Crónica Política
Crónica de una muerte anunciada
Crónica Política
Crónica de una muerte anunciada
Destino. Seco Encina (izquierda) y Tregnaghi (derecha) quedaron encerrados en un dramático círculo vicioso en el norte de Santa Fe.
FotoS: El Litoral/Néstor Gallegos/Alejandro Ordinas
Rogelio Alaniz
A Raúl Seco Encina lo mató Hugo Tregnaghi el lunes pasado. Se dice que, en diferentes ocasiones, el matador había prometido hacerlo. Nadie lo tomó en serio, ni siquiera aquellos que por un motivo u otro lo escuchaban y a veces lo azuzaban, tal vez pensando que nunca se iba a animar a hacerlo.
Plagiando a García Márquez, podría decirse que lo sucedido fue la crónica de una muerte anunciada. En la novela, el azar, la casualidad, el destino, se encadenan para provocar la tragedia. Los hechos ocurren en un pueblo del Caribe donde se honra a la muerte y la vida vale poco.
Vera está muy lejos de ser el Caribe, pero algunas relaciones están regidas por códigos ancestrales. Esos códigos están sostenidos por leyendas, se los alienta, se los evoca y se añora con nostalgia un orden tradicional fundado en el honor, el coraje y la palabra. La realidad es siempre más sórdida que esos mitos: la palabra no se cumple, al honor se lo traiciona y el coraje es la máscara grotesca o siniestra del criminal. En el universo mafioso —tan afín a los códigos— se sabe que gana el que traiciona los códigos, no el que los respeta.
A Seco Encina lo mató un hombre con nombre y apellido, pero fundamentalmente fue una víctima de esas tradiciones, de esos códigos no escritos, nacidos en sociedades atrasadas, injustas, donde la ley y la violencia son las armas de los poderosos, no de los débiles.
Un funcionario judicial me decía que Tregnaghi era un clásico anómico, un hombre que ignoraba, desconocía y al que no le importaba la ley. Así se había criado y así vivía. Una observación es importante: Tregnaghi había elegido ser un anómico, con la misma libertad que el lunes pasado eligió matar a Seco Encina.
Importa la aclaración porque es injusto para los paisanos criados en la Cuña Boscosa suponer que son violentos o criminales en potencia por el solo hecho de haber nacido en el campo. La gente elige, la gente es responsable. Lo es y debe serlo. Tregnaghi, por otra parte, no era un salvaje, en el sentido vulgar de la palabra. Empresario, comerciante, vivía en la ciudad, su calidad de vida era la de un hombre de clase media y, además, era un dirigente político que estuvo a punto de ser intendente de esa ciudad. Un sociólogo bien podría decir que su salvajismo provenía más de la civilización urbana que de la barbarie rural. De todos modos, puede que haya sido un anómico, pero eso fue una elección, no una fatalidad del destino.
A Tregnaghi no lo conozco, pero en las situaciones límite a los hombres se los juzga por sus actos. Este principio vale para todos y también vale para él. Tregnaghi será juzgado por la Justicia con todas las garantías, las mismas que le negó a su víctima. Así debe ser, pero es importante destacarlo: en las sociedades civilizadas no hay venganza, hay justicia, incluso para aquellos que la ignoran.
Sería una exageración, una desmesura, suponer que el asesinato de Seco Encina responde a una conspiración política o a un acto planificado por una fracción del poder. Pero también sería hacerle una finta a la verdad no atender el contexto político en el que tuvo lugar el crimen.
Seco Encina, la víctima, era el intendente de Vera y un conocido dirigente radical de la provincia. Hugo Tregnaghi fue el candidato a intendente por el peronismo en las pasadas elecciones. Los que apoyaron su candidatura seguramente ignoraban su futura condición de matador, pero no desconocían —o no debían desconocer— su condición violenta, anómica, como me dijera el magistrado con el que hablé.
Se dice que la disputa por el hipódromo “La Ilusión” fue el factor desencadenante de la tragedia. Puede ser. Pero en este caso importa advertir que las diferencias eran públicas, no privadas. No se trataba de la competencia entre dos empresarios por los beneficios del juego. Lo que hubo fue una decisión municipal (y toda decisión del poder público es siempre política en el sentido amplio de la palabra) de inhabilitar o suspender las carreras de caballos previstas para el domingo pasado.
Lo curioso es que la decisión de fondo no dependía de la Municipalidad, sino de la provincia. La trágica ironía de este caso es que Seco Encina habría sido asesinado por una causa de la que no era responsable. O por lo menos, no era el principal responsable.
Muchos han hablado de la “persecución” de Seco Encina a Tregnaghi. Lo que nadie o muy poca gente se ha preguntado es si efectivamente ese hipódromo podía funcionar. La anomia de Tregnaghi parecería ser la anomia de muchos. Por otra parte, no deja de resultar por lo menos significativa la relación del crimen con el juego, sobre todo cuando en el plano nacional importantes operadores del oficialismo están salpicados por lo mismo.
Repito: el crimen no fue político, pero se produce en un contexto político. El odio, la locura, el resentimiento pueden explicar una muerte, nunca justificarla. El peronismo no es responsable por la conducta de un dirigente alienado, pero admitamos que lo mínimo que se les puede decir a los peronistas de Vera es que para la próxima vez sean algo más cuidadosos a la hora de elegir a sus candidatos.
Decía que a Seco Encina lo mató una cultura, una tradición, la misma que ahora sobrevive justificando al asesino y responsabilizando a la víctima. Supuestamente, Seco Encina habría acosado a Tregnaghi, lo habría acorralado hasta obligarlo a tomar esa decisión.
En todos estos razonamientos están ausentes el principio de legalidad y el valor de la vida. Los hombres tenemos diferencias; a veces, justas; a veces, injustas; en todos los casos, inevitables; pero el límite es la vida.
Incluso a los que insisten en que Tregnaghi actuó obedeciendo a un código de honor habría que decirles que esos códigos tienen sus propias reglas. Seco Encina no fue muerto en una pelea leal, fue ejecutado.
En el Far West, en nuestras propias tradiciones gauchescas, los hombres pelean de frente y en igualdad de condiciones. Los cobardes o los indignos matan a traición o por la espalda. A Seco Encina no le dieron ninguna oportunidad, lo ejecutaron en la calle, a quemarropa y sin piedad. Es verdad, el asesino no huyó; se entregó a la policía y se hizo cargo de la muerte, con lo cual el círculo se cierra de manera trágica. Un hombre perdió la vida y el otro perdió todo aquello que lo ligaba a la vida.