Al margen de la crónica

Secretos públicos y periodismo basura

Pasa siempre, pero con más frecuencia en verano, cuando las redacciones están con la mitad de sus periodistas de vacaciones, o cuando desaparece la rutina del año televisivo y los programas de espectáculos dejan de recibir el alimento cotidiano; aparecen confesiones, insultos, agresiones y destapes de todo tipo.

Romances de verano desmentidos o confirmados hasta el cansancio, peleas entre chicas que, portando un interesante trasero, piensan que pueden alcanzar los talones de Ingrid Bergman y hasta el morbo provocado por alguien que, olvidado por la prensa del corazón, no duda en develar secretos familiares que, aunque terribles, deberían dirimirse en el ámbito familiar y/o con la Justicia; todo es expuesto de manera descarada por algunos medios, casi siempre por ésos que crecen como plantas en un basural.

Todo viene bien al momento de ocupar páginas de diarios y revistas de segunda categoría, carentes de material en la temporada baja, o programas de chimentos los que, sin escándalos, no sabrían cómo cubrir 2 ó 3 horas de programación y recurren a esa escatología para llenar huecos.

Más allá de que “el ambiente” requiera de una constante exposición para asegurar la permanencia, demasiadas veces se cruzan límites que no siempre juegan a favor del proyecto del autor; a veces es todo lo contrario.

Dejando de lado la pacatería, la expresión que mejor encierra esa sensación es mal gusto.

Parece que la privacidad en algunos ámbitos no tiene razón de ser y muchos de los que frecuentan esos dominios y que eligen preservar su vida íntima son vistos por el resto como bichos raros, indignos de “pertenecer”.

Lo llamativo, lo repelente de tanta exhibición, es el exceso; es cuando se transgreden límites que en principio ponen los organismos encargados de proteger a los chicos que ven televisión en determinados horarios o pueden leer revistas o diarios de circulación común.

Y basta con prestar atención para descubrir cómo algunos ofenden a los verdaderos periodistas, usurpando el rango y no dudan en hacer apología de la miseria.

Los periodistas y su continente, los medios, están para formar, informar y en casos aberrantes ayudar en la prevención pero, cuando explotan a sabiendas la desgracia de alguien que, por ejemplo, fue violado sexualmente hace mucho tiempo por un familiar cercano y ahora hace pública su historia y da detalles espeluznantes, el cartero es culpable por el contenido de la misiva.

Cualquiera que abuse de otra persona merece el peor de los castigos, mucho más si el damnificado es un niño. Pero, ¿ayuda a alguien describir los pormenores de una vejación? ¿beneficia a la víctima? ¿previene imitaciones?; ¿no deberían quedar los pormenores en manos de los implicados, de los terapeutas y de la Justicia?

Mientras los perjudicados exponen el horror de sus vivencias, nadie piensa en el impacto que pueden originar esas descripciones en los receptores entre los cuales hay muchos menores. Algunos “medios” explotan el morbo y multiplican los relatos como eco a través de esos “periodistas” que crecen como flores de fango, siempre rápidos para publicar en sus pasquines o difundir en sus espacios televisivos lo peor que llevamos adentro cada uno de los seres humanos. ¿Dónde están los límites de la ética? ¿vale la pena vender a costa de ventilar perversiones y perturbaciones varias? La respuesta aunque asquea, parece ser positiva, todo vale siempre y cuando “facture”.