¿Qué decir del “20” que no se haya dicho o escrito?
Otra página más del libro de amor de Fuertes y Colón
“Olé, olé, olé... Bichi, Bichi”, es el hit con récord de ventas que armó Colón en su goleador e ídolo.
¿Qué decir del “20” que no se haya dicho o escrito?
Otra página más del libro de amor de Fuertes y Colón
“Olé, olé, olé... Bichi, Bichi”, es el hit con récord de ventas que armó Colón en su goleador e ídolo.
Enrique Cruz (h)
¿Qué decir que no se haya dicho de lo que es Fuertes para Colón?... En el entretiempo del partido, los dirigentes sabaleros homenajearon al Bambi Aráoz, un ícono de aquellos equipos de la década del ‘70 que llenaban los ojos de fútbol y deslumbraban con jugadores de la categoría de “Cococho” Alvarez, quien allí andaba por las plateas conversando animadamente con Julio Ponce Aragón, aquel locutor al que Ricardo Porta le decía “el de la voz de bronce”, Hugo Villarruel, el chaqueño Mazo, “Poroto” Saldaño o Carlitos López, sin olvidarnos, claro está, de la “Chiva” Di Meola, otro verdadero emblema de la historia sabalera.
Eran otros tiempos aquéllos, quizás de un fútbol sin tantas presiones ni posturas histéricas; posiblemente también, sin tanto dinero ni intereses económicos de por medio. Aquellos jugadores fueron ídolos y, en la mayoría de los casos, el fin de sus carreras los obligó a iniciarse en otras actividades para poder mantenerse. Es que el fútbol, en los ‘70, no era sinónimo de salvación para la mayoría, como sí lo es el de estos tiempos del siglo XXI.
Uno se pregunta qué hubiese sido de Fuertes con un “Cococho”, un “Villita” o un Carlos López metiéndole pelotas de gol. O la misma “Chiva”, al que el Bichi superó como goleador histórico de Colón y que en uno de sus regresos al club, después de haber estado en River y en la selección, era un “10” con claridad, panorama y una buena dosis de gol.
El “Bichi” no tiene hoy un enganche que lo abastezca. No hay un jugador desequilibrante en el mediocampo para buscarlo con pelotas punzantes y al claro. La prueba evidente se dio ayer, cuando Fuertes tuvo que arreglárselas con media defensa de Central colgándose de su físico para tratar de sacarle la pelota, y él arriándolos. Este Fuertes no goza, por ejemplo, de los beneficios de un Palermo asociado a Riquelme, o hasta de un Calderón que, en el anunciado final de su carrera, tiene un Verón dispuesto a meterle pelotas precisas y sutiles.
Pero Fuertes entiende el juego. Y eso es lo que sorprende, al margen de su espectacular estado físico. Porque si bien la experiencia trae consigo el conocimiento, muchas veces las piernas no responden a los dictados del cerebro. Sin embargo, este Fuertes puede meterle una pelota de gol entre seis u ocho piernas de jugadores “canallas” a Mena, es la imagen de un jugador que no sólo es capaz de meter goles, sino de ser básico en el movimiento colectivo de un equipo. Algo que enaltece su importancia.
Aquella patriada dirigencial
Este presente de Fuertes viene de la mano de una realidad del fútbol argentino: la importancia que adquirieron los veteranos. Nery Pumpido decía el otro día que el mejor ejemplo de grandeza y de hambre de gloria es el que brinda el plantel de Boca. Y mencionaba a los más grandes, a los que ya están cansados y mareados de dar vueltas olímpicas, como Palermo, Ibarra, Abbondanzieri o Riquelme. Estos jugadores podrían “hacer la plancha”, ganar más dinero y pensar en el retiro y en disfrutar de lo obtenido en estos tiempos de plata dulce del fútbol. Sin embargo, quieren gloria, quieren trofeos y no se resignan a dejar de ganar cosas.
Cuando la dirigencia de Colón resolvió traer a Fuertes, repatriarlo de Chile, recuperarlo de su grave lesión (segunda rotura de ligamentos cruzados) y ayudarlo a “dignificar” su salida del fútbol, lo hizo con una doble intención: la de que Fuertes se convierta en el gran referente del plantel.
Se necesitaban dos cosas: que el Bichi estuviese dispuesto a asumir ese rol de caudillo; y que las piernas le respondan. Por eso, era una patriada dirigencial, porque el riesgo asumido, más allá del valor humano de ayudarlo en la recuperación, era muy grande. Sin embargo, Fuertes se encargó de responder con fútbol y con goles. Se cargó el peso de la responsabilidad, asumió el rol y supo que la empresa no iba a ser fácil: Colón arrancaba complicado el torneo con los promedios y con la necesidad de no trastabillar en la campaña. Sin embargo, metió 13 goles, es uno de los grandes artilleros del fútbol argentino después de Sand, está físicamente impecable y mucho más jugador, como si los años le hubiesen aportado cosas, incluso a su físico, antes que sacárselas.
“Es hora de que Colón sea, de una buena vez, candidato en serio”, dijo el Bichi, palabras más o menos. Y ahí terminó de asumir plenamente su rol conductor. Ayer, con dos goles y una actuación bárbara en todos los aspectos, escribió una nueva página de este libro de amor que se encarga, desde 1997, de escribir con Colón y su hinchada.

Magistral definición. El Bichi le pega con gran categoría, al palo derecho de Broun, culminando un espectacular contragolpe sabalero. Había recibido una gran habilitación de Alfredo Ramírez y definió con justeza.
Foto: pablo aguirre

Las dos figuras. Fuertes recibe el saludo de otro que se cansó de hacer las cosas bien: Alexis Ferrero. En el caso del Bichi, responsable directo de la victoria. En el de Ferrero, una verdadera pared para los delanteros canallas.
Foto: Luis Cetraro
EL DATO
Cosa de chicos.
El viernes, en el partido de reserva, jugó el pibe Joan Loureiro. Es un doble “5” en el que todos tienen depositadas grandes expectativas, incluido el propio Mohamed. Lo llamativo es que el pibe tiene 15 años y cumple 16 este año. Y hablando de chicos, el “Cabezón” José Luis De Sanctis tenía alegría por partida doble: el triunfo de Colón y el cumpleaños de Gianella, su nietita, a la que le dedicó la gran victoria sabalera. Luego, en el vestuario, el goleador y figura de Colón no se cansaba de agradecerle al presidente. “Germán, vos tenés que ver mucho con esto que me está pasando”, le decía Fuertes a Lerche, testimoniando y reconociendo la importancia de la dirigencia en el retorno con gloria del goleador.