EDITORIAL
EDITORIAL
El aniversario de la nueva democracia
Hace veinticinco años Raúl Alfonsín asumía la presidencia de la Nación e iniciaba el ciclo democrático más prolongado de nuestra historia. La sociedad se había pronunciado en las urnas y en las calles por el retorno a la democracia, pero a nadie se le escapaba que esa tarea no sería fácil de concretar. Para más de un observador las acechanzas contra las instituciones eran serias y no faltaron los agoreros que dijeran que la república, que acababa de dar sus primeros pasos, no tendría mucha vida.
Sin embargo, a pesar de los pesimistas y de las propias dificultades nacidas en un país que durante más de cincuenta años había vivido bajo el estigma de gobiernos civiles débiles y regímenes militares fuertes, las instituciones civiles se fueron consolidando y la sociedad misma demostró que estaba decidida a vivir en democracia.
Para principios de 1984 los principales problemas que amenazaban a la República estaban activados. En primer lugar, la resistencia de las Fuerzas Armadas a revisar sus actos; en segundo lugar, las maniobras perpetradas por la burocracia sindical peronista para impedir la democratización de los gremios. Por otro lado, la herencia económica dejada por la dictadura militar, particularmente la colosal deuda externa amenazaba como una espada de Damocles sobre la salud de la democracia recién nacida.
No concluían allí los problemas. Los levantamientos militares de los “carapintadas’ tendrían en vilo a la sociedad. Las leyes de Obediencia debida y Punto final deben entenderse en el contexto de una democracia presionada y en más de un caso asediada por los responsables del terrorismo de Estado. En el 2008 puede decirse con satisfacción que las Fuerzas Armadas están integradas a la democracia y que más allá de previsibles incertidumbres y disidencias, la tarea ha sido cumplida.
Con todo, los desafíos más serios que se le presentarán al Estado de derecho serán los derivados del manejo de las variables económicas. La hiperinflación de 1989 precipitará la renuncia de Alfonsín, pero no podrá fin al experimento democrático. La asunción de Menem demostrará que a pesar de todo, las instituciones siguen funcionando. La misma salud demostrarán las instituciones en la crisis del 2001, cuando la precipitada renuncia de De la Rúa dio lugar a una serie de irregularidades que, de todos modos, terminaron zanjándose en el marco del Estado de derecho.
Sin lugar a dudas, desde el 2008 pueden apreciarse los logros de esta democracia, pero también sus límites, sus asignaturas pendientes, sobre todo en materia social. En ese sentido, tal vez la enseñanza más importante que recibimos los argentinos ha sido el entusiasmo, la certeza y la claridad de muchos dirigentes que actuaron en 1983. De lo que se trata es de que ese mismo estado de ánimo y esas mismas convicciones estén presentes hoy para asumir los nuevos desafíos que se presentan.