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Opinión
Edición del Martes 23 de diciembre de 2008

La vuelta al mundo

Guerra y mediación

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Una foto de archivo tomada en 1978, en la que aparecen el dictador chileno Augusto Pinochet y su homólogo argentino Jorge Rafael Videla.

Foto:Archivo El Litoral

Rogelio Alaniz

En 1978, Argentina y Chile estuvieron a punto de ir a la guerra. Dos dictaduras militares eran la responsables de esa hazaña. La mediación papal a cargo del cardenal Antonio Samoré impidió que se produjera ese desenlace que argentinos y chilenos habríamos lamentado toda la vida. La guerra era alentada por militares de uno y otro lado de la cordillera. Los muchachos creían que vivían su hora más gloriosa. Todo militar se prepara para la guerra, pero en los países civilizados esa decisión la toma un parlamento y una sociedad que dispone de las libertades necesarias para expresar su punto de vista.

Nada de esto ocurría en la Argentina de Videla y en el Chile de Pinochet. Los militares disponían de un amplio margen de decisión porque el poder político estaba en sus manos. No sólo la pulsión guerrera movilizaba a los centuriones. También, los negocios y la búsqueda de espacios políticos. En la Argentina, esa disputa era más que visible. La dictadura militar internamente estaba feudalizada por las tres armas. Marina, Ejército y Aviación se habían repartido el poder y se lo disputaban con saña, en más de un caso, recurriendo a metodologías mafiosas.

Iniciadas las gestiones pacifistas por parte del Vaticano, una de las dificultades más serias para arribar a un entendimiento con la dictadura argentina fue la falta de un interlocutor legítimo. Videla había sido humillado en público por Massera, pero, además de esa anécdota un tanto truculenta, las rencillas y refriegas internas se extendían a todos los planos. Los generales a cargo de los cuerpos eran verdaderos señores de la guerra. Menéndez, en Córdoba, por ejemplo, se jactaba de estar preparando por su cuenta una invasión que aplastaría a los chilenos. Como corolario de esa hazaña militar, él después orinaría en las aguas del Pacífico. Así eran de bravos y temerarios estos muchachos.

La corrupción, ese eterno sambenito que se les suele reprochar a los políticos, estuvo en estos años a la orden del día. Lo que ocurre es que se conocía menos porque los medios de comunicación estaban amordazados. Una porción importante de la gravosa deuda externa argentina empezó a contraerse durante estos preparativos bélicos. Además, un personaje como Massera otorgaba a sus trapisondas su toque singular: el crimen, el ajuste de cuentas a quien no se comportaba como correspondía. Sajón, Hidalgo Solá, los empresarios de Palermo, no fueron asesinados por subversivos, sino por indiscretos.

Para 1978, el mapa de América Latina estaba ocupado por dictaduras militares. La de Chile o Brasil en lo fundamental no eran mejores que la de la Argentina, pero, a diferencia de la nuestra, eran un tanto más previsibles, menos delirantes, más responsables, en definitiva. Todas en pocos años se iban a derrumbar, pero el derrumbe más estrepitoso, más costoso para sus propias fuerzas armadas, sería el de Argentina. Nadie debería sorprenderse o llamarse a engaño. Los señores oficiales de las tres armas habían hecho todos lo méritos para que así fuera.

El conflicto con Chile venía de larga data, pero los acontecimientos se precipitaron a partir de abril de 1977, cuando el laudo arbitral de la Corona británica le otorgó a Chile la soberanía sobre las islas Picton, Lennox, Nueva y demás islas e islotes adyacentes. La noticia cayó como una bomba en la Argentina. El 25 de enero de 1978, Videla declaró la nulidad de la sentencia arbitral.

Nobleza obliga, hay que admitir que tanto en Chile como en la Argentina existían militares y civiles opuestos a una solución militar. En nuestro caso está claro que Videla y Martínez de Hoz, entre otros —comprometidos con Estados Unidos y una red amplia de intereses— no estaban de acuerdo con una salida bélica, pero el sentimiento dominante entre los oficiales era la guerra, para eso se habían preparado, era lo único que sabían hacer y, además —como luego se supo—, estaba abierta la posibilidad de hacer muy buenos negocios.

El 20 de febrero de 1978, se firma entre las dos naciones el Acta de Puerto Montt, un conjunto de buenas intenciones que ninguna de las partes tenía deseos de cumplir, pero que luego le servirán a Samoré para consumar sus objetivos de mediador. Acuerdos más o acuerdos menos, las dos dictaduras se preparan para la guerra. Para mediados de 1978, ya están cerradas las fronteras y se empiezan a movilizar las tropas. La población civil mira con curiosidad lo que sucede, pero también empiezan a observarse conductas belicistas y manifestaciones verbales contra los chilenos. Digamos que el clima de la guerra se está extendiendo y es en ese contexto que interviene —a pedido del nuncio Pío Laghi y del cardenal Primatesta— el Vaticano.

Juan Pablo II acababa de asumir como Papa. Prudente pero decidido, designa a Samoré para que haga los primeros tanteos. Los gestores de estos pasos son el cardenal Agostino Casaroli y el padre Cavalli. Samoré es colombiano. Tiene 73 años, se desempeñó durante años en el Celam (Consejo Episcopal Latinoamericano) y, al momento de ser designado mediador, es jefe de los archivos secretos del Vaticano. No es un improvisado. Conoce América Latina y es un maestro en el arte de la diplomacia.

El 21 de diciembre de 1978, hechas las consultas del caso, emiten la primera declaración: “El Papa está más que dispuesto, deseoso, de enviar a las dos capitales un representante personal con el fin de examinar y buscar juntos las posibilidades de una solución pacífica y honorable del problema”. Detrás de estas palabras formalmente convencionales hay reuniones, secretas y públicas, mensajes discretos y febriles negociaciones.

El 8 de enero de 1979, se firma el Acuerdo de Montevideo. Los militares de uno y otro lado aceptan por escrito que el Papa los guíe en sus negociaciones. Los halcones chilenos y argentinos ahora tienen las manos atadas. El peligro inminente de la guerra se ha disipado. Durante dos años y a lo largo de más de doscientas reuniones los diplomáticos vaticanos irán calmando a las fieras.

En 1982, todo vuelve a complicarse con la guerra de Malvinas. A las pulsiones que no pudieron satisfacer en Chile ahora las saciarán ocupando las islas. En el camino morirán muchos jóvenes y se perpetrarán los más escandalosos actos de corrupción. Las fuerzas armadas serán derrotadas en toda la línea. Por su parte, las gestiones de Samoré se habrán de resolver de la mejor manera en 1984, cuando el presidente Alfonsín convocará a un referéndum. El 81 por ciento de los argentinos se pronunciará por una salida pacífica. Pero eso ya es otra historia.

 


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