Muestras de la otra cara de la guerra

Malvinas: las fotos de Kasanzew

El periodista fue la cara de la televisión argentina durante el conflicto bélico y por esa razón debió irse del país. El reconocimiento le llega de la mano de los ex combatientes, que lo respetan y lo invitan a dar charlas en sus locales. “No hay nada que unifique más que el peligro compartido”, afirma.

Mario Cáffaro

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“No, no quiero volver a Malvinas con la condición de que me sellen el pasaporte. Quiero volver cuando esté la bandera argentina y si no está, prefiero volver en una lancha de desembarco”. La frase es de Nicolás Kasanzew, el periodista que fue la cara de la televisión argentina durante la guerra en 1982 y que a partir de la derrota militar fue, primero censurado, y luego desapareció de los medios masivos de comunicación. En los “90 se fue a Miami donde sigue trabajando. Cuando vuelve a la Argentina son los ex combatientes los que le tienden la mano, se reúnen con él e incluso se ocupan de difundir y presentar su segundo libro “La pasión según Malvinas”, un compendio de fotografías obtenidas por él en el archipiélago y que pudo conservar. Otros siete rollos que envió al continente desaparecieron en manos de Inteligencia del Ejército.

“Nunca se cortó el lazo con los ex combatientes. No hay nada que unifique y que hermane más que el peligro compartido”, dice al explicar el respeto que le tienen aquellos soldados. Kasanzew dio una charla esta semana en la sede del Centro de Ex Combatientes local donde explicó la razón de éste, su segundo libro. El primero, “Malvinas, a sangre y fuego” salió poco después de la guerra y vendió 85 mil ejemplares. El actual son fotos y epígrafes. “No soy fotógrafo, pero tenía una cámara y sacaba tomas de la vida cotidiana. Los siete primeros rollos los envié por derecha al continente con una notita donde pedía a Inteligencia del Ejército que separara lo que podía poner en riesgo la seguridad de nuestros soldados pero todos desaparecieron. Seguía sacando fotos y con ayuda de aviadores las fui mandando de contrabando al continente. Eran diapositivas y 25 años después hice lo que siempre pensé hacer, un libro de fotos. Son tomas diferentes a las que vemos de la guerra que son de los ingleses al momento de su victoria donde muestra a nuestros soldados malheridos, sucios, haraposos que es una cara de la guerra real. Yo muestro una cara distinta que también tiene derecho a ser conocida por la población y que es la del soldados sonrientes, seguros de sí mismos, empuñando con orgullo sus fusiles, la otra cara de la moneda”.

Un poco de historia

El 3 de abril de 1982, Kasanzew llegó a Comodoro Rivadavia junto a otros 40 periodistas, la mayoría de los cuales viajaba a las Islas y volvía a tierra para enviar sus despachos. Al momento del bloqueo, él, su camarógrafo y dos periodistas de la agencia Télam eran los que quedaron en Soledad.

“Nosotros trabajábamos, grabábamos, teníamos un capitán de Ejército que hacía de censor, a veces nos acompañaba y nos indicaba esto se filma, esto no, etc. Cuando no nos acompañaba miraba el material y obligaba a borrar determinados fragmentos. Le aconsejé que lo guarde, dejarlo para la historia. Era inflexible e incluso me amenazó con una Corte marcial. El material que quedaba lo embarcaba en los Hércules que rompían el bloqueo para llegar a Comodoro Rivadavia. Después me enteré de que existía una primera censura en Comodoro que era de la Fuerza Aérea y otra del Ejército en Buenos Aires. No teníamos retorno, no había televisión satelital, no sabíamos qué se publicaba y qué no. Recién cuando volví al continente me enteré que el 90, 95% de lo que grabamos no fue al aire y hasta fue destruido”, cuenta. Se define como corresponsal de guerra, aquél que participa pero está subordinado al poder militar.

El regreso en junio fue peor. “Empecé el calvario como los combatientes. Fue peor la posguerra que la guerra. A ellos los ningunearon, los discriminaron, nos le dieron trabajo, contención médica ni sicológica, ni pensión. A mí, los militares no me renovaron el contrato porque quisieron hacer ver que Malvinas no existió y yo era un recordatorio viviente de que sí existió. Cuando asumió el gobierno democrático, el secretario de Cultura, Carlos Gorostiza, y el subsecretario, Marcos Aguinis, me dijeron cuando los fui a interpelar sobre por qué no podía trabajar, que no tenía derecho a hacerlo por ser la cara de Malvinas”.

Hoy no quiere regresar al archipiélago con la condición de que le sellen el pasaporte.

“Nuestro país tiene una visión totalmente errónea de lo que fue la guerra. Tantos años de desmalvinización comenzada por el proceso y continuada por los sucesivos gobiernos han hecho que no sepamos los argentinos lo que verdaderamente pasó. Hay una imagen gris, triste, deprimente de lo que fue la guerra y se ha ocultado que hubo otra imagen. En toda guerra hay miserias y grandezas, Malvinas no fue la excepción. En este caso los militares del proceso trataron de tapar las miserias y los gobiernos civiles desmalvinizadores trataron de tapar las grandezas. El resultado es que no conocemos nada. Los héroes no fueron glorificados ni los cobardes fueron castigados”, afirma.

Kasanzew se define como “un exiliado, un perseguido. No es de extrañar porque a los combatientes les pasa lo mismo, hasta el día de hoy, en el mejor de los casos los ven como los chicos de la guerra y no hay nada más humillante que eso, por eso se suicidan o lo han intentado. Están en la cuerda floja, necesitan el reconocimiento de que no fue una aventura bélica, sino una gesta en defensa de la soberanía nacional como lo fue y como es vista en el resto del mundo”.

Por eso, mientras camina por la calle, desconocido por la mayoría de los adolescentes y olvidado por otra gran parte de la población, sigue al lado de los ex combatientes. “No hay más amor al prójimo que cuando estás en peligro, compartiendo situaciones extremas. Hay un hilo conductor que nos une a todos los que estuvimos y aunque no nos veamos durante un tiempo, nos juntamos, nos cruzamos y sabemos que uno puede dar por el otro lo que el otro le pida”.

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El segundo libro del periodista está compuesto por fotos tomadas durante el conflicto del Atlántico Sur.

Foto: Flavio Raina

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ADEMÁS

Kasansew detesta que se utilice el término “aventura bélica” y dice que “humilla a los combatientes porque ellos no lo consideraron una aventura bélica. Fueron a defender la patria, muchos dicen que no fue el Proceso quien los mandó, sino que los mandó el pueblo argentino. El pueblo argentino plebiscitó la guerra. Cuando Galtieri sale al balcón el 10 de abril, cada vez que decía: “yo presidente de los argentinos’, era silbado; cuando decía: “le daremos batalla’, era ovacionado. Cuando se da cuenta de que Estados Unidos va a ser neutral, desesperado, le dice a su ministro de Defensa, Frúgoli: “tenemos que sacar las tropas de las islas’, y Frúgoli le advierte: “si sacamos las tropas ahora nos cuelga el pueblo en Plaza de Mayo’”.

Sugiere recordar que tras la rendición, la gente salió a la calle a protestar y fue apaleada por la policía del proceso. “El pueblo argentino se identificó con la recuperación de las Malvinas y plebiscitó esa guerra, que fue una guerra en defensa propia”.

Reconoce sí la improvisación. “Estoy convencido de que la Junta Militar pensaba amagar y retirarse. No les salió porque no estudiaron la historia militar o historia de Inglaterra. Por supuesto que hubo improvisación y después hubo claudicación. La guerra es un horror, una tragedia, pero una vez que estás o la hacés en serio o no te hubieras metido. No la quisieron hacer en serio, por eso los pilotos de la Fuerza Aérea y de la Aviación Naval que la hicieron en serio, diezmaron a la flota inglesa. En cambio, los generales de Malvinas se quedaron enterrados en su lugar y se rindieron mucho antes de lo necesario. Todavía hoy los ingleses se preguntan por qué se rindieron cuando tenían tropas que no habían entrado en combate y nunca dieron la orden de contraofensiva”.

Apoyo del pueblo e improvisación

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EL DATO

Compras

A Kasansew se lo acusó en algún momento de haberle vendido comida a los soldados, hecho negado por los propios combatientes. “Les he comprado cigarrillos, dulces y comida como lo hacían todos los civiles, porque Menéndez (el general designado gobernador) les había prohibido a los soldados comprar en las tiendas de los kelpers. También les había prohibido carnear las ovejas de los kelpers que eran 300.000. Menéndez cuidaba más los intereses de los kelpers que de los soldados. Los civiles considerábamos que era nuestro deber ayudar a los soldados y les comprábamos cosas y muchas veces con dinero propio. La calumnia sobre mi actitud se esparció hasta entre los soldados, pero hoy los blogs de ellos se encargan de negar todo”.