Crónica política
Las grandes tareas de la democracia
Rogelio Alaniz
“Hay que desconfiar de una democracia en la que el presidente dice lo que se le antoja”. Arturo Illia.
Hay dos maneras de celebrar los aniversarios: mirando hacia el pasado o mirando hacia el futuro. En un caso, lo que se hace es folclore o se practica la nostalgia en sus variantes más decadentes y anacrónicas; en el otro, se piensa el presente y se definen las nuevas tareas de la época.
En política, la exigencia es ser contemporáneo. Las respuestas se tienen que conjugar en tiempo presente, no en tiempo pasado. ¿Acaso estamos negando la historia? A la historia la niegan los que creen que su objeto son las reliquias muertas del pasado, cuando desde Benedetto Croce en adelante se sabe que toda historia es historia contemporánea.
Nada tengo contra la celebración de los aniversarios, a condición de que no los tomemos demasiado en serio o creamos que son más importantes que las exigencias del presente. Los aniversarios merecen celebrarse, pero las ceremonias deben ser breves, porque lo más importante está en otro lado. Desconfío de quienes celebran con demasiado entusiasmo los aniversarios porque sospecho que su imaginación política se agotó en el pasado y sobre el futuro no tienen nada que decir, salvo repetir aquello que sucedió en un tiempo lejano y mirar con ojos húmedos de melancolía un tramo irrepetible, muchas veces embellecido por la nostalgia y, en más de un caso, usado como pretexto para justificar la falta de ideas hacia el futuro.
Recordar los veinticinco años de recuperación de la democracia, evocar aquellas jornadas en las que Raúl Alfonsín asumió la presidencia de la Nación, es una tarea noble que se puede realizar en pocos minutos. Lo que sucede es que hoy la democracia representativa no está puesta en tela de juicio. Sus defensores, e incluso sus críticos, la reconocen. Sus enemigos —a derecha o a izquierda— no se animan a atacarla; en todo caso, tratan de atribuirle contenidos propios porque saben que en este ciclo histórico no hay alternativas superadoras de la democracia como tal.
Se dice, y se repite hasta el cansancio, que la democracia tiene asignaturas pendientes. Sobre este punto también hay una extraña coincidencia. Todos, conservadores, liberales, progresistas, reconocen que hay pobreza, que la educación no es buena y que los servicios que debería prestar el Estado no están a la altura de las exigencias de la sociedad. Acá terminan los acuerdos. En las enumeraciones generales, en el bello universo de las buenas intenciones, todos nos damos la razón. Las diferencias empiezan a plantearse cuando se reflexiona acerca de las decisiones que hay que tomar para lograr los objetivos de una sociedad más justa y solidaria. Estas diferencias son las que deben discutirse, estas diferencias son las que no se discuten. Y una democracia está en problemas cuando los temas importantes no se discuten .
Digamos, a modo de síntesis, que la democracia recuperada en diciembre de 1983 sigue siendo el marco institucional que todos compartimos por mejores o peores razones, con más o menos entusiasmo. El problema, entonces, no es evocar lo que se hizo en 1983, sino pensar lo que se debe hacer en 2008. La mejor manera de ser leales a esa extraordinaria movilización de ideas y sentimientos que se produjo en 1983 es ponerse de acuerdo sobre lo que se debe hacer hoy.
Nunca lo olvidemos: los grandes políticos de la historia, los grandes reformadores, fueron los que vieron más claro y más lejos, los que se anticiparon al futuro, no desde las ilusiones difusas de la utopía, sino desde la materialidad creadora, desde ese noble realismo que no se somete a las imposiciones del presente, sino que se anticipa para conjugar en obras las tareas del futuro.
En 1983, había que ganar la batalla por el Estado de Derecho y la recuperación de la paz social. En el 2008, estos valores exigen otra traducción. La democracia reclama reformas estatales, desarrollo económico y partidos políticos que funcionen. También necesita una sociedad decidida a vivir en democracia. El destino de la República se juega en la realización de estas tareas. Sin reformas estatales profundas no habrá en el futuro una democracia que merezca ese nombre. Todas las grandes dificultades que hoy nos agobian tienen que ver con lo que hagamos con el Estado: seguridad, salud, educación son tareas que deben ser asumidas por el Estado como promotor, como regulador y como garante.
La prioridad económica de la democracia es el desarrollo, el desarrollo de sus fuerzas productivas a partir de un programa de prioridades y atendiendo a nuestras reales y potenciales ventajas competitivas. La revolución en el campo de la economía está relacionada con el conocimiento. Después de un siglo de esperanzas desmesuradas y fracasos dolorosos, debemos admitir que la revolución que más hizo por cambiar el mundo y cambiar la vida fue la revolución científica y tecnológica. Entonces, a la revolución del desarrollo no hay que buscarla en las trincheras, sino en los laboratorios, en las aulas y en la producción.
La pobreza, la gran lacra de las sociedades modernas, se combate con desarrollo. Alguien dirá que el desarrollo por sí solo no lo logra. Es probable. Pero admitamos que, en sociedades que crecen y se multiplican, las posibilidades de luchar por una sociedad más justa son más reales, mientras que en el atraso y el subdesarrollo no existe ninguna chance para nadie. Esto lo dicen Adam Smith, Keynes, Schumpeter y también Marx.
Por último, habría que referirse a nuestra cultura política. No hay democracia sin grandes partidos que la practiquen. Pues, bien, en la Argentina los grandes partidos están dejando de serlo y la práctica de la democracia interna parece ser un anacronismo del pasado. La ausencia de hábitos democráticos en los partidos está en sintonía con la ausencia de ideas. Importan más los caudillos que los proyectos, las tentaciones lúdicas del poder que el compromiso. Una verdadera democracia política incluye elecciones periódicas y control. En la Argentina, estos hábitos brillan por su ausencia.
En una democracia, seria el Poder Judicial es más importante que el Ejecutivo; en una democracia seria, el personaje más importante de la Nación no es el presidente; en una democracia seria, la ley existe, se respeta y se cumple. “No le tengamos miedo a la ley, es la única autoridad no totalitaria” , decía Arturo Illia. Y por supuesto que tenía razón. ¿Se entiende ahora por qué es necesario pensar las exigencias de la democracia no con los ojos puestos en 1983, sino en el 2008? ¿Se entiende la distancia real que hay entre una democracia seria y su caricatura?




