EDITORIAL
EDITORIAL
Las controversias dominaron 2008 y minaron al país
Si un deseo político fuera deseable y posible formular para el próximo año, es que la sociedad y sus actores políticos, incluidas sus corporaciones, privilegien el consenso al conflicto, los acuerdos fructíferos a la eterna disidencia, el diálogo lúcido a la crispación obcecada, el pluralismo abierto que entiende que no hay verdades absolutas a la noción fanática y perversa del pensamiento único en cualquiera de sus variantes.
El año 2008 no dejó una experiencia positiva respecto de la cultura republicana y democrática. Por el contrario, el sabor de todos es amargo y, para colmo de males, la crisis financiera internacional no hizo más que agravar la situación y poner en evidencia la incompetencia de funcionarios y políticos que persisten en no entender lo que sucede en el mundo.
Lo que predominó en 2008 fue la controversia en la mayoría de los casos estéril, los debates en los que abundaron las descalificaciones y los insultos. Sin duda que desde el poder, es decir, desde el oficialismo, es desde donde más se alentaron la diferencia, el conflicto, la descalificación del adversario. Curiosamente, estas conductas se promovieron desde el espacio institucional en el que más se deberían tratar de salvaguardar los valores del diálogo y el consenso.
Más allá de las legítimas interpretaciones que se hagan respecto de las responsabilidades sobre lo sucedido durante el año que termina, lo cierto es que, a la hora de evaluar hechos concretos, debemos decir que la economía se frenó, las instituciones no se fortalecieron, la convivencia social no fue más madura y la sociedad en general hoy se siente más desprotegida, insegura y, en más de un punto, desencantada.
Como síntesis, digamos que, a la hora de evaluar lo sucedido en 2008, no hubo ganadores porque, por un camino u otro, todos perdimos. El gobierno perdió consenso, la oposición no ganó en madurez, pero, en todos los casos, el ciudadano, el hombre de la calle fue el principal derrotado.
Si hace unos años, y luego de una de las crisis políticas y económicas más duras de nuestra historia, la estrategia de la confrontación pudo explicarse o justificarse, hoy es nociva desde todo punto de vista y el principal perjudicado es el propio oficialismo, como lo han demostrado con elocuencia los ásperos y prolongados conflictos sociales y políticos que se desarrollaron a lo largo de 2008.
En política, las ilusiones no son aconsejables; sí son válidas y necesarias las esperanzas. Desde el escepticismo es más o menos cómodo pronosticar que nada cambiará hacia el futuro y que, por el contrario, todas las tendencias negativas que se exhibieron con crudeza en el 2008 se van a agravar en 2009. Ojalá que no sea así. Ojalá los gobernantes sean lo suficientemente sabios para aprender de sus errores y la oposición, lo suficientemente sensata para cumplir su rol sin ceder a las tentaciones que ofertan los enemigos del sistema.