Al margen de la crónica
Sueños que cuestan
Al margen de la crónica
Sueños que cuestan
Empecemos así: muchos, en algún momento de la vida, soñaron aunque sea por un rato en tener una banda de rock y subirse a un escenario para confrontar al público y conquistarlo. Algunos menos, con una voluntad más o menos determinada, lo logran, aunque sea por un tiempo. Son bastante menos los que logran hacer de esa actividad algo sostenido en el tiempo y compatibilizarla con obligaciones familiares y laborales (“vivir de la música” es una expresión que casi nadie se atreve a pronunciar en voz alta).
Dedicarse a ese sueño conlleva una considerable erogación, más allá de los costos individuales (instrumentos y equipos): trasladarse por la ciudad, viajar a otras, grabar demos o videos. Todo mientras se busca subirse a todos los escenarios posibles, para despuntar el vicio y (al menos idealmente) contribuir a la financiación de los gastos anteriores.
Mientras en otros géneros se discuten remuneraciones, aunque sea simbólicas, los músicos de rock (especialmente después de Cromagnon) deben afrontar alquileres de locales y contratación de empresas de sonido en shows propios, o encarar la venta anticipada de entradas por mandato de algunos productores: en este contexto, no es raro terminar “pagando por tocar”. Si tienen la suerte de que se los seleccione para ser parte de un ciclo (público o privado) se esperará que a cambio de la oportunidad participen “gratis”: en la práctica, que se paguen los fletes y otros gastos.
Santa Fe ostenta una escena rockera bastante fuerte, reconocida en otras partes. Pero tal vez lo más admirable (en esta y en otras ciudades) sea la capacidad de sostener una vocación y un camino contra tantas adversidades que invitar a “largar todo”. Así que ya sabe, amigo lector: cuando su vecino y sus compañeros se junten a ensayar un martes a la noche, o un sábado a la tarde, tenga un poco de paciencia para con esos muchachos que sólo tratan de cumplir sus (costosos) sueños.