Donde pace un temblor
Donde pace un temblor
Por Augusto Munaro
“Lo albergado”, de María Paula Alzugaray. Edición de la autora. Rosario, 2008.
La autora de este poemario nació en Rosario, pero vivió varios años en Coronda, cuyos cielos límpidos y tardes lentas abrevaron desde su infancia un imaginario con paisajes interiores que irían encontrándose con una sutil estética de la escritura en suave diálogo con la naturaleza.
“Lo albergado” —su primer libro editado— está dividido en tres partes: lo dado, lo querido y lo viviente, con poemas que se despliegan y conversan de lo que se ha vivido, de lo latente de las moradas y sus recuerdos, yendo todos hacia un concepto: “lo que queda” como topografía espiritual de Alzugaray. En este libro existe una gran libertad formal y temática que la poeta intenta perpetuar en albas, noches y siestas bajo el crudo sol de las tres, y que elaboran figuras del ansia: “atravesados / por el deseo bestial / de lo que falta; de la dicha: Ah lo gozante... hay ingenuidades que son culpables; de la angustia: El fermento que te trae / resiste noctámbulo al brindis, / a esta fiesta atragantada, deshora de vos / donde pace un temblor; o de la remembranza: alojado allí, ese instante/ ahora antiguo / se entrega a la soledad / como las manos de un preso”. Hay una voz que entreteje un mundo sencillo desde el que chispean sus talismanes, prueba de ello es la dimensión hacia la instantaneidad de lo eterno.
En este tríptico subyace el cuidado extremo de la palabra. Ni vanguardia ni tendencia, poesía en estado de movilidad, en estado de turbulencia que no exige garantías. Poesía más bien discreta, sin estridencias en donde “la lírica’ es un producto exquisito del trabajo con la palabra. La mesura y serenidad van dando a sus versos un tono clásico y pudoroso que se precia en el modo de nombrar objetos e iluminarlos consolidando un manejo propio de lenguaje. Como muchas obras, ésta es paralela a las de su época, es decir, oscila entre los extremos del barroco y el objetivismo denotado aquí como un filme en sepias y de otras tierras.
Con parquedad se forjan imágenes que se ahondan y perduran en la memoria del lector. “Oda a la pausa”, “Fiesta simple”, “Eso aún no” y “Compañías” ofrecen instantes de delicadeza porque hay cordialidad imaginativa en su escritura, un punto vibratorio y preciso en donde se dibujan coordenadas o líneas de transformación evolutiva. Líneas que no se han quedado ancladas “en ningún círculo’, sino que siguen bautizando diagonalmente, como andando su propio fluir en la busca de un equilibrio entre materia y sentimiento.
“Lo albergado” fue publicado en una edición artesanal de tirada reducida, hecho valiosamente significativo y que no se debe únicamente a una circunstancia económica, sino también al deseo inquebrantable de la autora por preservar una identidad sin pretender una autorización del canon. Ante el vértigo tecnológico regido por el consumo y el hedonismo desenfrenado de nuestra época, la edición casera de Alzugaray concibe —lejos de las ferias de las vanidades y sus productos de mercadeo— al libro como un uso acotado y de expansión que no posee target ni discursos publicitarios ni defensores de la corriente que lo nombren. La autoedición aquí es un gesto de resistencia y especialmente de extrema humildad ante la palabra.
Paradójicamente, esta personalísima poetisa santafesina enseña que la poesía excede los libros y que llegar al corazón de las personas es una revolución. Ambos jalones son objeto de “Lo albergado”.
Foto: Archivo El Litoral