Santa Fe | Domingo 21 de marzo de 2010 | 16:01 hs

Nosotros
Edición del Sábado 22 de noviembre de 2008

“Marzo de 1905. Domingo, con sus escasos ocho años, nota un silencio inusual en su casa de pueblo del interior de la provincia de Santa Fe y escucha apagados sollozos que tratan de pasar desapercibidos. Su madre, Pierina Melchior de Campana, tan íntegra siempre y tan activa, camina por el patio como si no llevara un rumbo fijo y la abuela María Michelutti, más cargada de espaldas que antes, recorre las habitaciones con paso lento, mirando sin ver y estrujando continuamente un pañuelito blanco.

“Pero no ve a su padre, Vittorio Campana, tan grande y fornido que se le antoja un gigante. (...) Sin embargo, algo extraño está pasando porque no lo encuentra. Entonces decide preguntarle a la nona dónde está, a lo que ella responde: “Está en el cielo’. Algo en el tono de su voz le dice que “el cielo’ es una dimensión inalcanzable, sagrada, y entiende (sin que nadie se lo explique) que ya no volverá. Tal vez la expresión de su rostro que manifiesta un profundo desamparo le indica a María que es momento de hablar con ese niño a quien la vida le arrebata, por primera vez, un ser querido y desahogar, al mismo tiempo, su propia pena. Lo sienta a su lado y comienza una larga historia.

“Le cuenta de sus años jóvenes en la lejana Italia, del nacimiento de su hijo Vittorio en un pueblo llamado Rodeano, ubicado en la Comuna de Rive d’Arcano, en la provincia de Údine, y de todas las ilusiones puestas en ese retoño que Dios les ha mandado a ella y a Pietro, su esposo. (...).

“Recuerda también las penurias económicas, la lucha a brazo partido y la esperanza de una vida mejor. Parece iluminarse levemente su mirada al rememorar la infancia de su niño que crece feliz en la pequeña población y se convierte en un joven apuesto y trabajador.

“Luego, la llegada de Pierina a la vida de Vittorio, la boda en la Parroquia de “San Nicolo’ y el comienzo de ese sueño de venir a América. (...) Le explica cómo es cruzar un océano, viajar en barco y mirar, casi con desesperación, el horizonte, esperando que se perfile ese continente tan lejano como desconocido. Después, el desembarco en el puerto, con un bullicio que llega al aturdimiento y gritos, palabras que no logra entender. Más tarde, el viaje por tierra hasta encontrar aquel destino que no resulta tan promisorio como lo han soñado y, nuevamente, el trabajo duro durante jornadas interminables. Entonces, la nostalgia. Esa que horada el alma como la gota de agua que cae sobre la piedra. Se extraña el idioma, las canciones, las costumbres, el aroma del terruño que resulta irrecuperable.

Sacar fuerzas de flaquezas

“Cada amanecer es un nuevo desafío. Hay que sacar fuerzas de flaqueza y enfrentar la tarea con el convencimiento de que cada día traerá alivio a la pena. Y cada anochecer implica una plegaria para que el Señor permita asumir el desarraigo, sin olvidar la tierra distante, que permanece clavada en lo más profundo del ser.

“Pero fueron llegando los nietos y, con ellos, esa bocanada de aire fresco que aleja la añoranza y preludia la alegría. Las fuerzas se renuevan. (...) Las anécdotas alivian el clima de tristeza y Domingo hace preguntas que la abuela responde procurando rescatarlo de su pesadumbre. (...).

“El relato sigue su curso y ella le explica que, cuando el devenir de los días indica que ha llegado, finalmente, la paz y la tranquilidad al hogar, el zarpazo de la muerte hace añicos la felicidad conquistada. Con sólo 42 años y una fortaleza que jamás hubiera indicado un final tan repentino, el corazón de Vittorio se apaga y deja a dos mujeres desoladas para enfrentar la adversidad, el dolor, el desconsuelo. En ese punto el llanto se hace incontenible, y él, tan pequeño y tan indefenso, le ofrece el único consuelo que está a su alcance: coloca su mano sobre la de ella y le dice cuánto la quiere. Mi nono Domingo (...) se resiste a aceptar la imposibilidad de cumplir con el pedido de la nona María: visitar su tierra natal, como un símbolo de que un pedacito de ella vuelve a pisar ese suelo. Deuda intangible que, muchas veces, siento haber heredado.

“La imagen de fortaleza y de capacidad de trabajo de esas dos italianas de ley se prolonga en mi padre, José, quien habla de “sacarse el sombrero’ ante la abuela Pierina. Ella es la que deja grabados en él sabores irrepetibles, canciones en furlan que suelen rondar su memoria y consejos que pudo aquilatar con el correr de los años.

“(...) Y no quedará en él (mi padre) ni en mí todo este bagaje de recuerdos, de vivencias, porque la vida me ha brindado algo maravilloso: me ha dado en quienes prolongar lo narrado. Regalo de Dios que me ofrece el motivo suficiente para continuar la historia que comienza en la lejana Italia y que se proyecta en esta tierra que hoy es mi patria, la de mis hijos y de mis nietos. (...)”.

DE RAÍCES Y ABUELOS

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María Michelutti de Campana junto a su bisnieto José María y su nuera Pierina Melchior de Campana.

Las generaciones pasan y las historias quedan

El relato titulado Generaciones, que aquí reproducimos, obtuvo el 1° premio en el III Certamen de Narrativa Breve “Al calore della stessa fiamma”, convocado por el Centro Friulano de Santa Fe.TEXTOS. Teresita Campana de Olivares (desde Coronda).

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“Se extraña el idioma, las canciones, las costumbres, el aroma del terruño que resulta irrecuperable.”

Teresita Campana de Olivares

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