Tres páginas de “Rencores de provincia”
Tres páginas de “Rencores de provincia”

Por Carlos Bernatek
Ese año había cubierto dos suplencias: la primera en una oficina céntrica, donde se limitaba a cargar datos en una computadora durante seis horas al día, sin parar más que para ir dos veces al baño y tomar un café a media mañana. Eran cifras con letras mayúsculas intercaladas que venían en unos formularios cuadriculados, con una tipografía grisácea y pequeña. El primer día, mientras comía un sándwich a escondidas, pensó que se iba a quedar ciega. La plata estaba bien, pero ¿quién le devolvería la vista? O acaso ¿cuánto costaba un trasplante de córnea?, ¿lo cubría la obra social para trabajadores eventuales, esos que llamaban “por agencia” de forma despreciativa? La agencia era una especie de proveeduría de reemplazantes para cualquier cosa, una maquinaria que instalaba en la gente un concepto primordial para su existencia: “Nadie es indispensable”. Eso le habían dicho el día que se inscribió.
La chica anterior, la que reemplazaba ahora, había renunciado. Cuando Selva ya se estaba habituando a la actitud mecánica de leer y volcar los datos al tacto, le reprocharon varios errores, precisamente cuarenta y dos errores en un total de trescientas planillas. No estaba mal el porcentaje de fallas, hasta era esperable, calculó ella, pero en la oficina opinaron lo contrario.
El otro reemplazo fue en una mercería. La anterior se había retirado con licencia por maternidad, y en el local había otras dos embarazadas entre las cincuenta chicas del plantel estable. Espero que vos no vengas con premio, dijo ásperamente el dueño, un gordo moruno que sudaba copiosamente en pleno invierno. Selva respondió un “no” escueto, y pensó para sí “salvo que baje el Espíritu Santo”; porque no tenía novio desde hacía casi un año, ni siquiera una aventura, y aún si lo hubiera tenido... Si me paso la vida trabajando, pensó mirando los ojos oscuros del tipo. ¿Y si fuera él, si fuese este tipo el sátiro sudoroso? ¿Si las va embarazando una a una a sus empleadas? Si las va eligiendo y preñando, ¿me elegiría a mí? Y pensó en lo que sería soportar el peso y el calor del tipo resbaloso, empapado sobre una cama o en un cuartito de la trastienda, entre piezas de tela y cajas de botones, y le dio asco pensarlo, sobre todo por lo del sudor que le producía la impresión de una piel de pescado, siempre húmeda, y con ese olor del pescado, olor a bombacha sucia. No le parecía demasiado feo el tipo; el rechazo lo provocaba esa catarata que le humedecía particularmente las cejas de un modo tan desagradable. Tiene la mirada fuerte el turco, esos ojos negros tan penetrantes, me mira fijo y me hace mellizos, pensó y se rió para adentro. Dos gorditos sudorosos en pleno verano, prendidos de mis tetas, uf, qué horror. Dos draculitas de dientes filosos haciéndome sangrar los pezones, ay qué dolor debe ser ése.
Permaneció allí sólo tres meses, la licencia íntegra de la chica que reemplazaba. Pero el trabajo no le gustaba: había tantas cosas que se perdía. Nunca alcanzó a memorizar dónde estaban los galones ni los encajes, si ni siquiera sabía coserse un botón, y tampoco le interesaba aprender. Ella era una mujer moderna, nada de costura ni corte y confección, cosas de viejas. Eso sí, antes de irse del negocio preguntó por la chica que había reemplazado: estaba bien, el nene era sanito; una bendición, pensó. Porque los chicos o vienen con un pan abajo del brazo, o traen unos problemas terribles que arrastran a los padres casi hasta la locura. Era lo que siempre decía su madre. Cuando la escuchaba decirlo, Selva pensaba si habría sido para su mamá una bendición o un castigo. No se lo decía, pero lo pensaba. Había nacido sanita, pero a veces hay otras condenas más sutiles que las madres no confiesan, dudaba Selva.