ANOTACIONES AL MARGEN

El poeta ve

por Estanislao Giménez Corte

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I

Las “Estampas Parisienses”, segundo apartado de la edición definitiva de “Las flores del mal”, publicada originalmente por Charles Baudelaire en París en 1857, están atravesadas por un afán netamente descriptivo que, aunque presente en el volumen, se profundiza de manera notable en esta suma de observaciones sobre la ciudad, que despliega el poeta con intranquilo espíritu. A mitad de camino entre la fascinación y el temor, frente a lo que experimentan sus sentidos por causa de la urbe, que se le antoja enorme e incontrolada, Baudelaire elabora parlamentos que han sido vistos casi como una involuntaria obra “sociológica”.

Muy diversos estudios, pero especialmente los de Benjamin (“Libro de los pasajes”, “Sobre algunos temas en Baudelaire”, “Notas sobre los cuadros parisinos”), suscriben a esta postura respecto de que, en “Las Flores...”, hay más que poesía; o, en todo caso, que esa poesía es, a la vez, representativa de un contexto social y de una mirada singular, hundida en los cambios bruscos e insólitos que experimenta la ciudad moderna, veloz, ruidosa, enloquecida, y que advierte, ve, señala, acaso por primera vez, el costado siniestro de la modernidad y de la modernización, de la multitud anónima, de la pequeñez de lo humano frente al proceso industrial.

II

“Por el viejo arrabal (...) salgo solo a entregarme, a mi esgrima arbitraria/por doquier husmeando el azar de la rima/a traspié por palabra/como con adoquines/tropezando con versos (...)” escribe Baudelaire; y escribe: “¡Hormigueante ciudad!/ciudad llena de sueños donde asalta de día el espectro al viandante”; y: “Ha llegado el crepúsculo, buen amigo del crimen; como un cómplice viene, quedamente...”.

Si fue el padre del decandentismo, el precursor de la poesía moderna, el maldito de los malditos, importa menos, entiendo, que destacar esa suerte de hallazgo, latente en los “cuadros parisinos”, que va a ser profusamente estudiado por la sociología y la psicología del siglo XX: la soledad del hombre de la urbe, del sujeto inmerso en la multitud y, más aún, el “silencio del hormiguero”, la alienación, la noción de la masa anónima y muda. Poe también lo dijo, a su modo: “(...) como si justamente en medio de la multitud innumerable que los circundaba se sintieran perfectamente solos”; y Valéry: “el habitante de las grandes ciudades vuelve a caer en un estado salvaje, es decir, un estado de aislamiento”; y Ferré: “Una soledad habitada, tal el sentido de nuestra condición actual, una soledad poblada de imágenes”. Pero Baudelaire fue, quizás, el primero, o el que mejor, vio.