Llegan cartas

Día Internacional de la Mujer

Elizabeth S. Gastaldi.

Señores directores: “Ellas nunca se dan por vencidas”. Así año tras año y desde sus comienzos, la mujer ha sido protagonista de los más grandes descubrimientos, ideales llevados a la acción, y reconocimientos por su valor e inteligencia.

Las iglesias de la Ciencia Cristiana en Argentina honran a la mujer de hoy y de siempre, por ser artífice de la historia y en la lucha de la mujer por participar en la sociedad, en pie de igualdad con el hombre.

Celebrado el 8 de marzo según las Naciones Unidas, hace referencia al derecho de voto y de ocupar cargos públicos, el derecho al trabajo, a la formación profesional y a la no discriminación laboral.

La idea de crear un día especial para la mujer surgió a fines del Siglo XIX, que fue, en el mundo industrializado, un período de machismo y turbulencia, crecimiento fulgurante de la población e ideologías radicales.

En el ámbito religioso, una mujer que nunca se dio por vencida fue Mary Baker Eddy, descubridora y fundadora de la Ciencia Cristiana.

Era revolucionario que la participación de la mujer en la sociedad a fines del Siglo XIX y a partir del Siglo XX, se viera más activa y comprometida.

Lejos de considerarse a la mujer frente al hombre en un plano de competitividad o desigualdad, ésta fue siendo cada vez más cooperativa y participativa.

El lugar que puede ocupar la mujer en todos los campos es exactamente el mismo que puede ocupar el hombre. Porque son derechos de igualdad ante Dios y ante todos los hombres.

Y mencionando algunas de las mujeres pioneras por ingresar al ámbito universitario, en el mismo Siglo XIX, recordamos a Cecilia Grierson, quien obtuvo el título de Médica en Argentina.

Ciertamente esta mujer tuvo que superar el falso concepto de que a las mujeres sólo les bastaba saber leer y escribir, y a lo sumo tener conocimientos rudimentarios de matemática y lenguaje, para ejercer dignamente sus roles de esposas y madres.

Junto a Cecilia en Argentina, otras mujeres de América Latina lucharon por ejercer sus derechos a ser universitarias y posteriormente profesionales en el arte de curar.

Un mensaje universal que dejó el Maestro Cristo Jesús, en el Sermón del Monte, dice así: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios”. (Mateo 5:9). Este mismo espíritu pacifista ayudó a cada una de estas mujeres, a triunfar “no con el poder de la arrogancia del yo humano, o la agresión”, sino con las cualidades espirituales que derivan de Dios. La paz era la única herramienta y el único poder, para haber vencido todas las dificultades que surgen de una sociedad dividida.