etcétera. toco y me voy
etcétera. toco y me voy
¿Dónde está mi escocesa?
Como ya lo habrán advertido, vuelven los cuadros, mis chiquitas y chiquitos. Yo no soy experto en modas y felizmente casi no soy experto en nada, con lo cual gozo de una enorme y diluida especificidad. Pero este regreso de los cuadros y las telas al estilo escocés me lleva en forma directa a mi tierna adolescencia. Lloro y transpiro al mismo tiempo...TEXTO. NÉSTOR FENOGLIO. DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI.
Yo tenía dos escocesas. Para los cancheros, aclaro o preciso desde el vamos que tenía dos camisas escocesas. Es que hubo una época, unos veinticinco o treinta años atrás (a esta altura, da lo mismo) en que la moda dictaba prendas de grandísimos cuadros y el que no tenía una escocesa (una camisa escocesa) en su guardarropas era un perdedor. Yo no tenía ni una escocesa; mucho menos un guardarropas. Pero vaya a saber qué iluminación tuvo mi vieja, qué afloje mi viejo, lo concreto es que de golpe para los bailes de pueblo yo contaba de pronto con dos escocesas, una típica de cuadros rojos y azul oscuro y otra, un poco más osada, con cuadros verdes y amarillos con vivos azules, una paquetería, una cartelería en sí (en mí) mismo.
Por supuesto, esta moda que deviene supongo de las polleras escocesas y que los muchachos usaban con las bóbelin al aire (de manera que el natural movimiento de la tela al caminar tengo su correlato corporal y no abundaré al respecto, que para eso está Mel Gibson) nació en el hemisferio norte y para sus temperaturas, bastante más frías que las nuestras.
Estas camisas, como las que lucía orgulloso cuando era un orgulloso y brioso potrillo suelto en las pampas argentinas (ahora soy un matungo viejo listo para mortadela), eran también habituales en los granjeros norteamericanos.
Pesadas camisas de sarga, franela u otras telas gruesas que tanto podían resistir el trabajo de campo como proteger del frío. Y lo que nosotros luego aceptamos cholulamente como moda, para ellos era una cuestión práctica: todo el rollo de tela escocesa para la casa y allí la madre le hacía camisas a todo el mundo con la misma tela. Parecían un ejército en el campo los guachos, todos vestidos iguales; todo para que años más tarde en un recóndito punto distante del mapa a vos te vendan lo mismo pero mucho más caro y asegurando que es exclusivo...
Hablaba de las telas y no por casualidad: las camisas que yo tenía, las famosas “leñadoras”, eran de un grosor incompatible con la fiesta de la bagna cauda o los calores estivales litoraleños. A los dos segundos de armarse el baile, uno empezaba a transpirar, pero más allá de los ríos interiores o exteriores, más allá de su canalización natural hacia las pendientes corporales, había que mantener la compostura.
Súmenle a la leñadora y su efecto devastador y sudoríparo el piso de tierra sacudido con fervor por cientos de gringos con ganas de divertirse, y agreguen todavía a esos mismos gringos -después de una hora de zarandeo- las ganas de abrazarse e intimar con las chicas, y súmenle alguna bebida espirituosa. A cierta hora el clima se volvía inevitablemente espeso, pero, eso sí, uno estaba a la moda con la leñadora, la misma que usamos la semana pasada y que usaremos la próxima. Yo era un afortunado: podía alternar con mis dos camisas y dejar en remojo la que usé en el baile anterior.
Se podía combinar la camisa con un pantalón (un vaquero, o un “bagui”, y no pidan ni más detalles ni tampoco se rían tan descaradamente porque si yo me pongo a opinar de los actuales peinados o vestimentas no terminamos más y yo quiero terminar con esto, porque ya está y porque me emociono, carajo) y con medias “pengüin” amarillas o celestes, una monada, y mocasines o botas. En verano, las botas cerraban el circuito: uno era una caldera a punto de explotar, qué no nos vamos a declarar a la primera que se nos cruce...
Y nos vamos, nomás. Lamento haber tirado las leñadoras escocesas, aunque mi cuerpo de entonces difiera del que obscenamente exhibo hoy. De todas maneras sirve para emitir una opinión especializada sobre moda, casi un coleccionable. Para colgar en un cuadro.