Las tradiciones del campo
Las tradiciones del campo
¡A correr que vienen los indios!
Un escritor escocés describe un malón en plena atropellada. Además cuenta como hacían los gauchos para que “la indiada” pasara de largo y no los viera.
Campolitoral
Robert Cunninghame Graham (1852-1936) fue escritor, político, periodista y también gaucho. Vino a la Argentina en la década de 1870 para hacer fortuna en las pampas y se convirtió en un destacado narrador de las costumbres de la época. Hablaba perfectamente el castellano porque su madre era la hija de una noble familia española.
Graham conoció y se carteó con escritores como Joseph Conrad, George Bernard Shaw y G. K. Cherteston. En este breve fragmento, recopilado por el portal “tradición gaucha” (www.tradiciongaucha.com.ar), cuenta lo único que podía hacer un gaucho cuando un malón lo encontraba en el medio del campo.
“Alrededor de las tribus indias flotaba una atmósfera de leyenda y de terror. Cuando invadían las grandes estancias del sur, cabalgaban todos, con excepción de los jefes, sobre cueros de carnero y muchas veces en pelo, llevaban una lanza de tacuara, de cinco a seis varas de largo, con una tijera de trasquilar en la punta, adherida al asta ora con una cola de buey u otra guasca que dejaban secar, y que se endurecía como el hierro, reteniendo contra la hoja un mechón de crin; a su paso huían los venados y los avestruces.
Cada guerrero llevaba un caballo de remuda, adiestrado, según el decir de aquellas partes, “a cabrestiar a la par”. Envueltos al cinto llevaba dos o tres boleadoras, las bolas grandes pendían a la izquierda y la bola pequeña, o manija, a la derecha, descansando sobre el cuadril. Todos tenían cuchillos largos o espadas recortadas para mayor comodidad.
Iban todos embadurnados de grasa de avestruz, nunca se pintaban; su feroz algarabía y el olor que despedían enloquecían de miedo a los caballos de los gauchos.
El que alguna vez se los había encontrado hallándose solo, campeando ganado, por ejemplo, en algún mancarrón viejo, no olvidaba su aventura fácilmente... la recordaba con tenacidad hasta el día de su muerte.
No había sino un medio de escape —a menos que se diera el caso, improbable, de tener un caballo como para que el mismo Dios lo ensillara— y era desmontarse, conducir el caballo a alguna cañada, arropándole la cabeza en los pliegues del poncho para que no relinchara, y permanecer como muerto.
Si los indios nada habían advertido —muy poco se escapaba a su mirada en la llanura— casi era preciso hasta retener el aliento y aguardar a que el retumbar de los caballos se perdiera en el espacio; entonces... debía uno deslizarse allá otra vez, reteniendo el caballo con un maneador largo, y atisbar cautelosamente, por sobre la ceja, a ver si el campo estaba libre. Si en alguna parte del llano corrían los avestruces, los venados, o el ganado, o se levantaban nubes de polvo sin causa manifiesta, era preciso volver a la cañada y aguardar. Finalmente, cuando ya se sabía que todo había pasado, se apretaba la cincha hasta dejar el caballo como un reloj de arena, montando y tocándolo con la espuela, era preciso galopar como alma que lleva el diablo hasta la casa más vecina, gritando a voces: Los indios, lo que bastaba para que salieran deprisa todos los cristianos machos que hubiera por allí.
Los caballos mansos se encerraban a toda prisa en el corral, y se cargaban y pulían las viejas armas que había en la casa, porque, aunque parezca extraño, los gauchos del sur, a pesar de hallarse expuestos a constantes ataques de los indios, no solían tener otra cosa que algún trabuco viejo o un par de pistolas de pedernal, casi siempre descompuestas.
Los indios tampoco eran formidables, fuera de la llanura, pues sólo llevaban lanzas y bolas. Una pequeña zanja de dos varas de hondo y de tres o cuatro de ancho, bastaba para proteger una casa, porque, como nunca abandonaban a sus caballos, no la podían atravesar, y como su objeto era robar y no matar, no perdían el tiempo en lugares así defendidos, a menos que supieran que en la casa estaban encerradas mujeres jóvenes y hermosas: “Cristiana más grande, más blanca que india” solían decir; y ¡ay de la muchacha que por desgracia caía en sus manos! A toda prisa la arrastraban a los toldos, a veces a cien leguas de distancia; si eran jóvenes y bonitas les tocaban a los caciques; si no lo eran, las obligaban a los trabajos más rudos y siempre, a menos que lograran ganarse el cariño de su captor, las mujeres indias, a hurtadillas, les hacían la vida miserable, golpeándolas y maltratándolas.
Así eran los indios en campaña, desde San Luis de la Punta hasta el propio Choele-Choel, en aquella extensa región de campo, en que hoy el trigo se mece al viento, entonces desierta o poblada sólo por manadas errantes de yeguas alzadas.
A todo galope. “Alrededor de las tribus indias flotaba una atmósfera de leyenda y de terror”, recuerda Graham.
Pintura: “La vuelta del malón” (1892) de Angel Della Valle.