Al margen de la crónica

A veces, tanto amor destruye

La palabra, esa facultad sólo permitida a los humanos, es en rigor la manera de expresar sonidos articulados que expresan una idea.

En las parejas, en los matrimonios, una regla natural hace que, por diferentes motivos, uno comande y el otro acompañe. Hay veces en que los roles ni siquiera están explicitados y otras, en que lo que se aparenta no es, pero en los hechos se concreta. A veces asumido, otras no reconocido, otras ignorado, esa especie de pacto tácito en la sociedad -el matrimonio lo es- es la forma de trabajo que facilita el éxito del equipo. Sin distinción de sexos y lejos de tener que convertirse en una competencia que devalúa a uno de los socios, lo que importa, es el resultado final; alcanzar las metas propuestas por la empresa. Uno complementa al otro, no lo opaca ni lo perjudica.

Pero, cuando una pareja además, actúa en el ámbito público, donde los actos traspasan lo estrictamente doméstico, la dimensión de los acuerdos de alcoba puede llegar a ser sublime o funesta. Eso está ocurriendo con el matrimonio ejecutivo.

Ya entendimos que no tenemos una presidenta, que el manejo del poder está en manos de un comando doble, y también quién es el piloto. Pero es triste comprobar cómo el piloto hunde a su coequiper cada vez que tiene un micrófono en sus manos.

EL hombre, toda vez que logra una tribuna, no la desperdicia y arremete contra quien o quienes él, -o quizás ambos- supone que es el enemigo. En el mundo K, ya no hay adversarios, ni gente que piense distinto: “Estamos nosotros y nuestros enemigos”.

Impulsado por esa inercia, el defensor de la dama arremetió contra quien, en su momento, se atrevió a pensar -y votó- distinto y, desconociendo jerarquías, lo ubica del lado de los que “ponen palos en la rueda” a su desvalida esposa. Lo peor del caso es que ese alguien es, ni más ni menos, que el legítimo copiloto del comando ejecutivo. En la semana que pasó el ataque fue desmedido. No importa lo que Cobos diga, ni con qué prudencia lo haga, el simple hecho de que hable, a K lo vuelve loco.

Respondiendo a su mal carácter, no desaprovecha ningún espacio, para atacarlo. A él y a todos los que piensan distinto. Mientras, ella estaba en el exterior, más que nada tratando de sumar voluntades para que su hombre ocupe la presidencia del Unasur. Si lo que busca es expandir su poderío en latinoamérica, el objetivo podría discutirse; pero si lo que quiere Cristina es conseguirle un empleo para que deje de perjudicarla, muchas mujeres se solidarizarán con su cruzada y entenderán su actitud.

Además de los dichos, lo que irrita de Kirchner es la ira que transmite, el desprecio con que el que habla, sus gritos, lo agresivo y desmembrador de su discurso; esa mezcla venenosa de la cual estamos hartos los argentinos. Y por eso cada vez más, las encuestas lo hunden y en esa caída ella lo acompaña.

Quizás la frase que K le adjudica a su mujer: “¡Mirá qué vice me elegiste...!”, en la intimidad fue “¡mirá a quién elegí como compañero de ruta...!”. Y no se refería a Cobos. Los que pasaron por la experiencia, sostienen que, en general, los divorcios traen alivio.