Aumentos en el transporte, peajes y en la soja

El juego de la simulación

La crisis mundial impacta sobre la Argentina, multiplicada por el peso de los errores recientes. No hay bálsamo porque no hay política anticrisis. Mientras, el país discute candidaturas.

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Ricardo Jaime y Julio de Vido, con aumentos para el transporte metropolitano y los peajes.

Foto: DyN

Sergio Serrichio (CMI)

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El peso de los errores de recientes tiempos de soberbia, multiplicado por el impacto de la crisis mundial, se abate impiadoso sobre la Argentina.

Mientras, el gobierno simula una política anticrisis que no es tal, y líderes opositores o pseudo-opositores no logran —para solaz del oficialismo, cuya mejor esperanza sigue siendo distraer a todos y dispersar a los rivales— resistir el juego de las candidaturas.

Muestra de lo primero es el reciente aumento de tarifas de peaje y el del costo del transporte público en Capital Federal y Gran Buenos Aires, que mañana entrará en vigor.

En la semana que pasó, el usualmente parco ministro de Planificación, Julio de Vido, presentó aumentos de peaje de entre 50 y 100 por ciento como medidas de ordenamiento del tráfico. Lo dijo sin ponerse colorado, igual que el secretario de Transporte, Ricardo Jaime, cuando mechó entre sus explicaciones sobre el aumento de entre 20 y 25 por ciento del costo del transporte, referencias a la preocupación oficial por mantener la “movilidad social”.

Ambas medidas no son las únicas; muestran la incongruencia de un gobierno que alega haber puesto en marcha medidas anticrisis que no termina de implementar, al tiempo que por resoluciones de implementación inmediata asesta tarifazos.

Es cierto, como señaló Jaime, que las tarifas del transporte argentino son baratas en comparación a las de los países vecinos. Pero aumentarlas a contramano del mundo es el reconocimiento más palmario de que se trataba de una política equivocada: alentó durante años el derroche de recursos no renovables, para favorecer a sectores pudientes, y ahora —ante el fin de la largueza fiscal que antes enjugaba crecientes subsidios empresarios— se busca corregirla en el peor momento. Eso no es “tarifa social”, como increíblemente argumentó Jaime, sino dislate antisocial.

El P-Soja

Otra muestra de cómo el gobierno pudo hacer durante mucho tiempo casi lo que se le cantó —pero no puede (ni puede el país) escapar de las consecuencias— es la prospectiva de la campaña agrícola 2008/09.

Después de haber dicho que buscaba “redistribuir” el ingreso y “desojizar” el país, distintas estimaciones —incluso de la propia secretaria de Agricultura— conciden en que el kirchnerismo logrará que la soja absorba por primera vez en la historia el 60 por ciento del área cultivada y del volumen cosechado de la Argentina.

No es que no hubiera antecedentes, incluso “setentistas”, del romance peronista con el “yuyo”, como lo llamó la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Los investigadores Osvaldo Barsky y Mabel Dávila recuerdan, en un reciente libro, que fue durante el tercer gobierno de Perón que su secretario de Agricultura, Horacio Giberti, dispuso importar 80 toneladas de semilla de la entonces llamada “arveja peluda”, para impulsar su cultivo. Y fue durante el segundo gobierno de Menem que (a instancias del entonces secretario de Agricultura, Felipe Solá) la Argentina fue el primer país fuera de Estados Unidos en autorizar la semilla de soja transgénica.

Pero el aumento del peso sojero sobre la producción agrícola total nunca fue tan rápido como bajo los Kirchner: superó el 50 por ciento con Néstor y superará el 60 por ciento con Cristina, gracias a la expansión de la soja, pero más aún a las fuertes caídas de las producciones de trigo, maíz y girasol, atribuibles en parte a la sequía, pero más todavía a las disparatadas regulaciones oficiales.

Datos del propio gobierno (Senasa) precisan que en el período enero-noviembre de 2008, el volumen de las exportaciones agroalimentarias de la Argentina cayó el 22 por ciento. La cantidad de trigo vendido a Brasil, por caso, retrocedió el 29 por ciento. Es natural que el socio mayor del Mercosur busque nuevos proveedores y reducir la dependencia de su imprevisible “aparceiro” (socio) del Mercosur.

Todo eso sucedió antes de que la crisis internacional pegue de lleno. De resultas, así como en 2008 el país desperdició el mejor momento de precios internacionales para producir, facturar y recaudar más, en 2009 agravará el efecto de la caída de los precios mundiales produciendo menos. Como decíamos al principio: el peso de errores anteriores, multiplicado por la crisis internacional.

Cerrar las cuentas

Mientras juega a la “anticrisis”, el gobierno busca cerrar las cuentas. Con las reservas del Banco Central y los recursos del Banco Nación, el dinero de los jubilados y lo que logre preservar de superávit fiscal, tal vez logre evitar el “default” del sector público nacional. El problema es que este año también vence una parte sustancial de los 60.000 millones de dólares de deuda privada y que, en un escenario de “recesión con estabilidad” las provincias afrontarán “necesidades de financiamiento” por 14.800 millones de pesos, que pueden estirarse a 23.000 millones en un contexto menos amable.

Lo que el gobierno realmente destine a mejorar las perspectivas de los argentinos de a pie será aquello que le quede, si le queda algo. Ni un chanchito tan grande como el que aportó la reestatización de los fondos que antes manejaban las AFJP alcanza para satisfacer tantos objetivos a la vez. Desde el canje de heladeras, hasta la compra del primer 0 km y, por ahí, hasta unas lindas vacaciones. “Los aportes jubilatorios financiarán, en poco tiempo más, hasta la compra de preservativos”, escribió, desde la izquierda, el dirigente trotzkista Jorge Altamira. En rigor, hay algo que es capaz de financiar varias cosas a la vez. Se llama “crédito”, justamente aquello que terminó de destruir la arrebatada y oportunista reestatización previsional.

Mientras la maroma mundial y local gana fuerza, el entretenimiento político del verano ha sido interpretar las palabras de Carlos Reutemann, cuya admisión de una posible candidatura presidencial en 2011 sigue moviendo el avispero.

La picadura más grande se la llevó Felipe Solá, dispuesto a pelearle al kirchnerismo la provincia de Buenos Aires, y la más localizada el socialismo santafesino, en la medida en que el efecto más probable de las palabras del ex gobernador provincial y actual senador nacional sea mejorar su desempeño electoral en las legislativas de octubre de este año, para las que aún no se anotó oficialmente. Por eso Kirchner recibió el desarrollo con la sonrisa de quien, a falta de alegrías propias, se consuela con pesares ajenos.

Tras un susto más importante que lo que trascendió inicialmente, su esposa y presidenta, Cristina Fernández, decidió concretar a partir de la próxima semana la gira, más simbólica que importante, a Cuba y Venezuela.

Si el calor porteño y seguramente, las tensiones de la crisis, “descompensó” a la presidenta, es prudente eximirla de momento del calor caribeño. Cuando vaya a La Habana, ojalá que plantee con éxito el caso de la médica cubana Hilda Molina.

Si así fuere, el viaje servirá para algo más que intenciones y declaraciones. Los derechos humanos son, siempre, una causa importante. Aunque los rodee la intemperie de la crisis que, antes que curar, los Kirchner supieron potenciar.