La semana política
Crecer de golpe

Es pobre consuelo que la angustia sea global, que el mundo está expuesto a mecanismos económicos y sociales que ningún gobierno u organización sabe reencauzar cuando se desmadran.
La semana política
Crecer de golpe

Es pobre consuelo que la angustia sea global, que el mundo está expuesto a mecanismos económicos y sociales que ningún gobierno u organización sabe reencauzar cuando se desmadran.
Obligado por la fatiga del modelo que dijo haber montado y con la excusa de la crisis global, el gobierno emprendió un curso acelerado de gestión.
Sergio Serrichio
CMI
La Argentina celebrará este miércoles un cuarto de siglo ininterrumpido de vida en democracia y Cristina Fernández de Kirchner (CFK) cumplirá su primer año como presidenta de la Nación.
Los militares están en los cuarteles. Con sus más y sus menos y su dosis de hipocresía que, como dice el dicho, es el tributo que el vicio paga a la virtud, los derechos humanos son parte del sentido común ciudadano, aunque a veces vacilen por el temor a la inseguridad.
Hasta quienes lideraban cuartelazos enarbolan el discurso de los votos, la legalidad republicana y la legitimidad popular, como hace el “carapintada” Aldo Rico, ahora bajo el tinglado kirchnerista y en nombre de la democracia “Nac & Pop”.
En lo político-institucional, el país sigue viviendo las postrimerías del quiebre del bipartidismo de la segunda mitad del siglo pasado y el descrédito de la política reflejado en el “que se vayan todos” de 2001/2002. No reemplazó aquel esquema radical-peronista por uno que se perciba estable y solvente, ni echó a muchos de los que “la-gente” decía querer que se vayan. Arrastra, así, las consecuencias: alto descrédito del Congreso y de los partidos políticos, escepticismo sobre la justicia, desconfianza en general.
Esquizofrenia
Estas percepciones tienen, a su vez, una dosis de esquizofrenia. Según la encuesta 2008 de la organización Latinobarómetro, difundida hace dos semanas, sobre 19 países de la región, la Argentina es el tercero, detrás de Honduras y casi empatándole a Guatemala, en que una más alta proporción de la población cree que los funcionarios públicos son corruptos.
Un 76 por ciento de los 1.400 argentinos consultados respondió así, pero el 90 por ciento opinó también que las jubilaciones deben ser administradas por esos mismos funcionarios y prefiere que sea un Estado que juzga básicamente corrupto el que preste una amplia gama de servicios públicos. No sólo cuestiones básicas como salud, educación y agua potable, sino también telefonía.
La ambivalencia deja -al menos en parte- de ser tal, si se tiene en cuenta que la Argentina es también uno de los países de la región cuya población menos confía en las “empresas privadas”.
Ninguna de esas cortedades, carencias, taras o contradicciones, sin embargo, alcanza para explicar por qué el país se apresta a vivir uno de los fines de año más tristes de los últimos 25 años.
No tanto como el fin de 1989, cuando Carlos Menem, Domingo Cavallo y Erman González pergeñaban el Plan Bonex y el país vivía un revival hiperinflacionario, ni de 1990, cuando había vuelto a parecer que todo se caía, ni de 2001, cuando tras una larga agonía económica y social, la convertibilidad colapsó entre corralito, default, saqueos, represión y sangre y fuego. Pero sí con una fuerte carga de angustia y de temor.
Generalidad y singularidad
Tal vez sea la percepción de inestabilidad, de eterno retorno, de que se vuelve a defraudar el “esta vez sí”. O, más coyunturalmente, que los problemas incubados hace al menos un par de años y atizados a lo largo de 2008 se encontraron con que lo que antes era un bálsamo un mundo comercialmente receptivo, que vivía su expansión más importante en los últimos 40 años, que rebosaba de liquidez y pagaba altos precios por lo que más y mejor produce la Argentina, de repente se volvió un látigo.
Es pobre consuelo que la angustia sea global, que el mundo está expuesto a mecanismos económicos y sociales que ningún gobierno u organización sabe reencauzar cuando se desmadran. O por lo menos, cómo hacerlo de modo seguro y en plazos predecibles.
Además, hay singularidades argentinas. Pese a que 2008 completará el sexenio de mayor crecimiento económico del que la Argentina tenga registro, persisten notables déficits sociales: la pobreza alcanza a casi doce millones de personas, de las cuales cuatro millones son indigentes, y la brecha entre los más ricos y los más pobres es similar a la de la segunda mitad de los noventa, un período no caracterizado, precisamente, por valores de equidad. Si en las buenas, ésos fueron los resultados, es natural temer por lo que puede pasar en un escenario de dificultades.
Comandante Cristina
Tampoco es tranquilizador percibir que la propia presidenta tenga ideas confusas sobre el funcionamiento de la nave que comanda. A fines de septiembre, con el mundo ya en un torbellino, dijo que estábamos “firmes en la marejada” y el jueves pasado justificó su “Plan de Contingencia”, explicando que “de repente apareció el mundo”, como si antes no hubiera existido.
El problema no es que CFK se desdiga. Todos los humanos -hasta los más inteligentes e informados, categoría en la que muchos incluyen a la presidenta- somos carne de error y contradicción.
El problema es que aquellas apreciaciones vanidosas, gastadoras, que le refregaban al mundo desarrollado la necesidad de un “plan B” que aquí no hacía falta, sugieren que el propio matrimonio gobernante, en el cual CFK se duplica en los roles de presidenta y de vocera, no entiende cabalmente el dispositivo que alega haber montado a partir de 2003.
En rigor, los pilares del crecimiento habían sido puestos en 2002, más producto de las circunstancias que de un diseño político. Desde 2006, ese mecanismo no hizo más que resentirse a fuerza de inflación, despilfarro de recursos corrientes (por caso, decenas de miles de millones de pesos en subsidios empresarios) y de capital (caída de las reservas de gas y petróleo), creciente aislamiento internacional, falta de diálogo y resultados sociales cada vez más dudosos.
Entre éstos últimos, el laboralista Ernesto Kritz observó en un reciente estudio que, aún dando por buenos los datos oficiales, la tasa de desempleo del tercer trimestre de este año, antes del impacto de la crisis global, es más alta que hace un año, pese a la caída en la “tasa de actividad” (proporción de gente que busca empleo). Y la jubilación promedio del sistema de “reparto”, antes de la reestatización del subsistema de capitalización, cayó del 39 por ciento del salario promedio de los trabajadores activos en 2003 a 30 por ciento este año. Hubo mejoras, sí. Pero fue todo “macro”. Ahora habrá que muñequearla.
Es de esperar que el gobierno aprenda, en el curso acelerado de gestión, qué inició en las últimas semanas. Habrá, seguramente, caídas y porrazos. Hablar, ya sabemos que habla. El primer año es un buen momento para que también empiece a caminar.
El propio matrimonio gobernante, en el cual CFK se duplica en los roles de presidenta y de vocera, no entiende cabalmente el dispositivo que alega haber montado a partir de 2003.
ADEMÁS
El Papa pidió más diálogo
El flamante embajador ante la Santa Sede, Juan Pablo Cafiero, afirmó hoy que el Papa Benedicto XVI tiene un “afecto y una mirada especial” sobre la Argentina, al comentar detalles de la ceremonia de recepción de entrega de credenciales, que tuvo lugar en el Vaticano.
Ayer -y acompañado por su padre, Antonio-, Cafiero presentó las cartas credenciales como embajador ante la Santa Sede, ocasión en la que el Sumo Pontífice se interesó por la situación de la pobreza en el país y convocó al Episcopado y al gobierno a “robustecer el diálogo y la colaboración” mutuas.
Esta mañana, en diálogo con Radio 10, Cafiero señaló que el Papa Benedicto XVI “tiene una mirada de la región, ve a América Latina, ve a la Argentina, ve a Brasil, los ve como los dos países poderosos de la región; tiene en cuenta eso”.
“Tiene afecto y una mirada especial sobre la Argentina”, enfatizó. Consultado por su impresión personal sobre el Sumo Pontífice, el ex ministro de Desarrollo Social destacó su “espectacular calidez humana, su mirada profunda. Habla mirando a los ojos”.
En su discurso escrito de ayer, el Pontífice pidió también “no derogar ni dejar a merced de consensos partidistas” derechos “fundamentales de la persona” y “valores irrenunciables” como la “erradicación de la pobreza”, “la familia basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer” y “la defensa de la vida humana desde la concepción hasta su término natural”, en alusión a los proyectos de ley de aborto y matrimonios entre personas del mismo sexo.