Una joya colonial en  el nordeste brasileño

DESTINOS

Son muchas las iglesias y conventos, ricos en tallas y ornamentos, que tienen su asentamiento en esta ciudad de Brasil.

Una joya colonial en el nordeste brasileño

A sólo 7 kilómetros de Recife se encuentra Olinda, una bellísima ciudad, emplazada entre siete colinas donde la arquitectura barroca es protagonista junto con el mar. TEXTOS. GRACIELA DANERI

Tan sólo diez minutos demanda desplazarse en ómnibus desde Recife hasta Olinda. Por lo tanto, ir hasta allí es algo así como cruzar de Santa Fe a Santo Tomé, claro que en el Estado de Pernambuco (del cual Recife es su capital), allá en uno de los extremos del nordeste brasileño, en un recorrido en el que los manglares y los densos palmares son los acompañantes que jamás abandonan al visitante.

Olinda es una pintoresca ciudad colonial que, en 1982, la UNESCO declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad, y bajo cuya protección hoy se encuentra. La historia cuenta que fue fundada en 1535 por el hidalgo portugués Duarte Coelho Pereira, quien la convirtió en primera capital de Pernambuco; hoy, con orgullo, los lugareños la consideran como la primera capital cultural del Brasil.

En 1630, fueron los holandeses quienes conquistaron a Olinda que, en la actualidad, cubre una superficie estimada en 29 kilómetros cuadrados, radio en el cual en 1991, cuando se realizó uno de los últimos censos, su población sumaba 340.673 habitantes con residencia efectiva en el lugar. Lugar que, por otra parte, se encuentra emplazado entre siete colinas (como Roma), que invariablemente asoman al mar y son atravesadas por calles empedradas que serpentean en medio de construcciones barrocas -que responden nítidamente a una arquitectura de líneas portuguesas y apenas un poco holandesas- que han sido escenario de tantas luchas por la conquista y la posesión de la tierra.

Una urbe para caminantes

Olinda es una ciudad para caminarla y, desde luego, disfrutarla. En ella todo atesora una porción de historia. Sus calles, que tanto ascienden como descienden hacia cualquier recodo y, a veces, se internan en verdaderos laberintos, albergan múltiples iglesias y conventos, que en su mayoría datan de la época colonial, más precisamente de los siglos XVI y XVII, ya que las comunidades jesuítica, benedictina (en cuyo monasterio, según relatan, se realizó el primer curso de Derecho en Brasil), franciscana y carmelitana fueron las primeras en instalarse en el Estado de Pernambuco y obviamente en Olinda, así como en todo Brasil.

La cercanía con Recife determinó que ambas ciudades terminaran casi fusionadas, aunque también es cierto que se diferencian bastante entre sí. Recife es la gran urbe de la región, con algo más de un millón y medio de habitantes; Olinda, en cambio es mucho más pequeña y en ella la vida cotidiana transcurre de manera apacible, esencialmente en su área histórica, la más frecuentada, fundamentalmente por los turistas que a diario recalan en el lugar.

Datos curiosos se pueden obtener charlando con los lugareños. Uno de ellos cuenta que en las casas señoriales, que aún pueden observarse, los patrones ubicaban en la parte baja de las mismas, casi en un tipo de subsuelo, a los esclavos. Y esto es hoy algo muy evidente en la arquitectura de las viviendas que todavía perduran, pero con una diferencia (¿diferencia?): en la actualidad allí alojan a los perros que custodian las mansiones...

Casas rodeadas de jardines y setos de lujuriante vegetación, flores exóticas y de vibrantes colores, grandes parques donde abundan las palmeras y, bajando un poco la vista, siempre ese mar de un azul tan intenso es la postal más atrayente de esta histórica ciudad.

Iglesias y conventos

Como decíamos, son muchas la iglesias y conventos que tienen su asentamiento en Olinda, la mayoría muy ricos en tallas y ornamentos. Todas estas construcciones poseen una arquitectura barroca (del típico barroco portugués), además de imágenes que también lo son.

Uno de los templos principales y más antiguos es la Iglesia da Sé (o sea la iglesia sede o Catedral) o de Sao Salvador do Mundo, que se encuentra en el corazón mismo de la ciudad, frente a cuyo altar se halla la tumba del recordado obispo Helder Cámara, que fue uno de los iniciadores de la Teología de la Liberación y del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, tan en boga décadas atrás. Además, ostenta el privilegio de haber sido una de las primeras igrejas que se construyeron en Brasil, desde una de cuyas galerías la ciudad, recostada sobre el Atlántico, exhibe una espléndida vista panorámica.

Pero son muchas otras, casi una veintena, las que se desparraman por todo el casco histórico de esta bella ciudad, como la del convento de Santo Antonio do Carmo, o la de Nossa Senhora das Neves o el Convento de San Francisco, entre las más notorias de las que predominan en la zona.

Pero no hace falta ir de iglesia en iglesia para apreciar las cualidades de la ciudad, porque cada tanto, en cualquier casona colonial, las puertas están abiertas para apreciar una muestra de pinturas o de artesanías locales, como las que se exhiben (y venden) en la Casa de la Cultura, que fuera prisión hasta no hace mucho (1987), y sus antiguas celdas han sido convertidas en pequeñas tiendas.

Allí uno puede entusiasmarse con todo tipo de manufacturas que desbordan creatividad, desde tallas en madera y metales diversos, hasta bordados y tejidos de un verdadero preciosismo, pasando por caseras bebidas lugareñas, algunas de ellas de nombres bastante atrevidos.

Pero también es un placer simplemente quedarse a disfrutar del encanto de sus antiquísimos patios arbolados, donde predominan las palmeras, como no podía ser de otra manera tratándose de Brasil.

De regreso

Aquella mañana de junio, la temperatura no tiene comparación con la del invierno argentino; en estos confines nordestinos prevalece una cálida primavera, con un clima que hace presagiar al decididamente estival.

Y después de una jornada en Olinda, descendemos nuevamente por el empedrado de sus calles para abordar el bus que nos regresará a Recife. Entonces, dejamos atrás una ciudad distinta en muchos aspectos (en su conformación urbana, en su paisaje, en la calidez de su gente) de las que podemos encontrar en este Brasil polifacético y siempre cautivante.

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Un carnaval distinto

La gente asegura que aquí el carnaval, además de tener su arraigo, se diferencia de todos los que anualmente se celebran en Brasil, país que, como se sabe, se particulariza justamente por ellos. Pero, por su colorido y su bullicio el de Olinda reviste características muy particulares.

Cuentan que por sus calles desfilan bandas que ejecutan frevo y maracatú, que son danzas folclóricas típicas de la región, mientras que una legión de gigantescos muñecos, que sólo hacen su aparición en esta oportunidad carnavalesca, se mezclan entre la multitud que, por esos días (que pueden terminar siendo semanas), son de jolgorio continuado. Las estadísticas señalan que son más de 200.000 las personas que participan de estas fiestas y, aunque parezca extraño, relatan que no se tiene registrado ningún tipo de incidentes.

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Calles que ascienden y descienden, albergan edificios del siglo XVI y XVII. Una invitación para caminantes.