Al margen de la crónica
La bandera no se mancha
Al margen de la crónica
La bandera no se mancha
Las reacciones de la gente ante determinadas acciones varían, según parece, de acuerdo a cuánto cotice quien las protagoniza. Por ejemplo, a Diego Maradona, que tanta alegría le dio a los argentinos jugando al fútbol, se le perdonan cosas que a otros no. Después de jurar lealtad al presidente de Venezuela Hugo Chávez, vaticinó la victoria del líder bolivariano en el próximo referéndum que impulsa su deseo de perpetuarse en el poder.
“Creo que la historia está escrita y Chávez no puede perder. Chávez es el pueblo” dijo. Incongruente presagio si se considera que una de las definiciones de pueblo que da la Real Academia de la Lengua, explica que se trata de un país con un gobierno independiente. Lejos está hoy Venezuela de eso.
Viniendo de Maradona todo es posible. Cuando su adicción lo dominaba, sus fanáticos esgrimían que por su boca hablaba la droga; y ahora que está sano, ¿quién habla?
Nadie duda de que él es (o fue) un elegido; ésos que rara vez aparecen en la historia, con una destreza natural que hizo que lo amara el país y lo admirara el mundo entero. Pero su vida está lejos de ser un ejemplo a seguir.
Sus dislates están plasmadas en la memoria colectiva. Subió al balcón de Alfonsín, fue embajador de Menem y coqueteó con Duhalde, ahora se subió al carro ¿triunfal? de los Kirchner. Olvidó ahora que en su momento lució una camiseta con la leyenda “Aguante Mingo” cuando Cavallo caminaba hacia su ocaso y ahora, a pesar de estar cerca de los Kirchner, gritó igual que un gol el “no” de Cobos y dijo que Cristina “estaba haciendo todo al revés”.
Tiene tatuado en un brazo la cara del Che, sostiene que Fidel es el político más grande de la historia y que el bloqueo norteamericano a Cuba, “es terrorismo de Estado peor que lo sucedido con las Torres Gemelas”.
Más allá de sus dichos, a los cuales tiene derecho como cualquier ciudadano, Maradona olvida que ahora es el técnico de la selección nacional y que sus declaraciones, por ser su condición de ídolo, repercuten más que las de nuestros embajadores. ¿Qué pasará con su juramento cuando tenga que enfrentar a la selección venezolana? ¿Hacia dónde irán su corazón y su deseo?
Si es el adalid del equipo celeste y blanco, significa que representa a todos los argentinos pero; no todos los argentinos -como no todos los venezolanos- comulgan con el autócrata bolivariano, casi todo lo contrario. Si como alguna vez dijo: “la pelota no se mancha”, ¿qué pensará de la bandera?