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Pbro. Hilmar Zanello (*)
El Día Nacional del Enfermo, que conmemoramos todos los 9 de noviembre, nos invita a plantear algunos interrogantes en torno de la enfermedad, el sufrimiento, el dolor, el duelo y también sobre la muerte misma.
Esta situación del sentido del dolor, del sufrimiento humano nos enfrenta con un verdadero desafío, que pone en tensión nuestra vida e interroga asimismo la fe de los creyentes.
Nos podemos preguntar, por ejemplo, por qué Dios, que es todo amor y omnipotencia, permite el dolor en el mundo. ¨Por qué no elimina o limita el sufrimiento, haciendo que todos los hombres sean felices?
De allí que algunos pensadores afirmen que el origen del dolor y del mal es la piedra en que tropiezan todas las sabidurías y todas las religiones (Andre Frossard).
El dolor siempre ha sido un huésped desagradable, pero inevitable, que está presente en la historia humana, un huésped que pone a prueba y al mismo tiempo coadyuva a que las personas maduren.
En cierto sentido la historia del hombre es la historia de sus dolores, sufrimientos, y los recuerdos que le quedan más grabados son aquéllos de su sufrir.
Esta experiencia dolorosa toca el misterio del hombre. Y también el misterio de Dios.
Nos lo recuerda de cerca el drama bíblico de Job, hombre justo "castigado" por infinidad de dolores que lo llevan a plantear su causa a Dios como imputado; nos lo confirma dramáticamente el mismo Jesús, sufriendo la muerte corporal y la noche de su fe.
Su grito: "Dios mío, Dios mío, ¨por qué me has desamparado" resume el dolor y el "silencio de Dios".
Por eso se fueron dando en el curso de la historia recurrentes interpretaciones ante la presencia de una enfermedad o de la muerte.
Entre ellas: * Es la consecuencia de la imperfección humana. "Somos hijos más que amos de la naturaleza".
* Será un castigo por los pecados cometidos. "Cada uno tiene lo que merece".
* Será un medio de purificación y expiación. "Dios se sirve de la enfermedad para purificar a las personas".
* Una prueba para testimoniar la fe. "Debes dar prueba de coraje".
* Un evento ligado al destino, al fatalismo. "Ya estaba todo previsto, estaba escrito tu destino".
* Una oportunidad para tu conversión. "Ya no soy la misma persona que antes".
* Un misterio por vivir o un enigma para aceptar.
* Una ocasión para unirse a los sufrimientos de Cristo.
* Un camino de santificación y de redención.
Según las distintas interpretaciones y diversas actitudes asumidas por los protagonistas, han podido vivirse estas situaciones de dolor y sufrimiento con "rebeldía", con "aceptación", "con resignación", con "lucha", con "desesperación" o "realismo".
La preocupación de las religiones siempre ha sido encontrar un sentido al sufrimiento, codificar un mensaje y proponer actitudes y comportamientos constructivos para enfrentarlos.
Los cristianos descubrimos en el dolor humano la presencia de algunas verdades ineludibles: "la condición de límite y precariedad del cuerpo"; "la transitoriedad de la vida"; "el conocimiento de haber sido creados y depender de Dios"; "una invitación a plasmar el propio carácter y fortalecer las virtudes"; "la necesidad de una más profunda visión de sí mismo y de la vida"; "un camino necesario para pasar a una forma de vida más elevada"; "un llamado a la esencialidad y a la autenticidad"; "un llamado al descubrimiento del verdadero Rostro de Dios" .
Entonces podemos constatar la verdad de aquellas sabias palabras de León Blois: en el interior del hombre existen fuerzas ocultas y desconocidas, y para que emerjan las suele visitar el dolor.
Una de las dimensiones olvidadas de la humanidad es la vida interior, donde se encuentra la serenidad y el sentimiento sagrado de la dignidad.
Se profundiza la interioridad, realidad que no se ve directamente, ya que estamos tomados por el reverso de lo exterior de nuestra corporalidad.
Esa profundidad humana, que nos despega de nuestras máscaras y falsedades, nos conecta enseguida con otra "presencia", mayor que nuestra conciencia misma. Así, vamos haciendo un viaje al interior, en el yo profundo, cargados de interrogantes, búsquedas y anhelos.
Será ese sufrimiento, ese dolor, esa enfermedad, sin las agitaciones, camino a una soledad, sin los problemas cotidianos lo que hace surgir ese encuentro con nuestra verdad, con el verdadero sentido de la vida y nos encamina a la meta definitiva del hombre, la única y definitiva meta, Dios.
Esa pedagogía de la vida, regida por la visita del sufrimiento o de la enfermedad, nos conecta con el Absoluto, para el que fuimos creados.
Entonces nos preguntamos, al mirarnos por dentro, ¨hay vida más allá de esta vida? ¨será un absurdo vivir? ¨quién me dará una respuesta? ¨quién sostiene mi esperanza?
Quizás nunca nos habíamos formulado esas preguntas.
Se llega a la hora de despertar y encontrarnos con el misterio del hombre, el misterio de Dios. Un desafío irrenunciable nacido de la capacidad de pensar ante los límites del hombre y de la vida.