Un lugar que nos distinga
Un lugar que nos distinga
Arq. Mariano Busaniche
Caminábamos con amigos por las calles de Barcelona, yo estaba próximo a culminar mis estudios de Arquitectura y Urbanismo, ya habíamos recorrido otras ciudades y pueblos, muy cargados de historia, de gran belleza, encantadores, aunque a veces exponiendo miserias de ésas que en ninguna ciudad faltan, que directa o indirectamente devienen de cierta indiferencia y ausencia de solidaridad del ciudadano y del Estado mismo.
Otras revelaban “erguidas” las últimas vanguardias tecnológicas occidentales.
Reims, sus angostos pasajes, construcciones a ambos lados de un estrecho y longilíneo canal, la magnificencia de su catedral, en la que me transporté y emocioné comprobando... “lo lograron”, aquellos constructores artesanos inigualables... “uno se siente flotar en una atmósfera divina”.
Recuerdo Praga, un verdadero y hermoso laberinto, donde sus callejuelas nos conducen al juego de “descubrir”, mientras uno se siente observado por el pasado que acepta no irse.
Vienen a mí plazas de Roma, tan agradables y tan diversas. Navona, la más cautivante, muy colorida, integrando músicos, pintores, cafés, mimos, magos y transeúntes con vestidos llamativos. El agua en fuentes siempre presente, todo ello enmarcado con una arquitectura que ofrece un toque de simple y efectiva distinción.
Venecia, su “adentro”, el asombroso y extremadamente bello interior, lleno de “misterios e intrigas”.
Canales muy angostos... verdes, veredas elegantes y austeras, circulaciones atestadas de vidrieras, pequeños puentes esculpidos, los tonos “gastados”, son allí una conjunción acertada, las gamas pastel de sus arquitecturas “balconeando al agua”, exiguos pasajes internos, hacen buscar el cielo con la vista, y disfrutar...
Heidelberg, escenario de un cuento de hadas, con su castillo, calles empedradas, techos a dos aguas, las montañas que flanquean el río Neckar, y apenas hacia afuera de ese mágico pasado actual, rodeada de ciudad nueva, con tecnología de última generación.
Podría describir así muchas más ciudades, tan heterogéneas como lo son sus realidades, tan exclusivas como su lógica individualidad, y los análisis de éstas no afectan mi reflexión consecuente, ya que de la pluralidad existente arribo al mismo final, ya que el mismo es independiente de cada situación.
Por ello vuelvo al caso Barcelona.
Andábamos por el Boulevard de los Capuchinos (nos habían advertido que aquél era uno de los paseos más lindos de Europa), y el cuadro urbano era realmente bello: dos vías de circulación vehicular, edificios laterales (bien conservados, altura promedio de tres niveles), veredas limpias, canteros centrales con césped y arboledas, flores, diversidad de negocios en las plantas bajas, señalética necesaria sin “invadir” los espacios, y nuevamente el colorido vivencial en los ejes de la vía peatonal central: artistas con cuadros desplegados, tiendas artesanales, estatuas humanas y de piedra, magos, representaciones escénicas, gente leyendo, y más...
Entonces pensé, ¿por qué no en Santa Fe?
Intenté listar mentalmente los nombres de arquitectos que se habían desempeñado en la función pública, y pensaba “qué gran oportunidad para ellos, ser parte de un equipo que pueda intervenir en la complejidad de optimizar una ciudad”.
Pensé mucho en Santa Fe, mi ciudad, y visualicé la triste y pobre imagen que exhiben muchos de sus paseos públicos, avenidas con amplios canteros centrales y enormes arboledas (que dan muchas más posibilidades que el Bv. de los Capuchinos). ¿Qué hace falta? ¿Cómo podemos llegar a disfrutar nuestros espacios y apropiarnos de ellos?
No todo depende de grandes inversiones. La excusa del dinero no cabe en este panorama.
¿Qué tal dirigirnos al terreno de las ideas? ¿Y si se optara por verter en la ciudad una planificación para abordar el tema?
Por qué no pensar en cuestiones como el turismo, por ejemplo. Esa industria poderosa posee una de sus piedras angulares en la belleza, en las incontables formas en las que ésta puede llegarnos.
¿Por qué no animarnos a una recuperación y puesta en valor que nos distinga? ¿Por qué no hacerlas perdurables? ¿Por qué no nos atrevemos? ¿Falta de formación? ¿De cultura? ¿De capacidad? Absolutamente no.
Cuando las intervenciones urbanas estaduales se obturan ante el fantasma de la inversión económica, cuando aparece el error discursivo: “... aquí no existe una cultura social que permita...” “... no hay actitud de proteger y mantener el espacio de todos”, “... en esta ciudad subdesarrollada no se cuida nada... no estamos acostumbrados... esto no es Suiza...”
Es un error creer que es imprescindible tener góndolas, rascacielos, pirámides, arcos monumentales, castillos, torres icónicas, palacios y más, para poder aceptar que nuestro ámbito puede ser transformado y ser tan bello y asequible como lo deseamos.
Cuando la comuna, el municipio o la gobernación se escuda tras estos velos o no existe interés para actuar desde sus posibilidades y facultades, los resultados son evidentes.
¿Es que desde el poder político, de gestión y bajo la racionalidad de sus integrantes, no es posible articular mecanismos?, ¿convocar, promover, interactuar, planificar desarrollos, plantear el debate y la acción? Aún hacia pequeñas concreciones, ¿por qué restar trascendencia a logros menores? ¿Menores?
La imperceptible importancia de una acción lograda, tarde o temprano deja de serlo y cobra notoriedad creciente mientras exista continuidad en nuevos objetivos.
Creo que quienes hemos tenido la fortuna de recibir educación más allá de nuestras disciplinas, cargamos con una deuda... una sana deuda, la de devolver por todo lo que se nos ha dado. El desafío se expone real.
“Me gustan las ciudades desconocidas. Es el momento y el sitio donde se puede suponer que toda la gente que nos rodea es amable. El momento del sueño de ser feliz media hora, es un jardín público”. Celine - Louis Ferdinand.
Nuestros paseos públicos, con avenidas de amplios canteros centrales y enormes arboledas, dan muchas más posibilidades que el Bv. de los Capuchinos de Barcelona.
Foto: Archivo El Litoral