Anotaciones al margen
Anotaciones al margen
Mecánica de la inercia
Estanislao Giménez Corte
Del otro lado del otro lado, afuera, debajo de, a siniestra, alguien, una sombra, un eco, dice, cuando uno llega hasta...: “No pretendas regresar ahora que estás acá; ya está, estás; ¿es el fondo este fondo?, te preguntás ¿o estás elevado, vas hacia arriba, a algún arriba posible? Dejemos de lado los nominalismos y los adverbios de lugar, los puntos cardinales, nada de eso cuenta ahora, acá. Hasta acá (como quieras llamar a este “lugar’) bajan, o suben -por qué dotarlo de una connotación negativa-, los valientes, los temerarios, los locos, los sensibles. No cualquiera; pero sí muchos. Muchísimos otros pasan su vida pensando, imaginando, elucubrando cómo sería, por qué no fue, cómo es qué, qué pasaría si; pero no vienen a tiempo. Después es tarde, no sirve, hay que bajar cuando hay que bajar, y perdoná la tautología -dice la sombra que dice-. No hay retorno de este barro en que estás, sólo hay barro y una vibración hueca que replica los pensamientos, como una conciencia acústica que refuerza la fonética de los desvaríos. Acá, donde estás, no hay nada más; no hay nada, por supuesto, pero tampoco hay miedo. Una vez que te arrojaste, una vez que saltaste desde su mismidad a tu otredad, todo lo demás es relativo; se contrae, se expande, todo, todo, irregularmente. Todo cambia en derredor. Después del pánico inicial devienen las cosas y las gentes leves paisajes de extrañeza; fuera de uno, como en una road movie, las cosas pasan; todo cambia, la consistencia viscosa de las cosas, la noche lenta que se acerca como un animal herido, las palabras de los otros, las rutinas. Pero no hay vuelta una vez que se nos pega esa ciénaga, esa oscuridad, en el cuerpo, en las extremidades, esa penumbra que siempre supimos allí, agazapada, y no queríamos ver, o no podíamos, o no nos animábamos a ver. ¿En qué puede transformarse esa sombra, ese nervio de lo primerizo? ¿dónde nos llevará el arrojo?, te preguntás: nadie lo sabe. Sí, tenés que saber que de acá te vas a ir transfigurado, quizás más perceptivo, más triste, más frío, o mejor. Consolate pensando que no se pueden arreglar cuentas con el pasado, eso es ilusorio. No hay dónde ir, sabés, te preguntás, porque tampoco podés volver, pero lo que te propongo, ya que estás aquí, es seguir, seguir, seguir. Es mejor ese nervio que sentirse muerto ¿no?; es mejor correr, a cualquier lado, a ningún lado, que regodearse en la inercia, que hundirse en la quietud...”.
Es noche todavía cuando me despierto, calmo, descansado, y tanteo en la oscuridad, dormidas las llamas de los dedos, los alrededores. No reconozco el piso, el airecito frío de la ventana, el olor a humedad del ambiente. Una pastosa soledad me seca la boca.
—¿Dónde estoy?, me pregunto. Encima, debajo, delante, atrás, no allá, adonde pertenezco; ni acá, abajo, tampoco.