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análisis

El rostro del poder

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Roberto Schneider

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En agosto de 2004, el Elenco Rotativo de la Uner, dirigido por Lito Senkman y con los actores Juan Carlos Rodríguez, Raúl Eusebi y Mariela Princic en los roles protagónicos, estrenó en Paraná “Un pequeño dolor”, de Harold Pinter. En estas mismas páginas sostuvimos entonces que el dramaturgo es fiel en su extensa obra a determinadas convicciones ideológicas y también estéticas. La economía de medios que propone el texto y el escaso número de personajes que reclama forman parte del credo teatral del autor. Un credo por el que el dramaturgo se ocupa del ser humano visto, por lo general, en situaciones límite y en circunstancias especiales que determinan que esos seres humanos vivan casi solos.

El texto es poético. Y es una de las más directas reflexiones que se han visto sobre el poder, porque muestra su cara ominosa en ese “vendedor de fósforos” que llega del exterior para modificar lo interno. La trama se enmarca en un parpadeo de la historia, instante en que adquiere espesor el contorno de mucha gente postergada, y se diluyen en la sombra las siluetas de los poderosos. Un momento que el autor reconstruye desde diversas perspectivas de los protagonistas. Todo envuelto en una oralidad expansiva que abreva en el fraseo de la conversación y en una respiración coral que serpentea de un personaje a otro en una especie de monólogo de varias voces.

“Un pequeño dolor” nos sitúa ante lo que quizás mejor define y explica el teatro pinteriano: un mundo cerrado, claustrofóbico, asfixiante, donde los personajes, incluso contra su deseo, llegan a una difícil relación cuando no a la confrontación más pura y dura.