Nosotros: NOS-15
TODO Y ME VOY
¨Trajiste el envase?
En este caso, vamos a referirnos exclusivamente al envase y no al contenido del mítico y nunca suficientemente ponderado porrón. Uno puede andar por la vida despeinado, con una media rota, con el calzoncillo masomeno, pero no se puede encarar no digamos la vida sino siquiera esta misma tarde sin un porrón. Y para eso necesitás un envase.

textos de Néstor Fenoglio.

Esta nota viene provocada por dos lectores: uno, Félix, que reprochó con inobjetable principio de autoridad (parece que el hombre sabe de lo que habla) que en el Toco anterior, dedicado a ­Noviembre! me olvidé de recordar los sempiternos porrones siesteros, bajo la inútil sombra de algún arbolito cercano a un kiosco. Y el otro aporte es de Nico, un especialista, un experto en porrones y cervezas, quien directamente me tiró el tema como quien arroja un envase vacío- armado: "che, ¨nunca escribiste sobre las botellas?".

Así que, apenas, hoy oficio de mero transcriptor de las ideas de los otros (un reportero, literalmente) y empiezo por una realidad que me fue revelada: casi todas las bebidas hoy ya no requieren envases, ya no son retornables, pero la cerveza y el porrón, en general, todavía sí. Antes debías tener en tu casa botellas de aceite, de vino (de litro), de porrones y de cervezas, por lo menos. Hoy todo viene descartable. Pero, salvando las cervezas con tapa a rosca (que apuntan a un segmento diferente, menos popular) o las latitas (que tienen el defecto de que perdés cerveza por los costados, un pecado, un desperdicio y un daño ambiental irreversible), todavía el grueso del consumo es golpe a golpe, verso a verso, botella a botella.

La otra verdad es que uno en su casa tuvo o tiene un número cambiante de botellas de porrones o cerveza "especial" (una mariconada), según los avances o retrocesos del calor, de las ganas de limpiar y tirar de tu mujer o de los olvidos o compras compulsivas sin envase.

Así, hay un tráfico intolerable de envases, un mercado negro (si se trata de cerveza negra; si no es tráfico de blanca, sin connotaciones de ninguna otra índole) de envases, botellas que van y que vienen, como si la ciudad entera viviera una especie de naufragio colectivo y entonces andan por el mar de calles esas botellas con mensajes desesperados y destinatarios difusos.

Piénsese en esta común escena: fulanito, pongámosle Félix o Nico, caen a mi casa con dos botellas heladas de cerveza (eso no sucede a menudo, se los digo a los dos), tocan el timbre con la nariz o el hombro y ya se armó la picada. Puede suceder que con el correr de los porrones, genuinamente los vagos se olviden de regresar con sus envases a casa, o bien te los dejan por cuanto a veces es una incomodidad tenerlos boyando en el auto. Bueno: tu casa se beneficia con dos envases más y la casa de ellos sufre la pérdida de una cantidad similar. No entra esta operación en los balances, pero yo así estoy hasta casi ilegalmente más preparado para la compra de porrones que ellos.

Conozco gente que tiene los envases siempre con ellos: en la bicicleta, el auto, en el bolsito de fútbol, gente que anda a tracción a porrón. Y conozco otros que en su casa tienen cuarenta o cincuenta envases (el dengue va de regalo) ante la eventualidad cósmica de que le caigan todos los parientes juntos o todo el equipo de rugby completo y no es cuestión de hacer varios viajes.

Ya se sabe que muchos de estos personajes nuestros (el albañil que vuelve a su casa y hace una parada, los vagos que salen del fulbo cinco, el vecino que sale a hacer un mandado y toma un litrito al paso fuera del alcance de la mirada escrutadora y escrotadora de su mujer, etc.) toman el porrón al pie del kiosco y entonces le prestan el envase o bien se lo trasvasan (trasbotellan) a uno de esos espantosos envases de plástico o pvc o yoquesé y toman eso, que ya está hasta visualmente más caliente que en su hermoso envase tradicional.

Por cierto, no hay un control eficiente estatal o privado sobre este tráfico de envases. A uno puede preocuparle genuinamente que ande una cantidad indeterminada de botellas por ahí, como una suerte de chatarra espacial cernida sobre la ciudad y sus habitantes. Por otra parte, nadie sabe a ciencia cierta quién tiene guardado un capital importante en botellas, una especie de depósito bancario en cuenta secreta. Hasta el más insospechado contador o juez, puede tener cien botellas en el fondo de su casa (metáfora incluida). Desde aquí no propongo solucionar nada. No se puede generar un registro por cada botella vendida ni por su utilización, ni por el destino del envase. No pretendo tampoco que me paguen nada por avivar giles o desentrañar este misterioso tráfico de botellas. A mí con un par de porrones bien frío me arreglan. Y les regalo los envases.