EDITORIAL

Fútbol y crimen

El asesinato del joven Daniel López en la cancha de fútbol de Colón vuelve a instalar en un primer plano el debate acerca de la violencia en los estadios deportivos. López fue muerto por una de las tantas barras que pululan en las canchas de fútbol. Se investiga si fue un ajuste de cuentas o una reacción intempestiva del momento. En cualquiera de los casos, el crimen es injustificable.

No es la primera vez que en las canchas de fútbol se produce una muerte, y es de temer que no sea la última. Para intentar justificar lo imposible se dice que lo sucedido es un reflejo de la violencia que existe en la sociedad. Las teorías del “reflejo” suelen ser las coartadas habituales a las que se recurre para desconocer los rigores de la realidad o rehuir las responsabilidades del caso. En la sociedad hay violencia, pero la pregunta es por qué se manifiesta en una cancha de fútbol y no en un concierto de música clásica en el Teatro Municipal, por ejemplo.

Sin duda que la violencia en el fútbol obedece a causas complejas que deben estudiarse con detenimiento. Es verdad que lo que sucede en un estadio no es totalmente ajeno a lo que ocurre en la sociedad, pero lo que importa indagar es por qué es precisamente en los estadios donde esta violencia se manifiesta con más crudeza y de manera más descarnada.

Lo sucedido en Santa Fe no es excepcional. La violencia en el fútbol no tiene preferencias geográficas. Lo que sucedió el fin de semana pasada en el estadio de Colón no es diferente de lo ocurrido antes en canchas de Buenos Aires, Córdoba o Rosario. Es obvio que no todos los que asisten a una cancha de fútbol son violentos, pero está claro que la mayoría de los violentos va a las canchas de fútbol. Por motivos sociológicos y psicológicos difíciles de desentrañar, en estos lugares las multitudes liberan sus instintos primarios, sus pulsiones más primitivas y transforman al fútbol como deporte en un pretexto para sus catarsis.

Importantes sociólogos ha indagado en las causas que motorizan la violencia en estos lugares. Desde los negociados sucios de los barrabravas —negocios que en muchos casos se realizan con la complicidad de directivos de los clubes y técnicos— hasta las manifestaciones individuales más patológicas. Los estudios señalan que en las sociedades modernas el fútbol es, además de un formidable negocio, un espacio donde amplios sectores sociales liberan tensiones que poco y nada tienen que ver con el deporte.

El “pan y circo” de los romanos tiene su versión moderna en estos espectáculos que permiten a las sociedades descargar las represiones e insatisfacciones que produce la vida diaria. Esta función catártica del “fútbol” parece que no sólo es inevitable, sino que también es necesaria. Atendiendo a estos antecedentes, es un tanto ingenuo caracterizar a los partidos de fútbol como “fiestas populares”. Sin embargo, el reconocimiento de esta obviedad no puede ser una excusa para transformar a estos lugares en escenarios del crimen.