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Opinión
Edición del Martes 28 de abril de 2009

La vuelta al mundo

Las elecciones en Ecuador

Rogelio Alaniz

Rafael Correa ganó en la primera vuelta. El resultado era previsible, pero una cosa son las encuestas y otra los votos cantados y contados. La única mancha de su victoria es la derrota en Guayaquil, la segunda ciudad del país que persiste en ser opositora, de la mano de Jaime Nebot. Hasta 2013 Correa será el presidente de Ecuador. Sus seguidores aseguran que ejercerá el poder al menos durante treinta años. Los populistas en estos temas no se andan con chiquitas, por más que la Constitución sancionada durante su mandato sólo le autorice una reelección.

Correa gana por sus virtudes, que no son pocas, y sobre todo por las falencias, vicios y debilidades de sus adversarios. Alvaro Noboa sólo aprendió a sumar dólares como empresario bananero, pero hasta la fecha no ha sido capaz de sumar votos y ésta es la tercera vez que se presenta. Lucio Gutiérrez ya fue presidente, cargo que perdió después de una pueblada. Mantiene cierto nivel de representatividad pero está muy lejos de competir con alguna chance contra Correa. La otra candidata es Marta Roldós, con un nivel de adhesión que araña el tres por ciento de los votos.

Correa carece de un pasado político significativo. En un país donde los políticos se han desprestigiado aceleradamente, este dato es más una virtud que un vicio. Alguna vez se definió como social cristiano, aunque ahora dice ser un cristiano de izquierda. Proviene de los sectores acomodados de la sociedad y su único antecedente en la gestión pública fue la de ministro del presidente Alfredo Palacios.

A Correa se lo compara con Morales, Chávez y Ortega. La comparación no es arbitraria pero es incompleta. Con Chávez se lleva muy bien, entre otras cosas porque se necesitan mutuamente. La relación con Morales no es buena porque los intereses nacionales están en conflicto, más allá de los alineamientos ideológicos. Si tiene un enemigo, éste se llama Álvaro Uribe. En ese punto de antipatía confluyen los problemas fronterizos y las divergencias ideológicas.

Su discurso hacia la sociedad o hacia la tribuna expresa los típicos lugares comunes del populismo de izquierda. Correa es populista, pero no es tonto, mucho menos ingenuo. Sus críticas al imperialismo, a los bancos extranjeros y a las multinacionales no significan que vaya a desdolarizar la economía. Como se sabe, Ecuador desde hace unos cuantos años ha perdido su moneda nacional y hasta las transacciones más modestas se hacen con dólares.

No obstante ello, cuando le preguntaron si después de las elecciones iba a imponer alguna moneda nacional dijo que aún no es tiempo, que salir del dólar en las actuales condiciones provocaría más inestabilidad económica y que ya llegará el momento en que Ecuador vuelva a ser merecedora de una moneda propia.

Correa sabe de lo que habla. Recordemos que es un economista con formación académica en Estados Unidos y Europa. Sin exageraciones podría decirse que es el más culto de los dirigentes populistas latinoamericanos. La afirmación se hace extensiva a los no populistas, aunque en el debate con su rival histórico, Álvaro Uribe, el presidente colombiano le sacó varios cuerpos de ventaja, entre otras cosas porque uno decía la verdad y el otro mentía.

Según los observadores internacionales, Correa es un mandatario de nivel intelectual de Cardoso y el mítico Raúl Haya de la Torre. Cuando estuvo en la Argentina dando una conferencia en el instituto Di Tella ante una platea de académicos e investigadores sociales, deslumbró con su elocuencia y su precisión conceptual. La misma persona que es capaz de expresarse con un lenguaje culto y sugerente en un foro académico es la que luego se trepa a una tribuna y grita como un desaforado, baila, canta y promete el oro y el moro a sus crédulos seguidores.

Esta suerte de desdoblamiento de la personalidad resulta muy funcional a su estrategia de poder. Después está su estampa, sus ojos verdes y soñadores, como dijera una de las grandes vedettes de Ecuador. En todos los casos, se trata de un político hábil, inteligente al que es muy difícil calificarlo de “payaso” como a Chávez. Correa pertenece al elenco de esos gobernantes que seducen con su lenguaje. Recordemos que justamente de Ecuador fue el crónico presidente Velasco Ibarra, el mismo que les decía a sus seguidores antes de iniciar la campaña electoral: “Denme un balcón y les devolveré un presidente”.

Las excentricidades de Correa, sus arrebatos demagógicos, no afectan ni su vida privada ni su gobernabilidad. Como todos los líderes populistas que reivindica el Tercer Mundo y los valores autóctonos, está casado con una europea rubia y de ojos claros. Ese principio no falla: cuanto más indigenista y partidario de la negritud es el candidato, más rubia y europea es la mujer que eligen. ¿Coherencia interior, complejo o farsa?

Desde el punto de vista de la gobernabilidad, parecería que todos estos desbordes histriónicos son una condición de esa gobernabilidad. Correa cuenta con el apoyo de los sectores populares, pero también las clases medias y los grupos empresarios lo acompañan. Para las clases propietarias, asustadas por los excesos y desbordes de los años noventa, Correa es una garantía de estabilidad social y económica.

Recordemos que antes de su llegada al poder el promedio de duración de un presidente era de dos años. Todavía los ecuatorianos se preguntan cómo fue que pudieron votar, por ejemplo, a un delirante como Abdula Bucaram, cuya inestabilidad emocional quedó probada en el juicio político que lo destituyó, aunque ninguno de esos excesos le impidió en algún momento disfrutar de la asesoría económica y los sabios consejos del inefable Domingo Cavallo.

Digamos que del lote de presidentes populistas que hoy gobiernan en América latina, Correa es el más culto y el que menos ha resquebrajado con sus actos el cuerpo social. A su inteligencia no se le escapa que ganó con algo más del cincuenta por ciento de los votos, un porcentaje respetable que, sin embargo, no disimula que alrededor del cuarenta y cinco por ciento de los ecuatorianos no lo votan y es muy difícil que a esta altura de los acontecimientos vayan a votarlo alguna vez.

De todos modos, los problemas más serios de Ecuador están abiertos hacia el futuro. Un país que carece de moneda propia, que el segundo recurso de ingreso proviene de las remesas que envían los ecuatorianos residentes en el extranjero y que gracias a los desgobiernos anteriores exhibe un sector público ineficiente y devastado, necesita para superar el estancamiento y el atraso de gobiernos respaldados por la opinión pública y con estrategias de crecimiento y desarrollo claras.

Correa dispone de ese respaldo y teóricamente está capacitado para entender cómo funciona la economía y en qué mundo vive. Posibilidades para hacer un buen gobierno no le faltan. Por lo pronto, una mayoría de ecuatorianos piensa más o menos lo mismo. Sus principales colaboradores son economistas y políticos que pertenecen a la élite académica e intelectual. Digamos que tiene todo a favor para salir airoso. Lo único que lo puede inducir a perder el rumbo es la ideología que, como las mujeres fatales y las heroínas del tango, es seductora, insinuante y traicionera.

Las elecciones en Ecuador

Con los chicos. Luego de obtener su reelección en la primera vuelta, Correa visitó una escuela que días atrás fue alcanzada por la tragedia cuando seis niños murieron al ser arrastrados por las aguas de un río.

Foto: Agencia EFE



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