Edición del Sábado 25 de abril de 2009

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Guadalupe: la historia de una devoción - Cultura

EL FERVOR A LA VIRGEN A LO LARGO DEL TIEMPO

Guadalupe: la historia de una devoción

Guadalupe:  la historia de una devoción

Imagen de la vieja capilla de Guadalupe, de la fototeca del Archivo General de la Provincia.

Foto: ARCHIVO EL LITORAL

A lo largo de los años, la peregrinación fue tomando forma hasta convertirse en una tradición de la ciudad. En esta nota, algunos autores reflexionan sobre esta devoción, desde una perspectiva histórica.

DE LA REDACCIÓN DE EL LITORAL

cultura@ellitoral.com

En su libro “Tradiciones y recuerdos históricos”, escrito en 1895, Ramón Lassaga aborda la historia de la Basílica. Es una de las primeras miradas que pueden rastrearse. “Al promediar el siglo XVIII erigió Don Juan González de Setúbal en un campo de su propiedad, a una legua al norte de Santa Fe, un oratorio dedicado a la Virgen de las Mercedes, retirándose a vivir allí con su familia”, cuenta el autor.

“En ese oratorio, del cual quedan apenas insignificantes vestigios, rindióse por vez primera culto en Santa Fe a la Virgen de Guadalupe. Allí tuvo su origen la devoción del pueblo santafesino por la imagen de esa advocación, imagen que ha visto a sus plantas muchas generaciones y recibido las ofrendas de los magnates poderosos y de los humildes obreros”.

“Revolviendo viejos libros en la biblioteca del Convento de Mercedarios el Padre Miguel Sánchez, encontró una estampa representando la aparición de la Virgen al indio Diego en Guadalupe de Méjico. Gozoso con el hallazgo y deseando colocar la imagen en un cuadro, cuenta la tradición que salía el buen mercedario hacia la calle, cuando encontróse en la portería con una mujer desconocida que le ofreció en venta un marco dorado con molduras. Como el objeto le agradase, aceptó la propuesta de la desconocida, y apenas alejóse ésta, colocó la imagen en el cuadro; y tan bien se ajustó la estampa al marco, que el Padre Sánchez entró alborozado a su Convento, contando con admiración a sus compañeros aquel extraño caso”.

“Con permiso de la familia Setúbal, el mismo Padre Sánchez llevó su imagen de la Virgen al oratorio de la Merced, e improvisando una cátedra con una mesa que rodeó de verdes ramas y guirnaldas de sencillas flores campesinas, hizo el panegírico, oficiando en la misa solemne el Doctor Vera y Mugica, cura rector de la Matriz de Santa Fe”.

“A la muerte de González de Setúbal quedó a cargo del oratorio el Ermitaño. Pero como el pequeño templo estaba a punto de desplomarse, el encargado de él, tratando de llevar adelante una idea que hacía tiempo lo halagaba, pidió a su tía una fracción de terreno a aquel sitio cercana, para erigir allí con sus propios recursos un santuario a la Virgen bajo la advocación de Guadalupe”.

VALOR

“La señora de Setúbal accedió á los deseos de su sobrino, quien el 4 de diciembre de 1779 empezó la obra, empleando en ella no sólo su dinero sino su trabajo personal y su clara inteligencia, tanto en las duras tareas de la construcción como también sus conocimientos artísticos para el ornamento del santuario”, continúa el texto.

“A su familia, a sus amigos, a la caridad pública implorada de puerta en puerta, todo puso a contribución el Ermitaño para realizar con esa obra piadosa sus aspiraciones religiosas. Cuéntase que muchas veces abandonaba los umbrales de una casa de donde lo habían despedido con injurias por pedir limosnas para su oratorio oratorio, y paciente y resignado sin exhalar una queja, sin pronunciar una palabra de desahogo, marchaba a la iglesia a devorar bajo sus bóvedas las lágrimas que a raudales brotaban de sus ojos, pero sin que esas contrariedades lo acobardasen un punto, ni hiciesen vacilar su espíritu sereno”.

“Y esa constancia digna del mayor encomio era obra de su fe inquebrantable, de su carácter enérgico, cuando del bien se trataba. Despreciaba los rigores del clima, como hacía caso omiso de las injurias de los hombres que puesta en Dios su confianza, de Dios esperaba el premio a que aspiraba”.

“Y lo obtuvo por fin; sus sacrificios fueron recompensados, pues ya en 1780 colocaba en el altar la imagen de la Virgen a cuyo culto había consagrado su existencia, y un año más tarde el retablo tallado por su propia mano ocupaba el lugar correspondiente, teniendo alrededor grandes medallones al óleo en que había pintado la historia de la aparición de Guadalupe. Esos medallones se conservan aún, y sí dejan mucho que desear en cuanto a su valor artístico, atestiguan el soberano esfuerzo de Ermitaño para aprender la pintura sin más maestro que su propia aspiración”.

“Pudiéranse llenar libros enteros con los portentos atribuidos a la intercesión de María Guadalupe en su santuario de Santa Fe. La imagen que ha sustituido a la primitiva del Padre Sánchez, es objeto de fervoroso culto para el pueblo que ha enriquecido con valiosísimos donativos el tesoro de la capilla; ha sido ésta visitada por los presidentes de la República y por los gobernadores de la Provincia, que han depositado sus ofrendas ante la imagen de aquella”.

“Y así se ve que en la metamorfosis operada en nuestra tierra, mientras desaparecen de los campos con el bosque primitivo, los salvajes y las fieras, el desierto misterioso y el sepulcral silencio, en medio del estrépito revelador de la vida activa del trabajo y del progreso, el tañido de la campana de Guadalupe anunciando la hora del reposo, se escucha con veneración y con religioso respeto”.

“Y cuando para la patria llegue la hora del engrandecimiento colosal a que se encuentra destinada, y en medio de ciudades populosas se levanten atrevidas las torres de artísticas catedrales, no faltarán almas piadosas que visiten los humildes santuarios, donde muchas de las generaciones pasadas doblaron la rodilla, pidiendo a la mística Azucena del Evangelio su poderosa protección para la República Argentina”.

DESCRIPCIÓN

Por otra parte, en “El río Paraná: cinco años en la Confederación Argentina, 1857-1862”, Lina Beck-Bernard cuenta: “Estamos en febrero; el calor es intenso, el cielo resplandece; los pastos, quemados por el sol, presentan manchas amarillas que dejan ver el suelo de tonos rojizos. Nos aprestamos para concurrir a la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, que se celebra todos los años en un mismo día”.

“El día de la fiesta es menester procurarse vehículos a cualquier precio. La gente joven, de uno y otro sexo, hace el viaje a caballo, rivalizando en gallardía y destreza ecuestres. Es esa ocasión, puede verse en el camino de Guadalupe a todas las niñas de la ciudad —muy mañaneras para evitar los ardores del sol— ataviadas con trajes ligeros, el velillo atado a la cabeza, bonitas y graciosas más que devotas... Para las abuelas, madres y tías salen de las cocheras unos viejos carruajes con adornos dorados, estilo Luis XIV, vestigios del antiguo lujo virreinal. Estos armatostes, tirados a la cincha por cuatro o cinco caballos, sin arneses ni pecheras, que un gaucho dirige al galope, ofrecen un aspecto muy original. Todavía son más pintorescas las altas carretas, de enormes ruedas de madera, arrastradas a paso tardo por seis bueyes magníficos. Las madres de familia cubren lo alto de esas carretas con un toldo colorado a listas blancas o con algunas piezas de tela persa floreada, de colores muy vivos. Bajo ese dosel improvisado se agrupan los niños semidesnudos, las graciosas chiquillas, la madre gentilmente arrebozada en su chal con un pequeño en brazos y el padre, de pie, con su poncho echado hacia atrás, sombrado el grave rostro por el fieltro o el Panamá. Sobre el yugo de los bueyes va sentado en cuclillas un rapazuelo armado de una pica con que aguija su yunta. Es listo como un mono, elástico como un tigre, y sabe mantener un equilibrio que cualquier otro perdería en su lugar. Animan el concurso los gauchos de elegante indumentaria y actitudes airosas, en sus caballos ricamente enjaezados con adornos de plata”.

La capilla “se muestra deliciosa bajo el azul radiante del cielo, con sus muros blancos, su torre cuadrada y el portal, coronado por una cupulita árabe, de estilo entre cristiano y morisco. La circunda una galería sostenida por pilares de algarrobo, tallados caprichosamente. En el atrio se levanta una altísima palmera, de las más bellas que he visto en el país. Hay algunos naranjos de un verde sombrío, que contrasta con el color blanco de la iglesia y el fondo azul inalterable de la escena. Algo más lejos, entre las ondulaciones del terreno, divisamos la playa dorada de la Laguna Grande. Es éste un lago inmenso y majestuoso que tiene algo del mar por su vastedad”, describe la autora.

DETALLES

“La multitud de peregrinos invade pronto las cercanías de la iglesia. Nosotros entramos en la capilla. Está decorada al modo de las iglesias españolas del siglo XVIII. Hay conjuntos esculpidos llamados retablos que representan frutas, flores, cabezas de serafines circundadas de alitas doradas y columnas salomónicas ornadas de hojas de acanto”.

“Mientras el sacerdote celebra la misa y pronuncia un sermón pagado en cien pesos —que según oímos decir a los oyentes fue malo para ese precio—, se forma en las inmediaciones de la capilla el más pintoresco campamento. Han desatado los bueyes que, echados sobre el pasto, miran con ojos bobos y apacibles. Las carretas levantan de trecho en trecho sus toldos de colores abigarrados. Dentro, duermen los niños”.

“Los mercaderes más afortunados son aquellos que han podido instalarse a la sombra de esos gigantescos ombúes, cuyo tronco, hueco generalmente, sirve según sus dimensiones, y en caso necesario, de cocina, dormitorio o alacena. Junto a esos árboles se van agrupando los peregrinos para ocuparse de cosas más temporales, después de terminada la misa y el sermón. Se sientan por grupos sobre el pasto y los que no han traído provisiones las compran a los pulperos o vendedores de comestibles. Cuando termina la comida, va cayendo la tarde y la brisa fresca de la laguna previene que la noche se acerca. Los gauchos, que se aburren, improvisan carreras de caballos y señalan la raya en unos ombúes lejanos. Ya están en el camino, rivalizando en rapidez sus caballos y comienzan las apuestas, apasionadas, furiosas. Alguien que llegó a Guadalupe muy orgulloso sobre su carreta, aguijando sus bueyes, la juega y la pierde en un instante, viéndose obligado a recorrer a pie, lastimosamente, su camino. Otro va despojando poco a poco a su caballo de los lindos arreos de cuero trenzado y virolas de plata labrada, para jugarlos. Una a una se le van sus prendas y vese obligado a pedir un maneador para volver a su casa”.

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ADEMÁS

Los actos en honor a la Virgen en El Litoral

El diario publicó, el 19 de abril de 1953, una crónica bajo el título: “Alcanzaron lucimiento los actos en honor de la Virgen de Guadalupe, Patrona de Santa Fe”.

“El día propicio para estas manifestaciones permitió la llegada de numerosos peregrinos del interior de la provincia, por trenes especiales y vehículos automotores”.

El homenaje “revistió este año una especial significación, en razón de cumplirse el veinticinco aniversario de la solemne coronación pontificia, que presidiera el ex obispo monseñor Boneo. El santuario estuvo abierto toda la noche concurrido por numerosos feligreses y al amanecer el cura párroco Pbro. Miguel Genesio celebraba la primera misa precedente a la aurora”.

La peregrinación “se organizó en bulevar Gálvez y M. Candioti frente al Colegio Adoratrices. Monseñor Francisco Visentin, llegado ex profeso a Santa Fe, presidió esta manifestación”.

“Poco antes de las 10 llegaron a la villa las autoridades provinciales y de inmediato ocuparon un palco levantado en la plaza frente al Santuario. La imagen de Guadalupe, sacada de su camarín, fue conducida al altar profusamente adornado, donde monseñor Fermín Lafitte, arzobispo de Córdoba, tuvo a su cargo la misa de pontifical.

“El palco oficial fue ocupado por el gobernador de la provincia, Dr. Luis C. Cárcamo; el vicegobernador, Dr. Enrique Roulet; los ministros de Gobierno, Dr. Agustín Basso, y de Obras Públicas, Manuel Añaños; el teniente coronel Jorge Rodríguez Zía; el intendente municipal, Dr. Hugo Nuñez; y el jefe de Policía, Sr. Rafael Amatti”, entre otras autoridades, describe el diario.

“Los actos vespertinos estuvieron también muy concurridos, oficiándose a las 17, por primera vez en Santa Fe, la misa de la tarde, en cuyo transcurso el Pbro. Ernesto Leyendeker pronunció una brillante alocución”.

“Las disposiciones adoptadas por las autoridades policiales y municipales facilitaron el descongestionamiento de vehículos, permitiendo que los festejos se cumplieran en el mayor orden. El servicio de ómnibus y tranvías, reforzado con vehículos de otras líneas, permitió también el viaje de ida y de retorno a la ciudad sin los inconvenientes que provocan las grandes aglomeraciones”.

Según consigna la crónica, el programa incluyó una manifestación náutica y por tierra, para que la imagen recibiera el homenaje de los fieles y en especial de la niñez.

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Las misas reciben a gran cantidad de visitantes que, durante todo el fin de semana, acercan sus pedidos y ofrendas a la Virgen. foto: Néstor Gallegos



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