Edgardo Storni: un espectro escondido en la montaña

Vive en un silencioso rincón del Valle de Punilla. Casi no sale de su casa, le huye a los periodistas y muy pocos vecinos lo conocen.

Edgardo Storni: un espectro escondido en la montaña

Edgardo Gabriel Storni. Intervención de SERGIO FASOLA sobre foto de FLAVIO RAINA

NATALIA PANDOLFO

(enviada especial)

[email protected]

— ¿Puedo hablar con usted?

— ¿Por qué asunto?

— Soy periodista, quisiera entrevistarlo.

— No, no puedo, estoy ocupado.

— ¿Puedo venir en otro momento?

— No.

Edgardo Storni cierra la hoja de la ventana del primer piso como quien ahuyenta a un chico que pide. Está delgado, con mayoría de líneas blancas en la barba recortada. Sostiene en la mano un teléfono que aleja para intercambiar esas pocas palabras con El Litoral. Su muñeca izquierda está vendada; luce un pijama.

El ex arzobispo vive en uno de los rincones más silenciosos de La Falda. Para llegar a su casa hay que recorrer una bajada que obliga a apurar el paso. En un recodo, donde empieza la calle Bella Vista y donde los autos sólo pasan si sus dueños viven en esa manzana, se erige su refugio, adquirido por el Arzobispado de Santa Fe.

Una rosa rosada erguida orgullosa en el jardín del frente parece el señuelo que marca que quien vive allí no es sino “el rosadito”, apodo asignado al ex arzobispo en sus años de poderío en Santa Fe, por “su semblante saludable, de mejillas redondeadas y rojizas”, según definió la periodista Olga Wornat en el libro “Nuestra Santa Madre”, que significara el principio del fin de su reinado.

“Todos hemos pecado. Unos más, otros menos. Unos obrando, otros omitiendo. Pero no estamos solos, abandonados a nosotros mismos, condenados a la culpa y la impotencia por siempre. No nos abandona el que todo lo puede, no enmudece el Verbo de Dios y no se cierran los oídos divinos al clamor de los hombres”. Lo dijo el propio Storni, en su último Tedeum, el 25 de Mayo de 2002. Su dedo acusador todavía surtía efecto sobre muchas conciencias. Eran otros tiempos. Ahora prefiere guardarse las palabras.

PUNTOS DE VISTA

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Desde su renuncia en septiembre de 2002, el religioso pasa sus días en esta vivienda, propiedad del Arzobispado. Muy pocos vecinos lo han visto; y la mayoría no sabe de quién se trata.

Foto: MANUEL PASCUAL

Es sinuoso el camino para llegar a Storni. Desde Córdoba Capital, dos horas tarda el micro en tocar el suelo de la modesta terminal de La Falda. Entre ambos puntos, una pista de carrera natural delineada por las curvas de la montaña va uniendo a Carlos Paz con Cosquín, Bialet Massé, Valle Hermoso.

La ciudad de los hoteles tres estrellas está de luto por una temporada turística que sus comerciantes califican como desastrosa. El reducto de Storni no está muy lejos del centro: a tres cuadras de la neurálgica avenida Edén, detrás de la iglesia del Santísimo Sacramento.

Parece la casa de Caperucita Roja: blanca, simétrica, con un marco natural que delinea el contorno. La mayoría de los vecinos dice no haberlo visto nunca; incluso algunos no saben de quién se trata. Pero Lobo está.

En esa zona los propios pasos son el único sonido audible, acompañados de algunos pájaros que le suman solemnidad al silencio que impone la montaña. No hay comercios en varias cuadras a la redonda. Es un barrio de casas con jardines parquizados y con perros desacostumbrados a la visita de peatones.

El nombre de la calle le hace justicia a la realidad: el ex arzobispo goza de una de las vistas más bellas de ese rincón del país, en el extremo sur del casco faldense.

Mafalda lo quiere. Llegó hace 18 años desde Buenos Aires y vive a la vuelta de la casa de Storni. “Es un buen vecino. Algunas veces sale a hacer los mandados, por la mañana, acompañado de su perro”, dice la mujer, con un acento italiano que seis décadas en estas latitudes no lograron pulir. Es una de las pocas personas que no sólo saben quién es, sino que también lo ha visto.

“Se dijeron muchas cosas, pero para mí es una buena gente. Quizá no quiera salir para que no hablen mal de él”, piensa en voz alta Mafalda. Después emprende la retirada, en una subida que le hará elevar la frecuencia cardíaca.

Es de mañana y el rocío no permite sospechar que, por la tarde, será posible andar sin mangas. El garage de la hermética casa se abre para dejar salir un elegante Chevrolet Vectra gris, polarizado, con tres ocupantes dentro que se alejan al ritmo de un par de bocinazos. Un hombre delgado los despide, cierra la puerta y entra. Es uno de los pocos movimientos registrados, durante dos días de guardia.

Carlos no lo quiere. Eyectado del sistema laboral por culpa de la ola privatizadora de los 90, a sus 72 años se las rebusca como cuidacoches en la iglesia del Santísimo Sacramento, un templo fundado en 1948 entre cuyas particularidades se cuenta la de proveer hostias para celíacos.

Con los pocos pesos que junta, tiene que comer y comprarle los remedios a su esposa, que acusó con una embolia cerebral la sorpresiva situación de desamparo.

“Una vez lo vi. Llegó a la iglesia en un auto lujoso, llevado por un chofer. Se bajó y le pedí una moneda. Me dijo que a la vuelta. Después, si te he visto no me acuerdo”, se queja el hombre. Y opina: “Con los curas pasa lo mismo que con los políticos: hay un escándalo, los esconden, y dentro de unos años aparecen haciendo campaña o dando misa en otro lado”.

“Cuando Storni llegó, muchos venían a preguntar dónde vivía. Era casi una atracción turística”, dice el cordobés, su generosa humanidad atrapada en una pechera naranja deshilachada que reza “seguridad”. El lema suena más a súplica que a definición de identidad.

Pasada la novedad, hoy la presencia del ex arzobispo ya no es una rareza. Mucho menos su historia, que parece haber quedado sepultada a 420 kilómetros. Su perfil semiescondido tras el ventanal parece un espectro de aquella opulenta imagen que lo caracterizara en épocas en las que el poder le hacía reverencias.

La casa blanca permanece muda. Dos árboles “siempreverde” custodian el frente. Es un ejemplar australiano, considerado como plaga por los lugareños. De hoja perenne, es capaz de matar a cualquier especie que crezca a su alrededor.

 

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Desde su renuncia en septiembre de 2002, el religioso pasa sus días en esta vivienda, propiedad del Arzobispado. Muy pocos vecinos lo han visto; y la mayoría no sabe de quién se trata.

Foto: MANUEL PASCUAL

En paz con mi conciencia, rechazo todo cargo. Sabiendo que nadie ni nada -ni mi misma conciencia- puede juzgarme. Mi juez es el Señor”.

Edgardo Gabriel Storni,

En una carta manuscrita enviada desde Roma, el 24 de septiembre de 2002, donde anunciaba a los sacerdotes santafesinos su renuncia.

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análisis

Bajo proceso

José Curiotto

Storni está procesado por el presunto delito de abuso sexual contra un seminarista, y la causa fue elevada a juicio hace tiempo. Todos los intentos de la defensa por desvincularlo de este caso resultaron infructuosos, a tal punto que la Corte Suprema de Justicia de la Provincia determinó que la causa no está prescrita y deberá continuar su curso.

El juez de Sentencia encargado de decidir si Storni es culpable o inocente se jubiló hace tiempo, y dicho juzgado continúa vacante. Por ese motivo, este expediente -como el resto de los casos que se encuentran sin resolver en ese juzgado- rota entre el resto de los jueces de Sentencia del foro local.

Frente a esta situación, será el azar el que determine qué magistrado tendrá la misión de decidir la situación del ex arzobispo, quien en su momento también estuvo procesado por coacciones contra el sacerdote José Guntern. Sin embargo, este procesamiento terminó siendo anulado por errores procesales.

SIETE AÑOS DESPUÉS

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La ciudad de La Falda es el lienzo sobre el cual Edgardo Storni comenzó a pintar sus primeras pinceladas post escándalo.

Foto: MANUEL PASCUAL

Emérito

Es un tema urticante. Desde la Iglesia santafesina, dada la ausencia en el país de Mons. José María Arancedo, el que “opina” es el vicario general, Pbro. Lic. Javier González Grenón.

En base al Código del Derecho Canónico, explica cuál es la situación actual del ex arzobispo dentro de la estructura de la Iglesia:

“El obispo a quien se haya aceptado la renuncia de su oficio conserva ese título pero en carácter de dimisionario de su diócesis, y, si lo desea, puede continuar residiendo en ella, a no ser que en casos determinados por circunstancias especiales la sede apostólica provea de otra manera”.

El sacerdote aclara que el término “dimisionario” se equipara con “emérito”.

No opina lo mismo la Real Academia Española, que define “emérito” como “persona que se ha retirado de un empleo o cargo y disfruta algún premio por sus buenos servicios”.

VITAE

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Tiene hasta un apartado en Wikipedia, la enciclopedia libre de Internet:

“Edgardo Gabriel Storni (nacido el 6 de abril de 1936 en Santa Fe) fue arzobispo, luego emérito, de Santa Fe de la Veracruz, Argentina. Storni fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1961, nombrado Obispo titular de Croe y auxiliar de Santa Fe el 31 de diciembre de 1976. El 28 de agosto de 1984 fue promovido a la jerarquía de Obispo Titular de Santa Fe, tras la muerte de su antecesor Vicente Faustino Zazpe, tomando cargo de la diócesis el 30 de septiembre del mismo año. Renunció a su puesto el 1º de octubre del 2002, después de un escándalo que lo envolvía en acusaciones de abuso sexual”.

“En 1994 Storni fue sometido a una investigación ordenada desde el Vaticano, y liderada por Monseñor José María Arancibia, después de ser acusado de abuso sexual en base a los testimonios de 47 seminaristas. Tras el notorio conocimiento del escándalo, Storni empleó su contactos con el entonces Nuncio Apostólico Ubaldo Calabressi, para arreglar un viaje al Vaticano donde fue ratificado en su cargo por el entonces Papa Juan Pablo II”.

“En 2002, el libro “Nuestra Santa Madre’ escrito por la periodista Olga Wornat, fue presentado en la Feria del Libro de Santa Fe. El libro contenía una recopilación del historial de acusaciones en contra de Storni, así como de las amenazas recibidas por un sacerdote que había pedido la renuncia de Storni”.

“Tras la ola de casos de abusos sexuales cometidos por la curia católica en todo el mundo, Storni perdió el favor de la corte vaticana, renunciando a su puesto el 1º de octubre, sosteniendo que su renuncia no significaba culpa. Actualmente vive en una residencia eclesiástica en La Falda, Córdoba. Dado que todavía es formalmente un obispo, continúa viviendo de una pensión del Estado como parte del apoyo financiero a la curia que manda la Constitución Argentina”, dice el sitio.

En la página de Aica, la Agencia Informativa Católica Argentina, figura una reseña biográfica de Storni. Incluso está consignado allí su domicilio: Bella Vista 161, La Falda. El sitio dice que renunció, aunque no da mayores detalles sobre los motivos. La página de la Conferencia Episcopal Argentina también lo incluye, con su dirección actual, y bajo el título de “arzobispo emérito de Santa Fe”.