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Opinión
Edición del Domingo 05 de abril de 2009

EDITORIAL

Política y periodismo

El periodismo tiene tantos vicios y defectos como las personas que lo ejercen, pero no cabe duda de que la Argentina sería mucho peor si se apagaran las voces y se cegaran los textos que día a día informan sobre lo que sucede, exponen los hechos, critican a las autoridades y sirven de canales para que la ciudadanía se exprese.

En los días que corren, el primer beneficiario de la tarea periodística es el gobierno que, paradójicamente, critica a los medios de comunicación cada vez que la presidente, su marido o alguno de los ministros habilitados para hablar suben a una tribuna o hacen declaraciones a la prensa.

Sin el efectivo contrapeso que representa el periodismo cuando hace lo que debe, el aislamiento del gobierno sería mayor y el malsano aire del círculo vicioso que encierra a funcionarios y militantes en la lógica del poder terminaría por intoxicarlos.

Con el periodismo activo, el gobierno tiene al menos una ventana abierta a otras percepciones de la realidad, a visiones críticas, puntualizaciones no concesivas y opiniones elaboradas que, más allá de las broncas que les puedan provocar a los gobernantes, ofrecen valiosos elementos de contraste respecto de las posiciones propias.

Sin los aportes de una prensa que cumple su papel, el gobierno quedaría encerrado entre las cuatro paredes de la autosatisfacción, rodeado por sus “fieles”, quienes, para mantenerse en el restringido ámbito de la capilla del poder, renuncian a todo ejercicio autocrítico, silencian sus dudas, esconden sus análisis y aplauden la insensatez sin ponerse colorados, máxime cuando se trata de “conversos” recientes.

La tendencia al encierro tiene historia, y hoy la presidente y su marido sostienen un discurso que se contradice en los hechos. Por ejemplo, Cristina se mostró exultante con las decisiones adoptadas por el G-20 en Londres -de las que fue parte-, y cuyas principales resoluciones fueron las de triplicar los recursos del FMI, condenar el proteccionismo y estimular el alicaído comercio internacional con una inyección de 250.000 millones de dólares para financiar los intercambios.

El problema es que la Argentina está alejada del FMI y rechaza los monitoreos del prestador, en tanto se entusiasma con la propuesta de Aldo Ferrer de “vivir con lo nuestro” que ya planteara en los ‘70 como ministro de Economía de los gobiernos militares de Roberto Levingston y Alejandro Lanusse.

Entre tanto, en su última aparición con motivo de la muerte de Raúl Alfonsín y como si estuviera parado frente a un espejo, Néstor Kirchner exaltó como virtudes del difunto su perfil de luchador a rajatabla, su incorrección política, su militancia de toda la vida. Y no dijo una palabra sobre el testamento político del líder radical: la imperiosa necesidad de diálogo, la construcción de consensos y la invitación a que nos queramos un poco más, mensaje que fue retransmitido al gobierno por una multitud en las exequias del hombre de Chascomús. El periodismo tiene el deber de señalar estas contradicciones.



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