Al margen de la crónica

Seis años después

Con la denominación que cada uno elija, según prefiera o corresponda, desde el lugar en que cada uno la haya sufrido, sea cual fuere el resultado del balance que realicen sus protagonistas -todos los santafesinos, en definitiva-, aunque se haya anunciado desde mucho antes de aquél 29 de abril y sus efectos se sientan aún hoy, pasaron seis años y la inundación sigue presente.

Está en el recuerdo de quienes mantienen grabadas las imágenes, los olores y los ruidos de esos días. Está en el discurso de aquellos que lograron poner en palabras su experiencia más dolorosa, y también en el silencio de los que se mantienen recluidos en un dolor que no pueden verbalizar pero que igual corroe por dentro.

Está en las miradas de miles de hombres y mujeres que protagonizaron de manera directa y sin desearlo el período más triste que recuerde la ciudad, pero también en ojos que todavía se llenan de lágrimas con sólo evocar aquellos días, aunque el agua no les haya sepultado seres queridos, pertenencias ni sueños.

Está en las viviendas que todavía no pudieron ser reparadas, debajo de la pintura nueva de las paredes, en los libros hinchados, en las fotos irreconocibles, en los muebles a los que el agua grabó nuevas manchas pero borró las huellas que sólo pueden dibujar el tiempo y la vida compartida. Está dentro de todo lo que no se pudo recuperar y se catalogó, pesó y depositó como basura, aunque cada uno de esos objetos descartados haya guardado una historia que no se puede reconstruir, por más vistosos que sean los que se compraron o regalaron después.

Está presente en las ausencias. Está en las secuelas que aún persisten y en las heridas que no sanan porque siguen sangrando. En los miedos y pesadillas de grandes y chicos. En las marchas y las velas. En la carpa negra y en las cruces. En los libros que se escribieron desde entonces, en las voces de quienes relataron aquella historia, en las imágenes que documentaron la tragedia. Y está en la memoria, aunque no se la nombre.