Apuntes de política provincial
Alfonsín y el tiempo interior
Teresa Pandolfo
La muerte del doctor Raúl Alfonsín era un hecho esperable. Podía ocurrir horas antes u horas después, según el tiempo que mide el reloj, pero las señales de su deterioro físico marcaban el advenimiento de un final.
Lo que no estaba previsto en los términos en los que se dio fue el fenómeno que ocurrió desde el momento en que se conoció la noticia del fallecimiento de ese hombre, a quien la sociedad le reconoció virtudes republicanas. El hecho social sucedido trascendió al propio ex presidente de la Nación.
Apareció una ciudadanía que, con su silencio, con su presencia en el Congreso, en la misa que siguió al velatorio, en las calles y con sus lágrimas, estaba gritando que en democracia, desde el gobierno, las cosas demandan ser hechas de otra manera.
Que en la República se debe ejercer la autoridad, pero que no tienen lugar los autoritarismos.
Que, si bien la responsabilidad final de las decisiones corresponde a quien ejerce el poder, ese ámbito en que se las toma debe ser rico en la interlocución, y generoso y amplio en cuanto a aceptar los puntos de vista de los demás; la voz de las provincias del interior, de sus hombres y sus dirigencias.
No caben en una democracia de real contenido republicano la actuación bajo presión del miedo ni las respuestas por extorsión.
Resulta interesante por estas horas, en que están en marcha los procesos para la elección de legisladores nacionales y para autoridades municipales en la provincia, detenernos a pensar cómo se pudo ir formando ese “componente colectivo” que salió a las calles el 1º y 2 de abril.
Aciertos y yerros
Y desde “Apuntes...” se lo plantea así porque como político el doctor Raúl Alfonsín tuvo la ciclópea tarea de recomponer las instituciones y el funcionamiento del Estado como República, además de hacer efectiva su prédica por la defensa de los derechos humanos. Pero también en su gobierno hubo dificultades en materia de política económica y ello derivó en que la Argentina tuviera el mayor proceso hiperinflacionario de las últimas décadas. Este comportamiento quedó como sello en el país, a tal punto que, desde ese momento, siempre se ha temido volver a conductas inflacionarias.
Sin embargo, Alfonsín, luego de anticipar la transmisión del gobierno a otro elegido en las urnas, mantuvo un lugar de privilegio en la política del país, con acciones y determinaciones que también marcaron hitos, como el Pacto de Olivos, que dio lugar a la Constitución Nacional de 1994. A partir de esta reforma, quedó habilitada la reelección presidencial.
Desde el poder o fuera de él, el ex presidente tuvo aciertos, decisiones muy fuertes y también yerros inolvidables. Sin embargo, lo que prevaleció en la conciencia colectiva y que se evidenció en estos días fue que nunca olvidó los principios básicos de la República, al diálogo como conducta política y la austeridad (en el completo sentido de la palabra) en su vida. A lo demás parece que la ciudadanía lo dejó para el juicio de la historia.
No todos los que estuvieron en las calles eran radicales. Quizás muchos de los presentes alguna vez habían votado por el justicialismo, el partido que gobierna la Nación. Sin embargo, esa manifestación netamente espontánea se constituyó en un claro mensaje dirigido al centro del corazón del poder kirchnerista.
La conciencia del hombre
Aun en circunstancias en las que los hechos parecerían ganarle al tiempo, la conciencia del hombre guarda un espacio para el silencio y la reflexión. A veces, es un instante tan breve que hasta se torna imperceptible y en él incorporamos, en esa conciencia profunda, el rechazo a hechos y circunstancias que nos parecen que no pueden ser.
Y ese instante reflexivo se va sumando a otros momentos iguales, sin tener una noción plena o cabal de lo que vamos produciendo interiormente. Esa elaboración responde a un tiempo interior, que es el de la maduración, parecido a aquél al que los creyentes denominamos “el espacio de la oración profunda”.
Los griegos utilizaban la palabra egeneto (suceder) para anunciar un acontecimiento que no podía ser medido por el tiempo que marcaba el reloj, porque tenía su origen en ese otro tiempo interior, pero que había sucedido.
La muerte de Alfonsín nos llena de pesar por la pérdida física de un hombre de Estado necesario para la República, pero una lectura más amplia de lo sucedido nos está indicando, asimismo, otro tipo de final.
De una señal muy fuerte dirigida hacia el gobierno kirchnerista, como ya lo hemos planteado, pero, además, de un final en términos de cómo hacer la política, que debería ser tomado muy en cuenta por quienes en estos días pujan por integrar las listas de candidatos para las elecciones que se avecinan.
Los países permanentemente cambian. La Argentina de hoy no es la que recibió Raúl Alfonsín del Proceso Militar ni en la que tuvo que actuar su sucesor Carlos Menem. En la actualidad, nadie piensa en una salida que no sea por el camino de las urnas, pero cada vez más la ciudadanía se interroga sobre los valores de la dirigencia y de las conductas que se exhiben.
En “Apuntes...” de la semana anterior, decíamos que también en la política debían primar los principios, algunos irrenunciables, y lo mencionábamos a propósito de la adhesión de la provincia al Fondo Federal Solidario constituido con un porcentaje de las retenciones a la soja.
La política debe estar precedida de una moral e impregnada de ella, de principios rectores de vida mayoritariamente reconocidos y que todos procuren que se cumplan.
Nunca nada es suficiente a nivel de gobierno y de acciones públicas, pero es posible que así se puedan ir saldando más rápidamente las deudas todavía pendientes desde la recuperación de la democracia. En definitiva, esto es lo que esta periodista considera que quiso expresar la ciudadanía cuando el jueves salió a las calles a rendir su homenaje a Alfonsín.




