancipación hasta la organización nacional podría escribirse a través de su biografía. Disfrutó del privilegio de nacer en el seno de una familia rica en dinero y virtudes, dos principios que ella siempre se preocupó en cultivar con parejo esmero.
A las personas que nosotros conocemos como próceres, ella los trataba por su nombre de pila o por su apodo. Fue la compañera, confidente y en algunos casos algo más, de los principales protagonistas de la generación del 37. Gutiérrez la admiraba, Echeverría la amaba y Alberdi la consultaba cada vez que podía. Mitre, su querido Bartolito, la escuchaba y le permitía desplantes que a ninguna otra mujer le hubiera consentido. Juan Manuel de Rosas jamás se atrevió a mover un dedo en su contra sabiendo que era opositora y que protegía a sus enemigos. Mariquita tomaba el té todas las tardes con Agustina, la madre del Restaurador y, para los entendidos, la única persona a la que Juan Manuel respetaba y temía.
La historia suele presentarla a Mariquita como una mujer frívola, simpática tal vez, pero irremediablemente superficial. La escena que más la recuerda es el célebre cuadro de Pedro Subercasseaux y la tertulia cuando se estrena el Himno Nacional. Lo curioso es que existen serias dudas de que esa función de gala haya existido y que los acontecimientos hayan transcurrido en el salón de Mariquita. Sin embargo, el hecho de que Subercasseaux haya "inventado" la escena en la casa de Mariquita es también un testimonio de que ya para entonces ella era la mujer más importante de Buenos Aires y su salón era el lugar donde ocurrían los grandes sucesos.
Distinguida, elegante, de una extraña e inquietante sensualidad, Mariquita ya era la mujer más reconocida de Buenos Aires antes de la Revolución de Mayo de 1810. La hija de Cecilio Sánchez Velasco ya había protagonizado sus propios escándalos cuando decidió desobedecer la orden paterna de casarse con un comerciante veinte años mayor que ella. El precio a pagar fue el convento, como ocurría en aquellos años con las hijas díscolas. A esa sanción ella la vivió con dignidad y cada vez que pudo le dijo a las monjas que ella estaba enamorada del marino Martín Thompson, un hombre bello y valiente decía, con el que se iba a casar aunque su padre y toda su familia se opusieran.
En 1804, sostener estas posiciones era toda una manifestación de rebeldía. El casamiento de Mariquita y Martín lo terminó autorizando el virrey Sobremonte, después de que el novio presentara un "juicio de disenso", figura jurídica reconocida por el derecho colonial para asegurar los derechos de quienes desobedecían la voluntad de sus padres.
El matrimonio de Mariquita con Martín fue feliz y trágico. La pareja fue una de las protagonistas de las jornadas revolucionarias de 1810. Martín participó en reuniones secretas, intrigó, conspiró y en algún momento estuvo dispuesto a jugar su vida en defensa de la revolución. Mariquita lo acompañó y estuvo siempre a su lado.
Después de la revolución, Martín integrará la Sociedad Patriótica y en algún momento será designado embajador en Estados Unidos, el primer país que nos reconoció como nación. Allí, a Martín no le fallarán las convicciones pero le fallarían los nervios. Nunca se supo bien que le pasó, pero lo cierto es que lo internaron y luego lo subieron a un barco para que regresara a la Argentina. En el trayecto murió y su cuerpo fue arrojado al mar. Mariquita se enteró de que era viuda meses después.
Durante la gestión de Rivadavia se hizo cargo de la Sociedad de Beneficencia. Para esos años era toda una novedad, y para muchos un escándalo que una mujer se hiciera cargo de una actividad pública. Puede que ahora el nombre de Sociedad de Beneficencia sea algo anacrónico, pero en 1820 otorgarle a la mujer un rol diferente al de tener hijos o someterse al marido era una verdadera revolución.
Mariquita fue siempre una gran dama porteña y nunca pretendió ser otra cosa. Lo que merece destacarse, en todo caso, son sus rebeldías privadas, sus transgresiones y su inusual afán por ser una protagonista de la historia. Se trata de alguien que decidía por cuenta propia y no por lo que le ordenaran. Tal vez sería exagerado decir que fue un anticipo de la militancia feminista, pero está claro que defendió la dignidad de la mujer y siempre se resistió a los intentos de reducirla a un objeto de lujo o una cosa.
Mariquita fue la primera mujer que planteó en serio escribir la historia de las mujeres de su país. "Ellas también son gente" decía. Sus declaraciones sobre la condición femenina provocaron gran revuelo entre las almas beatas. Liberal y mundana, consideraba que el atraso de la Argentina se debía a tres factores: la ignorancia, el miedo y la Iglesia Católica. No era Simone de Beauvoir o Rosa Luxemburgo, pero tampoco era la niña frívola o casquivana que pretendían presentar sus detractores.
Para mediados de la década del veinte conoció a quien sería su segundo marido: el francés y diplomático Juan Bautista Washington Mandeville, cinco años menor que ella, lo cual era la comidilla de las comadres de la época. Toda la relación con ese funcionario francés estuvo teñida por la sospecha y la transgresión. Mariquita se puso de novia cuando todavía no había concluido el luto por la muerte de Thompson. Pero los los escándalos no terminaron allí: los rumores aseguraban que la señora se casaba embarazada.
Tres hijos tuvieron Mandeville y Mariquita, pero la pareja no fue feliz y ella nunca se privó de acusar a su marido de perverso. A los problemas amorosos le sucedieron luego los litigios por los bienes. Mandeville murió en 1863, cinco años antes que Mariquita, pero hasta último momento se esforzó por hacerle la vida imposible a su ex mujer.
Acusarla de oligarca, extranjerizante o algo peor, es ignorar su vida, el contexto histórico en que le tocó actuar y también implica desconocer la identidad cultural y social de la Revolución de Mayo. Mariquita fue una gran dama de la sociedad porteña en tiempos en que a este reconocimiento lo merecían muy pocas mujeres. Su frivolidad, su encanto, su gusto por las ropas caras y las joyas, formaban parte del ideario de la época entre las mujeres que pertenecían a la clase dirigente.
Históricamente podría decirse que Mariquita fue una patricia, no una oligarca. Es decir, fue una de las forjadoras de la patria y no una titular de privilegios mal habidos. A los protagonistas hay que reconocerlos de acuerdo con los valores de su tiempo y las contradicciones que los dominaron. Los enemigos de Mariquita recuerdan, por ejemplo, cuando espió a través de los visillos de la ventana de su casa el desfile de los soldados ingleses y se sintió seducida por el color de sus uniformes, su gallardía y elegancia. Dijo entonces que daba gusto enamorarse de esos soldados apuestos, una verdadera licencia de frivolidad que no le impidió luego sumarse a la Resistencia y a la Reconquista. Con esas contradicciones también se ha tejido el delicado lienzo de la historia.
Manuel Mujica Lainez, uno de los grandes escritores argentinos, el artista que se propuso retratar a su clase social con sus encantos y sus vicios, dijo de ella cuando se cumplieron cien años de su muerte: "Cerrráronse sus ojos en Buenos Aires hace hoy exactamente un siglo. Ninguna mujer argentina se le equiparó en todo el andar de la pasada centuria. La evoco, y al conjuro de su personalidad su tiempo revive, porque Mariquita Sánchez de Thompson y Mandeville estuvo en el centro mismo de la época. Derrotando la cronología por algún misterioso privilegio, algunas de las horas más felices de mi adolescencia se vinculan estrechamente con la dama cuyo encanto vence el plazo mortal. Son los que transcurren en la quinta de Beccar Varela que le perteneció y que sigue siendo de los Beccar Varela. Allí, junto al poético Paseo de los Ombúes, maravilla de holgura y sencillez, al amparo de un ombú que ya no existe y de un ciprés que la tormenta decapitó en 1951, tengo la certidumbre de haber escuchado, de chico, cuando el desvelo no me dejaba dormir bajo el mosquitero espectral, el susurro de su vestido de seda, extendido bajo la campana de su miriñaque, durante el minuto en que los fantasmas vuelven a mirarse en los espejos vacíos. Más tarde, al correr de los años, cuando las circunstancias establecieron un parentesco entre los míos y la gran mujer que recuerdo hoy, pude adentrarme en su intimidad y sentirla aún más próxima, mientras fui valorando su gracia refinada a través de los objetos que conservan sus descendientes o que se han diseminado en museos y colecciones".