Al margen de la crónica

Las amazonas

El aire caliente del subsuelo de Nueva York se despertó al ver a Marilyn. Subió directo y resuelto a desarmar las tablas de tela, que para hacer aún mejor la imagen sujetaron las manos de la Diosa. (Sras. correctoras, prosecretarios y secretarios de redacción, y Sras. directoras: por favor, admitan la merecida mayúscula).

No es cierto que el viento mueva las polleras. Son las polleras las que provocan a los vientos. Lo prueba esa famosa escena de “La tentación vive arriba” (o The Seven Year Itch, algo así como “La comezón del séptimo año”, de Billy Wilder). ¿Alguien cree acaso que iba a saltar así un viento si no fuera para mover faldas tan bien llevadas? O mejor aún, ¿alguien ha visto un viento excitarse con las faldas de los curas? (Por algo se llaman horriblemente, sotanas). Sí, en cambio, se han visto vientos atrevidos, Tenorios y heroicos, acariciar los hábitos en blanco y negro de alguna novicia, desde entonces, rebelde.

Lo indica la lógica: así como los pájaros atacan a los cazadores, las hojas secas llaman a los inviernos y los besos causan amores, los aires son provocados por las faldas. Santa Fe sería más primaveral de septiembre a diciembre, si más santafesinas las usaran.

Isobaras e isoyetas, centros ciclónicos y anticiclónicos obedecen a los caprichos sobre sus piernas. Todo comienza con tímidos suspiros y después, cuando caminan, corren o cruzan sus tesoros, los vientos se estremecen al ver ruedos, metros de tela bajo las rodillas o centímetros sobre las caderas. Enloquecen con broches que cierran tajos de escocesas, al perseguir vestiditos de espalda desnuda, o al adivinar enaguas (qué maravilla perdida). Las polleras levantan vientos y a veces tempestades.

Últimamente, es indiscutible el triunfo de las George Sand’s Girls: llevan los pantalones desde las militantes antisistema hasta las exitosas integradas, pasando por hacendosas utilísimas, las modocitas de diminutivos llevar, las que se hacen cruces, las que se sonrojan o las que nunca lo hacen, las que les duele la cabeza siempre o las rollingas de zapatillas sucias.

Han consagrado unas nuevas costumbres de furiosas amazonas, que han dejado a esos vientos aplastados, moribundos, errantes en el pasado y tristes, ante una pantalonización excluyente que, como estos años de pocos sueños, es seguramente práctica, pero nada mágica.