Reunión de consorcio

En “Turistas”, el último libro de cuentos de Hebe Uhart, publicado por Adriana Hidalgo, volvemos a entrar en el mundo singular de esta escritora excepcional, en la que las formas del habla (un habla inventiva, no magnetofónica, y de extrema verosimilitud), la comicidad (que se sostiene constante sin resolverse en carcajada, lo que instala un humor que se acerca extrañamente a la angustia), los personajes vivísimos y las situaciones (cotidianas, minimalistas y sin embargo reveladoras) conforman una narrativa tan alta como entretenida. De este libro presentamos algunas páginas del cuento “Reunión de consorcio”.

Por Hebe Uhart

La reunión de consorcio de la calle Encarnación 375 se llevó a cabo como siempre en el hall de la planta baja, casi todos parados. Sólo se sentaban la administradora frente a una mesita que se guarda en el sótano, y el presidente de la Comisión Administradora en una punta de la mesa (él hace el acta). Dos señoras mayores, Azucena y Francisca, llevaron los banquitos de sus departamentos. La administradora no era una fea mujer, eso sí estaba un poco encorvada y miope de tanto papel que debía mirar y firmar y con la cara un poco desdibujada por escuchar tantas quejas de todas partes, de todos los departamentos, y de soñarlas por la noche. El presidente de la Comisión Administradora estaba tostado todo el año, iba de joggin y zapatillas. Era el único que le decía “Mary” a la administradora; ella le decía “Carlos”. Azucena y Francisca siempre llegaban primero a las reuniones, por motivos distintos. Azucena, con cara de luna llena y siempre sonriente porque quería estar enterada, al corriente de lo que pasaba. Francisca porque tenía muchos asuntos para plantear y estaba dispuesta a cantar cuatro frescas. Francisca siempre era una persona de gran aprendizaje para Azucena, porque sabe todo: sabe si pasa el basurero, sabe conseguir calcio picando cáscara de huevo, para los huesos, y sabe dónde se venden los zapatos más cómodos.

La administradora miró su reloj de reojo y dijo en un tono de voz amaestrado:

—Desgraciadamente en este país no somos puntuales, Carlos, por favor, tóquele el timbre al del cuarto C. Dijo que venía.

El del 4º C, un muchacho recién casadito, con ojos grandes y tímidos, se apoyó junto a un ángulo de la pared. La administradora le dijo:

—¿Trajo la autorización, señor...?

—Martínez.

La administradora cotejó una lista y dijo:

—Efectivamente, acá está.

El muchacho se acercó a la mesa y llevó la autorización como ante un tribunal. La administradora dijo, en tono didáctico:

—Muy bien, señor Martínez, siempre debo repetir que los inquilinos deben traer la autorización. Y además debo repetir que seamos puntuales, así resolvemos todo en tiempo y forma.

El señor Martínez pensó que a lo mejor ese sermón era para él y se quedó inmóvil, puro ojo.

En ese momento pasó Roque, raudo como si se dispusiera a hacer un viaje largo, llevando algo en las manos, como siempre; farfullaba y la administradora le preguntó:

—¿Se queda, Roque?

Se escuchó que decía algo vago como: “Comprar”; supusieron que volvía, pero no era claro, de Roque nunca se sabía si iba o volvía, y muchas veces después que avanzaba hacia algún lado, daba una pequeña vueltita. Francisca le dijo a la administradora:

—Señora, sepa usted que ese hombre tiene muchos gatos en su casa, nunca dice cuántos pero habría que hacer una inspección a su casa y si no toman medidas, voy a traer yo un inspector ya.

La administradora dijo:

—Es justamente el primer problemita que vamos a tratar: los animales domésticos.

Francisca dijo:

—Entonces no sólo los gatos, están los que suben con los perros a la terraza, ensucian todo y también hacen un ruido...

La administradora dijo:

—Eso entra en el temita: “Ruidos molestos”. Después lo vemos.

Francisca:

—Porque acá parece que nadie ve nada, ni escucha nada, ni huele nada. El ascensor tiene olor a perro, y tiene una rayadura. ¿Quién lo rayó? Seguro que son esos chicos que se sientan en la vereda, que es de todos. ¿Quiénes se creen que son, los dueños del umbral?

La administradora dijo, con su voz cansada:

—Recuerden que la libertad de uno termina donde empieza la libertad de otro.

Francisca:

—¡Qué libertad con los ruidos de esta casa! ¡Hay tanto ruido y confusión que subió un escalador ladrón al tercer piso, un hombre araña, nadie lo vio, nadie lo escuchó!

Carlos dijo:

—¿Qué anoto, Mary, ruidos o animales?

La administradora:

—¡Qué barbaridad, un escalador! Ya vamos a ordenar, Carlos.

Azucena dijo sonriendo:

—Yo ando mal del oído izquierdo. Escucho poco, pero algo veo, yo digo, disculpe, no sé si corresponde que... Yo digo, esa alfombrita de la entrada que era nueva, está toda pisoteada y...

La administradora le contestó sonriendo;

—Azucena, hay otras prioridades. Ya vamos a llegar, ya llegamos a lo suyo.

Francisca:

—¡Prioridades, siempre con esa palabra en la boca y nunca me llega el turno a mí que pago religiosamente las expensas el día 2, no como otros que tienen una deuda de seis meses! Yo escucho ruidos de todas partes, yo le puedo decir de dónde viene el ruido, están los chicos del quinto C que ponen la música a todo lo que da, bah, si a eso se le puede decir música, la de arriba mío, que cierra con furia el ascensor a las 3 de la mañana. ¿Tengo yo la culpa si le fue mal de donde vino? Y para colmo, ahora hay zapatos que hacen ruido, por esas porquerías que inventan,; la nena del primero B tiene zapatos que tocan música, es cierto que no suben mucho, pero... ¡Qué libertad ni libertad!

Carlos (coqueto): —Yo, señora Mastropiero, a salvo. Revestí mis paredes con corlok.

Administradora (con voz triste):

—Lo bien que hizo, Carlos.

En ese momento entró Roque de la calle con una bolsa llena de algo, sosteniéndola abrazada como si fuera un chico y farfullando al aire algo así como que subía a dejar el paquete. Al mismo tiempo bajó Florentina con una hermosa pollera aterciopelada y una blusa de brillos encandilantes. La administradora le dijo:

—La esperábamos, Flor.

Todos enmudecieron con la llegada de Flor. Carlos le dijo, solícito:

—¿Querés una silla?

Flor denegó el ofrecimiento y se quedó parada junto al casadito joven que estaba cada vez más tenso. Dijo:

—¿Yo puedo proponer algo muy puntual?

La administradora asintió.

Flor:

—A mí me preocupa desde hace tiempo el tema del portero. Se sientan los dos con sillas en la vereda, es cierto que lo hacen en verano y falta mucho, pero hay que prever. Saludan a todo el mundo y ofrecen el aspecto de una casa que no es de nivel, cuando se pierde el nivel se pierde todo; pienso que deberían estar parados y llevar uniformes, como corresponde, he visto unos uniformes muy discretos, tampoco la pavada, en la calle Tacuarí, ya tengo pensado el color. Tampoco es de nivel el hall de la entrada, con ese relieve o como se llame de la embarazada en la pared, sí, lo están viendo. ¿Qué hace una embarazada en la pared de un departamento? A mí me produce impresión cuando salgo y cuando entro a la casa: me altera; la casa debe ser un refugio de tranquilidad. Hay unos revestimientos de mármol, que se venden acá en Quadri, ya tengo pensado el color, las cosas entran por los ojos y...

(...)

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Hebe Uhart. Foto: Archivo El Litoral

(fragmento)

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“Gente”, de Antonio Seguí.